TIRSO DE MOLINA

Lola tiene los nervios a flor de piel. Siempre ocurre lo mismo una semana al mes, cuando le toca este turno. Esta semana su jornada diaria acaba con la limpieza nocturna del Nuevo Apolo. No es que le moleste quitar la porquería que dejan los espectadores maleducados. Está acostumbrada a eso y a cosas peores. Tampoco le incomoda el silencio del teatro con sus butacas vacías, de hecho trabaja mejor así. Lola está nerviosa porque en noches como la de hoy, tiene que tomar el metro en Tirso de Molina, y esa estación, no sabe por qué, le pone los pelos de punta.

Saluda con la cabeza al guardia de seguridad del teatro al salir, mientras va enrollando alrededor del cuello su pañuelo. Los tacones de sus botas resuenan en la acera de la plaza desierta en la medianoche del lunes, donde solo algún vagabundo se remueve entre los cartones de su cobijo. Camina sin apartar la vista del cartel que cuelga sobre las escaleras a menos de doscientos metros, tratando de autoconvencerse de que sólo es una estación.

Se detiene justo al borde del primer escalón. La boca de metro parece esperar, ansiosa por engullirla. Respira hondo, y cuando comienza a bajar, una chica pasa decidida a su lado. Acelera el ritmo para acercarse a ella mientras reza porque la joven se dirija a su andén. Quiere evitar la sensación de desamparo y soledad que siente en cuanto pone un pie en el hall de baldosines blancos, con cenefas doradas y azules, propio de siglos pasados. Desde los tornos, ve como la espalda de la desconocida y su coleta morena bajan las escaleras en su misma dirección. Lola suspira con alivio, la tensión de sus hombros se relaja al pasar la tarjeta por el lector. Al menos esta noche no está sola.

La modernidad de los andenes, con paredes paneladas en amarillo chillón, y la luz de los fluorescentes, deberían incrementar la sensación de seguridad en ella, no es muy diferente de otras estaciones, pero es precisamente en el andén donde siente ese escalofrío que recorre su espina dorsal hasta la nuca, erizando el bello de todo su cuerpo. La chica espera el tren sentada en un banco. Lola sonríe ligeramente al pasar junto a ella a modo de saludo, y espera de pie sin alejarse demasiado. Ella gira su rostro hacia ella y le devuelve una sonrisa cordial, pero su mirada cambia de repente, es como si estuviera mirando a través de ella.

Vuelve ese frío que le quita el aliento, y clava cientos de alfileres finos y pequeños en su nuca. Lola sigue la mirada de la desconocida hasta el final del andén. Hay alguien más ahí. No recuerda haber visto a nadie en el andén al llegar, a parte de la chica claro, y no existen más accesos, pero allí hay una anciana muy extraña. La vieja, que tiene la mirada clavada en la chica, mueve los ojos con un movimiento de cabeza brusco y algo grotesco, hasta clavarlos en Lola, quien no puede evitar ahogar una exclamación. Esos ojos la están atravesando. Su corazón late cada vez más rápido en el pecho, la boca del estómago se ha contraído súbitamente, siente que se marea, quiere vomitar.

—No la mires —susurra la joven a su lado—. Hazme caso, baja los ojos.

Lola siente la mano de la joven en su muñeca, suave pero firme, obligándola a reaccionar. Consigue que sus ojos obedezcan la órden de su cerebro y baja la mirada. La opresión del ambiente a su alrededor cede poco a poco, pero el frío no se va. Sacude el brazo ligeramente para liberar su muñeca de la mano de la joven y da un paso atrás.

—¿Quién eres tú? ¿Quién era esa? ¿Qué está pasando aquí? —balbucea asustada, casi en un susurro, con lágrimas a punto de brotar en sus ojos y la respiración agitada.

—Tranquila, ya pasó, ya se ha ido—contesta la chica en tono conciliador. 

Lola tiembla, pero consigue vencer el miedo para girar la cabeza hacia el final del andén, allí ya no hay nadie. El ruido del traqueteo que sale del túnel anuncia la llegada del convoy. Ninguna de las dos se mueve.

—Venga subamos al tren, no querrás perderlo precisamente ahora—dice la joven al tiempo que cuelga su bolso del hombro y se pone en pie.

Lola está aturdida, sus piernas tiemblan, busca asiento en el vagón tan pronto se abren las puertas. La joven se sienta junto a ella.

—¿Yo soy Celia? ¿Y tú? —Se presenta. 

Lola intenta recobrar el aliento.

—Yo… Yo soy Lola.

—Encantada. —La chica hace una pausa antes de continuar—. Lola, verás, esto te va a sonar fuerte, pero yo… Yo tengo algo que…, digamos que tengo cierta sensibilidad. Lo que has visto antes, lo que hemos visto, es el espíritu de una mujer atrapada entre dos mundos. 

—¿Cómo?—Lola da un respingo en su asiento.

—Verás, es esta estación. Tiene un pasado muy oscuro desde que se construyó. Las paredes de los andenes esconden restos humanos. Es capaz de atrapar almas como las de esta mujer. Ella está atrapada aquí para siempre porque un día decidió saltar, se suicidó. Hoy se ha mostrado ante nuestros ojos atraída por nuestra energía.

—¿Nuestra?—pregunta Lola.

—Lola, ella te ha visto. Eso significa que tú también tienes el don. Si quieres, yo puedo enseñarte.

Las últimas palabras de Cecilia se mezclan en los oídos de Lola con el traqueteo del metro entrando en Sol. Siente que algo en ella cambia de repente. Vienen a su mente recuerdos de su infancia, de su adolescencia y de su juventud que había bloqueado de alguna manera. Todo lo que ha sentido, todo lo que ha visto, cobra sentido dentro de ella. Eso, si bien no la tranquiliza del todo, le hace sentir que no es un bicho raro, que no le pasa nada.

Con el pulso aún agitado, busca su móvil dentro del bolso, levanta la mirada hacia la chica y pregunta sin más:

—¿Y si comenzamos por darnos nuestros números?

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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