ÉL

Esta noche se cierra la semana de viaje a bordo del Al Andalus con una cena de gala ambientada en los años veinte. Sara piensa que es maravilloso que después de tantos años de servicio, la compañía decida rendir así homenaje a estos vagones, que en pleno siglo XXI, continúan viajando con todo el glamour de aquella época. 

Desde que leyó Asesinato en El Orient Express, siempre ha soñado con poder hacer algún día un viaje en un tren así. Sentada en su compartimento de lujo, con paredes lacadas en madera, observa todo a su alrededor, satisfecha por haber decidido emplear buena parte de sus ahorros en esta aventura.

Sara acerca su rostro al cristal de la ventanilla, contempla la luz violácea del cielo, que poco a poco se viste de noche, mientras deja que sus ojos bailen con el paisaje en movimiento al otro lado, mecida por el relajante traqueteo que la lleva a ese estado de paz siempre que viaja en tren, especialmente durante esta semana, pero esta noche no, esta noche está nerviosa, esta noche quiere acercarse por fin a él. Esta noche quiere acercarse por fin al chico misterioso que ha estado observando en la distancia después de la cena, cada una de las noches de esta semana, en el coche bar. Lo ha visto siempre al final de la barra, en el rincón más discreto, con poca luz, mirada perdida y una delicada copa de cristal tallado con algún licor delante de él. Le atrae su aire hipster retro, corte de pelo a navaja, bigote perfectamente recortado, siempre vestido con camisa y chaleco. Sospecha que no debe viajar en el coche club, como ella. De compartir vagón, podría haberse hecho la encontradiza en el pasillo, y aunque ha estado atenta a la hora del desayuno o en las visitas propuestas en cada parada, tampoco ha coincidido con él, no es de extrañar, el horario de desayuno es flexible, quizás sea poco madrugador, y las visitas son opcionales, y por la soledad que busca cada noche, no deben gustarle los grupos multitudinarios de gente. 

La chica mira el reloj en su muñeca, debería empezar a vestirse para la ocasión. Mientras su cabeza ensaya las palabras del encuentro, se acerca al pequeño armario, saca el vestido para el evento y cuelga la percha de la misma puerta aún entreabierta. Juega con los flecos finos de seda negra que rodean el bajo, acaricia con delicadeza sus cuentas de pedrería en oro viejo y azabache, colocadas en perfectos dibujos geométricos al más puro estilo Art Decó, le encanta. El sonido que precede cada aviso de llegada a las estaciones principales, anuncia la voz de Ana, su guía durante el viaje.

Leer más: ÉL

—Señoras y señores, estamos llegando a Sevilla—indica con su agradable tono de voz—. Como ya saben, el tren quedará estacionado cerca de la entrada a la estación para poder celebrar la fiesta final sin entorpecer el funcionamiento habitual de salida y entrada del resto de trenes. Recuerden que les esperamos en el coche restaurante a las ocho y media para comenzar con la cena de gala. Esperamos que disfruten plenamente de la experiencia.

Mientras la mujer repite el mismo mensaje en cinco idiomas, Sara comienza a prepararse para entrar en la ducha, debe darse prisa, en cuarenta minutos tiene que estar lista.

Después de algunas dudas en cuanto a maquillaje y peinado, Sara observa complacida su imagen en el espejo antes de salir. Pasa una mano con delicadeza sobre las ondas al agua, que no han quedado del todo mal, acomoda en su cabeza la pluma con la cinta de raso negro, y después de tomar aire, abre la puerta para cerrarla con un ligero toque detrás de sí y comenzar a caminar por el pasillo con un puñado de mariposas bailando sin parar en su estómago a cada paso.

Antes de que pueda darse cuenta, perdida en sus pensamientos, se encuentra con la pequeña fila de viajeros que esperan a ser acomodados en la puerta de acceso al vagón. Cuando llega su turno, el maitre la recibe con una sonrisa tan brillante como el dorado de la botonadura y los galones de su chaquetilla blanca impoluta.

—Bienvenida señora—saluda con una ligera inclinación de cabeza—. Si me permite, por aquí por favor.

Sara devuelve el saludo con su sonrisa y sigue al hombre por el pasillo hasta su mesa, en la hilera lateral reservada para las parejas, con asientos de terciopelo granate y lamparitas fijas de luz cálida con pantallas de flecos dorados. Mientras el camarero sirve una copa de champagne, sus ojos hoy más brillantes que nunca, observan las mesas ya ocupadas detrás de ella y las que alcanza a ver a su izquierda, pero no le ve, supone que debe estar en otra mesa idéntica a la suya en el otro extremo del vagón, donde no puede distinguirlo entre las cabezas de los caballeros, algunas brillantes por la gomina, y los tocados de plumas como el suyo de las señoras, la tenue luz tampoco resulta de mucha ayuda. Con música de charlestón y jazz sonando a un volúmen agradable por los altavoces hábilmente disfrazados en la ambientación del lugar, Sara apenas consigue probar el menú elegido para la noche por el nudo que los nervios han instalado en la boca de su estómago, aunque espera el postre con ansiedad, porque después vendrá la copa, y allí estará él. 

