LA PRUEBA

—Querido, la cena casi está lista. Por cierto, mañana voy a necesitar el coche todo el día, ¿puedes conseguir que te envíen un chófer del bufete? —Pregunta Cuca desde la puerta del despacho—. Si estás muy ocupado, puedo llamar a tu secretaria y pedírselo.

Espera unos segundos. Su marido sigue con la cabeza enterrada entre los papeles, perfectamente dispuestos sobre el escritorio de caoba.

—¿Querido? —Insiste.

El hombre gruñe mientras se quita las gafas.

—Cuca, estoy liado con este caso, ya sabes que no me gusta que me molesten —contesta con desgana, mirándola por fín—. ¿Para qué quieres tú el coche todo el día?

—Ya sabes que mañana empiezan las obras en casa de mi madre, tengo que recoger las últimas cosas, y además… 

—Eso ya no será necesario —interrumpe su marido—. Pedí a Jose María que hiciera el favor de traer hoy las cajas que quedaban en el desván. Creo que las ha dejado en la cocina. ¿Necesitas el coche para algo más? —Habla sin mirar a su esposa, se pone las gafas de nuevo para volver a sus cosas.

—Sí claro, quiero… —Arrastra un poco las palabras, confiando en que su marido ya no preste atención—. Quiero acompañar a Inés a su prueba en Televisión Española, en Prado del Rey. 

—Que vas a llevar a la niña ¿dónde? —exclama su marido, quitándose las gafas de nuevo, enfadado.

—No te pongas así. Ya sabes que la niña canta muy bien, ¡tiene algo! Quiere intentarlo, y yo quiero estar a su lado. No quiero ser como mi madre.

—¿Ya estás otra vez con eso? ¿De verdad? Vamos Cuca, no veo que te haya ido tan mal —contesta contrariado, señalando con las gafas el entorno que les rodea—. Un matrimonio fructífero, un piso de siete habitaciones en el Barrio de Salamanca, servicio, una casa en Mirasierra y una hija preciosa, que debería centrarse en el objetivo de ser la primera mujer abogada de la familia. ¡Eso sí que es apoyar a una hija! Darle una carrera, no llevarla a cantar en programuchos de televisión.

Ella se acerca al escritorio de su esposo. Apoya las manos sobre la mesa para acercar su rostro al suyo, desafiante. 

—Escucha. Los dos sabemos que mi madre pulverizó toda opción para mi futuro que no fuera nuestro matrimonio. Cuando me conociste ya conocías mis sueños, si hasta íbamos juntos a las mañanas del Price, ¿o ya no te acuerdas? Sabías que quería intentarlo, pero tanto tú como mi madre siempre os reísteis de mí. Aún recuerdo vuestras burlas cuando os conté que había enviado una grabación a Discos Novola —habla con melancolía, mira a su marido y continúa con voz firme—. Estamos en 1981, nuestra hija afortunadamente puede ser lo que quiera. Yo tuve que conformarme con ser esposa. ¡Ella siempre va a tener mi apoyo, sea abogada o cantante! ¿Tú de qué lado estás?

Su marido se pone en pie, suspira y rodea la mesa con pasos furiosos hasta llegar a ella.

—Escucha, no estoy dispuesto a permitir que mi hija vaya haciendo el ridículo por ahí, que ponga nuestro apellido en una lista de niñatas aspirantes a cantante, vedette o vete tú a saber qué—brama con el rostro pegado a ella, con autoridad, alzando cada vez más la voz—. Las decisiones en esta casa las sigo tomando yo, por muy 1981 que sea. ¿Está claro?

Cuca, cabizbaja, siente los ojos de su marido clavados en ella. Los suyos se humedecen al observar las manos de él apretadas en sendos puños. La derecha está a punto de quebrar la patilla de las gafas. En su interior quiere gritar que no, que no está claro, pero sabe que si lo hace, esa patilla no será lo único que puede quebrarse en ese despacho. Levanta la cabeza. Consigue que las lágrimas no acaben de caer, aunque él las haya visto, y asiente con un leve gesto.

La tensión que atenazaba los puños de su esposo cede. Él da un paso atrás concediéndole un poco de espacio. 

—Estamos de acuerdo entonces —su voz intenta sonar conciliadora—. En un par de minutos estoy con vosotras en la mesa, quiero acabar de revisar estos papeles. Vamos, ve.

Cuca lucha por controlar las ganas de volver la cara cuando él deposita un beso leve en su mejilla, antes de regresar de nuevo tras su escritorio.

Esa misma noche la mujer no puede conciliar el sueño. No puede borrar de su mente la mirada de decepción en el rostro de su hija cuando supo que no habría prueba. Decide calentar un vaso de leche en la cocina. Las cajas siguen allí. Acaricia las letras de su madre en el lateral de la más pequeña que dibujan en caligrafía desigual la palabra «FOTOS». Nunca estuvieron muy unidas, pero nunca dejó de ser su madre. Mete la mano en ella y saca los viejos álbumes. Detrás, encuentra el cofre donde su madre guardaba las cartas de novios de su padre. Al cogerlo, escucha un click en la base. Extrañada, desplaza la tapa de madera que ha saltado, y ve caer un sobre. Nunca lo había visto. Lo observa detenidamente, intentando enfocar. «¡Viene a mi nombre!, …y está abierto», piensa para sí. El matasellos es de 1969. Cuando lee Novola Records en el membrete, se queda sin respiración. Con manos temblorosas, saca el papel de su interior y comienza a leer:

«Estimada Señorita, 

Hemos recibido su grabación y sólo podemos decirle que nos ha sorprendido. 

Nos encantaría trabajar con usted. Para ello necesitaríamos concertar una reunión en la que deberán estar presentes sus padres, o sus tutores legales si los hubiera. Quisiéramos presentarles una oferta de contrato, y discutir las condiciones. 

Creemos que tiene usted un potencial increíble, enhorabuena. 

Esperamos ansiosos su llamada

Att. D. Luis Sartorius»

Lee cada palabra una segunda vez, asegurándose de comprender lo que está viendo, lo que significa todo eso. En silencio, seca una lágrima con el envés de su mano temblorosa, respira profundamente, dobla la carta despacio, la guarda en el bolsillo de su batín y decide ir a la habitación de su hija. Ha decidido que mañana habrá prueba, cueste lo que cueste. Para su hija, sí.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “LA PRUEBA”

  1. Por desgracia aún sigue habiendo casos semejantes en 2023. El empoderamiento de la persona, en su mayoría mujeres, es fundamental. Quererse a una misma, imprescindible y exigir respeto aún más! Es un auténtico placer leerte, Lucía 💙

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