LA MUÑECA

El Dr. Ibor acomoda las sillas de su escritorio frente al monitor de la pared. Quiere enseñarme la sesión que mantuvo ayer con mi madre. Está más serio de lo habitual. Me pregunto qué es lo que voy a encontrarme.

    —Alma, tome asiento por favor —la voz grave del doctor frena en seco mis pensamientos.

    —Doctor, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado con mi madre? —pregunto sin poder ocultar mis nervios. 

    —Tranquila. Su madre está bien —contesta con un tono calmado que no consigue serenarme—. Verá, ayer intentamos algo distinto con ella, la hipnosis regresiva. De este modo, intentamos ahondar en los recuerdos que hubieran podido quedar ocultos en la mente de nuestros pacientes, sobre todo relacionados con su infancia, y que quizás puedan explicar sus patologías. En el caso de su madre, esa desconexión con la realidad y los brotes de llanto, que no hemos conseguido controlar desde que ingresó en nuestro centro, hace ya casi un año.

El doctor se remueve en su sillón antes de continuar.

    —La sesión que verá ahora fue… intensa, por decirlo así. Debe saber que al devolverla al pabellón, comenzó a zarandear violentamente a otra paciente. Para calmarla, tuvimos que aplicar un sedante y aislarla en su habitación.

No puedo creer lo que estoy escuchando. Mi madre ha tenido varias crisis desde su ingreso, pero ninguna en la que haya mostrado conductas violentas. Antes de que yo pueda decir nada,el doctor vuelve a hablar.

    —Quisiera preguntarle algo antes de comenzar. Sé que está convencida de que el fallecimiento de su abuela ha sido el desencadenante de este estado en su madre, pero ¿recuerda algo en concreto que lo hubiera activado?

    —No sé doctor. Ya le conté en su día… Cambió por completo cuando recogió la caja de recuerdos de mi abuela en la residencia donde falleció. Se encerró en su casa, y no volvió a ser la misma. Cuando dejó de contestar mis llamadas, fui a su casa y la encontré sentada junto a la caja en el suelo del salón, llorando, con la mirada perdida, sin reaccionar. 

Él asiente con la cabeza un par de veces y toma el mando en su mano.

    —Bien, quiero que vea esto.

Asiento, con la mirada clavada en la pantalla del monitor. La imagen de mi madre aparece tumbada sobre el diván, el mismo que está ahora vacío a mi espalda. El doctor está sentado en una silla junto a ella. Su voz grave y calmada como de costumbre, da la fecha de ayer, la hora y el nombre de mi madre, Elena Estevez. Ella parece tranquila. Oigo que contesta con un «Sí» cuando él le pregunta si está cómoda. Su voz suena ajada y triste. Mi corazón se encoge, no me gusta verla así. Él inicia la fase de relajación de la hipnosis, que continúa con una cuenta atrás que parte en el diez. Tan pronto como llega al uno, empieza a preguntar.

    —Elena, dime ¿qué ves? ¿Dónde estás?

Una voz clara y animada, con una entonación totalmente distinta a la que he escuchado antes, sale de los labios de mi madre.

    —Estoy en un jardín precioso, hay muchas flores. Juego con otras niñas y hay una monja que nos cuida. Sor Teresa —contesta en calma.

—¿Sabes qué jardín es ese? ¿Lo reconoces?

—Claro, es el jardín del colegio. Mi madre nos trae cada día. Hoy no hay clase, nos dan vacaciones de verano y las monjas nos dejan jugar toda la mañana, y hasta traer un juguete. También está ella, y la ha traído —contesta con un tono que oscurece de modo repentino esa voz rejuvenecida que tanto me ha impactado antes.

—¿Quién, Elena? ¿Qué ha traído?

—Mi hermana Sara. Ha traído su muñeca, y no me la deja. Aquí tampoco. ¡La odio!

«¿Cómo? ¿Qué hermana? Mi madre no ha tenido hermanas», pienso convencida de que es un error, mi madre debe estar confundiendo las cosas. 

    —¿Por qué la odias?

    —Porque su muñeca es preciosa, tiene la carita de porcelana y el cuerpo de trapo. El pelo rubio y rizado, como yo, y un vestidito azul con un lazo. La mía es toda de trapo, ¡no me gusta! ¡Yo quiero la suya! Pero no me la deja nunca. ¡Nunca!

Una exclamación se ahoga en mi garganta. Reconozco esa muñeca en su descripción, o lo que queda de ella. Estaba en la caja de recuerdos de mi abuela. La ví el día que la encontré en ese estado hace un año. Decido no decir nada aún, si la muñeca existe, también existió su hermana y quiero saber por qué la mente de mi madre ha viajado justo a ese momento. El doctor continúa hablando en la grabación. 

    —Tranquila Elena, todo está bien. Cuéntame, ¿qué pasa ahora?

    —Jugamos al escondite. Sé dónde está ella, la veo agachada detrás del pozo con su muñeca. Me acerco con cuidado para que no me vean, ¡la quiero! —Masculla entre dientes arrastrando las palabras, su respiración comienza a agitarse y sus manos se tensan sobre el regazo—. No quiere dármela, pero yo tiro de ella, y no me la da. Se pone en pie y me empuja. Caigo al suelo y se ríe. ¡La odio! Me levanto, le devuelvo el empujón y… cae. Ella cae dentro…, pero yo tengo la muñeca.

La risa de mi madre, esa risa menuda, de niña victoriosa después de su gran travesura, me hiela la sangre. Mis ojos no pestañean, sólo pueden observar la imagen de la mujer en pantalla, tumbada sobre el diván, que acuna en sus brazos una muñeca que no existe.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “LA MUÑECA”

  1. Wohhhh que gran realidad. Lo que nuestra mente puede llegar a hacer con sus habilidades si no la reconducimos. Sanar a nuestra niña interior cada vez se vuelve más necesario! Sublime!!💙

  2. !Ostras, Lucía! Muy bueno este relato. Te hiela la sangre.

    En la historia pasa lo que tiene que pasar, pero eso no impide que, tal y como lo cuentas tú, una se quede helada según lo lee.

    Te felicito. Buena historia

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