Acabada la cena, el grupo va cambiando de vagón entre conversaciones y risas. Aunque Sara participa animada de los comentarios de sus compañeros de mesa, al tiempo que se dirigen a la zona de bar, su mirada vuela directa al rincón de la barra incluso antes de entrar, con la esperanza de encontrar al misterioso viajero en su rincón. Alcanza a ver la copa, pero no a él. «Debe estar en el aseo», piensa intentando tranquilizarse mientras toma asiento en su mesa habitual, donde tan solo un minuto después, el camarero sirve diligentemente otra copa de champagne, que ella lleva a sus labios sin apartar la mirada de la barra. A media copa, él aún no ha aparecido.

—Sara, estás preciosa esta noche.—La voz de Ana, la guía del grupo, consigue desviar su atención. 

—¡Ana! Perdona, no te he visto llegar—responde con una sonrisa a modo de disculpa ante su saludo—. Tú también estás muy guapa esta noche.

La verdad es que la mujer está impresionante en un vestido azul oscuro, con su melena corta y el collar largo de perlas alrededor de su cuello. «Claro, cómo no lo he pensado antes, Ana debe conocer a todos los viajeros, ella sabrá decirme algo sobre él», piensa inmediatamente. Con un par de golpes en el asiento contiguo, invita a Ana a sentarse junto a ella. La mujer acepta la invitación y alza su mano al camarero para pedir dos copas más.

—¿Qué tal la cena? ¿Te ha gustado?—pregunta la guía con su mejor sonrisa.

—Mucho, la verdad es que me ha sorprendido que el menú se haya diseñado siguiendo la moda de la época—comenta Sara por educación, con la mente puesta en lo que realmente quiere saber—. Perdona Ana, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, dime—contesta ella al tiempo que agradece al camarero las bebidas que ya descansan en su mesa, para dedicar después la mirada a Sara, quien toma un trago de su copa y carraspea un poco antes de hablar. 

—Verás, yo… Quería preguntarte, ¿tú has visto esta noche al chico que suele sentarse en el rincón de la barra? Esperaba poder hablar con él esta noche…—Sara suelta todo de carrerilla, sin poder evitar bajar la mirada con pudor al sentir cómo sus mejillas comienzan a arder.

Unos segundos de silencio se instalan entre las dos. Cuando Sara lo nota, levanta la mirada para encontrarse con los ojos de Ana clavados en ella con extrañeza.

—Ah… Ya veo—dice de repente la mujer después de soltar una risa discreta—. Alguno de los camareros te lo ha contado ya…

—¿Contarme? ¿El qué? No entiendo —responde Sara confusa.

—Ya sabes, nuestro pequeño ritual…—sugiere Ana con media sonrisa.

Sara la observa fijamente y niega con la cabeza, invitándola a continuar. La guía endurece un poco su gesto, parece sospechar que es cierto que no sabe nada.

—Verás, al parecer durante el primer viaje original de este tren, uno de los ingenieros sufrió un infarto. Cuentan que falleció en el bar la primera noche a bordo, y que su espíritu continúa aquí, empeñado en acabar su viaje—narra la mujer sin apartar sus ojos de los de Sara, que escucha con atención en total silencio—. El dueño de Wagonlit  comenzó entonces con el ritual que llega hasta hoy, la costumbre de poner una copa de whisky al final de la barra, lo mismo que él estaba tomando aquella noche. Ya ves, una mera superstición para evitar incidentes en los viajes. De hecho, el ingeniero sale en la foto de grupo del viaje inaugural que mantenemos enmarcada justo en esa esquina, si quieres te enseño quién es ¿De verdad me vas a decir que no lo sabías?

Sara no contesta, deja a Ana perpleja en la mesa y se levanta despacio, para acercarse al grupo de fotos antiguas a las que nunca había prestado atención hasta entonces. Con cada uno de sus pasos, el nudo que atenaza el centro de su pecho se cierra cada vez más. No necesita que nadie le muestre nada. Un escalofrío recorre su espalda y la deja sin respiración al descubrir, entre los hombres que sonríen en la imagen de tonos sepia, el rostro atractivo del hombre de perfecto corte a navaja y bigote recortado, que viste camisa y chaleco, el hombre de mirada perdida que ha estado viendo cada noche en el mismo lugar.

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

7 opiniones en “ÉL”

  1. Me has dejado alucinada, ¿ Imaginas que té pasa eso? Jajaja 😂 me muero.
    Me ha encantado 👍👏👏👏

  2. Me has dejado alucinada, ¿ Imaginas que té pasa eso? Jajaja 😂 me muero.
    Me ha encantado 👍👏👏👏

  3. Una vez más, en esta ocasión pude imaginar que algún misterio se escondía entre tus palabras, ya son mucho tus escritos que he leído como mucha atención, pero aunque imagínando algo de intriga, el final ha sido más especial todavía de lo esperado. Gracias Lucía Arjona por este nuevo regalo para mis sentidos💙💙

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *