EL VUELO

Tirada sobre la cama de mi cuarto, mirando el techo, con el móvil aún en la mano, no puedo evitar sentir vértigo ante el cambio de vida que me espera, aunque sé que esta es la oportunidad que he estado esperando.

Mis padres acaban de llegar de hacer la compra. La puerta de la calle se cierra sobre el sonido insoportable de la voz de mi madre, que llega hasta mi habitación en su queja constante.

—Bueno, vamos a soltar la bomba, cuanto antes mejor —me animo en voz baja incorporándome de un salto.

En la cocina, mi padre prepara en silencio un aperitivo sobre la encimera de la isla, ella continúa con su taladro verbal. Me acerco hasta él para darle un beso, me rodea con su brazo por la cintura, intentando no tocarme con la mano pringada con el aceite de las anchoas que está preparando en un plato.

—Hola cariño. Anda, ve abriendo esa botella de albariño y sirve tres copas.

Asiento sin hablar y saco el abridor del primer cajón de la isla.

—Vaya, si está aquí la princesita del castillo, ¿nos vas a honrar hoy con tu presencia o tienes planes? —pregunta mi madre con su retintín a modo de saludo.

Dejo que un pequeño silencio flote entre ambas, con la intención de frenar la respuesta cortante que quiero soltar, enviándola al fondo de mi garganta para que desaparezca, como la espiral de metal que va hundiéndose en el corcho poco a poco con cada giro de mi muñeca, sin poder evitar sin embargo, la tensión en mi mandíbula. Con el pop del tapón al salir, siento la calma suficiente para hablar.

—Sí mamá, hoy como con vosotros —Sirvo la primera copa a la vez.

Mi padre sube sus gafas con el envés de la mano para no ensuciarlas, y con ojos muy abiertos deja por unos segundos lo que está haciendo para preguntar:

—¿Qué cariño, tenemos noticias?

Mi madre tira el trapo de cocina de mala manera sobre la encimera después de limpiarse las manos en él. Se da la vuelta con los brazos cruzados y esa mirada de desprecio que me revuelve por dentro. Espera en silencio. Dejo sobre el mármol la segunda copa que acabo de servir, y junto a ella la botella, antes de contestar.

— Sí, me han dado el trabajo. Empiezo en dos semanas.

— ¡Cariño!— exclama mi padre mientras limpia con rapidez sus manos para abrazarme—. ¡Cuánto me alegro tesoro! Tu sueño, al fin.

Toma la botella para servir la tercera copa y se la ofrece a mi madre, que sigue con los brazos cruzados y su mirada heladora.

— Venga mujer, toma la copa, vamos a brindar por la niña.

Ella acepta, pero después de chocar sin ganas su copa con las nuestras, la deja sobre la encimera sin beber y nos da la espalda para continuar ordenando los paquetes. Mi padre me mira con una sonrisa que ruega paciencia, sabe que estoy a punto de estallar así que refuerza el gesto con su mano, lo que me lleva a dar un pequeño sorbo a mi copa y continuar intentando mantenerme en modo zen, sólo por él.

— Mamá, sé que no te gusta la idea, pero esperaba que pudieras al menos alegrarte por mí—suelto por fin cuando termino la cuenta atrás.

— ¿Alegrarme? ¿De qué? ¿De ver como tiras tu futuro a la basura? —Su voz no se altera, pero cada palabra es un punzón de hielo.

— Elena… —intercede mi padre.

— Ni Elena ni hostias, Juan. Hemos hecho lo imposible por dar a nuestra hija la mejor educación, le abrimos las puertas de la mejor universidad de medicina y para qué… Podría estar casi licenciada y optar a una buena plaza en el hospital, como hice yo y mírala, un año perdido en una escuela de pacotilla y ahí la tienes, decidida a limpiar culos de viejos en un pueblucho de mierda.

Mis ojos se humedecen, el pinchazo que siento en el pecho confirma que no estaba tan preparada como creía para aceptar su reacción. Quiero creer que su rabia impide que tome conciencia de la dureza de las palabras que acaba de soltar. Siento su respiración agitada mientras ella bebe, ahora sí, un sorbo de su copa. Sin saber cómo, consigo reunir las agallas necesarias para responder.

— Sabes mamá, siempre te he admirado, mucho, muchísimo, por eso quise empezar medicina, por eso y porque tenía la esperanza de que seguir tus pasos me acercase un poquito más a ti, pero no… Nada de lo que he hecho en mi vida ha sido suficiente. Comparándome siempre contigo, me he sentido más y más pequeña…

Los ojos me arden. Ella está ahí, escuchándome por primera vez en mucho tiempo sin apenas pestañear, creo que ni respira. Como tampoco lo hace mi padre, que ha decidido adoptar con su silencio el papel de Suiza en este enfrentamiento, inevitable en realidad. Es el momento de sacar todo esto, así que trago saliva y continúo.

—Cuando murió el abuelo, algo se despertó dentro de mí. Supe que esto es lo que quiero hacer, que ésta soy yo, de verdad yo, no una sombra de ti.—Tomo un segundo de pausa para intentar tragar saliva, aunque mi boca está totalmente seca por el momento de tensión que estoy atravesando—. Durante este año me he preparado y me he entregado en cuerpo y alma para dar el paso definitivo. Siento enormemente que no puedas ver mi felicidad y sentirla conmigo, pero si crees que a estas alturas voy a dejar de ser la persona que quiero por no encajar con tu plan de vida, estás muy equivocada. Me marcho en quince días, espero que puedas soportar mi presencia hasta entonces.

—Pero, ¿quién te crees que…?—Mi madre da un paso hacia mí, sólo uno, mis ojos de hielo le impiden avanzar más.

—¿Qué quién creo que soy? Soy la nieta de mi abuelo, soy la nieta de tu padre. Y si hubieras perdido tu valioso tiempo en escucharle en sus últimos días, sabrías lo que quiere decir eso.

Apuro de un sorbo lo que queda en mi copa. Salgo de la cocina con paso firme y siento que ahora sí, puedo volar.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “EL VUELO”

  1. Lo he vivido en mis carnes porque tal vez por no haber tenido esas agallas y por dejar primar el respeto impregnado en mi ser, hoy seguramente hubiese sido una mujer feliz. Emoción!

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