TENEMOS QUE HABLAR…

—Es mejor que nos vayamos, estás temblando —dice Jose mirando a Eva.

Ella, acurrucada bajo su brazo, blanca como la nieve, asiente con la cabeza sin decir nada. No se atreve a mirarle a los ojos para contestar, sabe que está molesto. Otro fin de semana arruinado por sus rarezas. Sabe que acaba de tumbar otro momento especial, y todo por no ser sincera con él. Después de tanto tiempo preparando este viaje a Mérida, y la visita al Circo Romano que Jose se moría por ver, ni siquiera han podido acabarla, y esta vez también ha sido por su culpa.

—Ven, mejor salimos por aquí —dice Jose sin poder evitar que el tono de su voz muestre la resignación que trata de esconder con sus gestos, y señala con su mano el pasillo oscuro bajo las gradas superiores del Circo.

Eva siente cómo sus músculos se tensan ante la sola idea de tener que atravesar las sombras que han provocado en ella esa reacción.

—No, por favor. Prefiero bajar por las gradas y volver por donde hemos entrado —contesta con un hilo de voz sin atreverse a levantar la mirada.

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Con cada escalón de bajada, Eva da una vuelta más al mismo pensamiento en su cabeza. Sabe que le debe una explicación, sabe que tendrá que hablar con él y contarle todo, pero le asusta enormemente su reacción. Ha intentado dilatarlo en el tiempo todo lo posible durante estos seis meses, pero después de lo ocurrido hoy, sabe que ya no puede esperar más, no si quiere salvar lo que hay entre los dos.

Jose continúa rodeando sus hombros con su brazo protector, pero recorre en silencio el camino de regreso al hotel, con la mirada perdida en el suelo de ladrillos de granito. Al llegar a la Plaza junto al Parador, Eva por fin se atreve a romper la atmósfera de tensión que lo envuelve todo.

—Amor, ¿tomamos algo?—pregunta con voz temblorosa—. Creo que tenemos que hablar.

Él no contesta, pero dirige sus pasos hacia la misma terraza en la que desayunaron unas horas antes. Después de tomar asiento en la mesa con mejor sombra, el camarero no tarda en acudir a tomar nota. Eva pide un té. Jose un café cortado. Ambos observan en silencio los pasos del chico de vuelta a la barra, con la comanda en la mano. Ella toma aire y decide hablar.

—Jose, hay algo que quiero contarte, pero no sé por dónde empezar. Quizás si te explico lo que ha ocurrido antes…

—Antes dice…, ¿sólo antes? —la interrumpe con un tono de voz que denota el cansancio y la confusión que pueblan la cabeza del chico, desde hace ya demasiado tiempo—. No es sólo lo de antes, Eva. De verdad, no sé qué está pasando. 

La chica siente que se encoge un poco sentada en su silla, a pesar de que no le ha pillado por sorpresa, en su imaginación esa ha sido siempre la reacción que ha esperado. Decide dejar que sea él quien lo suelte todo, quien saque todo lo que tiene dentro y se limita a asentir con un movimiento ligero de cabeza, en silencio.

—Eva, llevamos juntos medio año, y en ocasiones como estas siento que no te conozco.—Jose habla arrastrando un poco las palabras, parece incluso decepcionado y eso realmente asusta a Eva, quizás ya sea tarde para evitar el desastre—. ¿Sabes? Al principio pensé que era timidez, como la primera noche que pasaste en mi casa, estabas tan incómoda… Luego, algo cambió en ti, las siguientes noches comenzaron a ser normales, y me relajé. Y esa sensación de calma se rompió de nuevo en nuestro primer viaje de fin de semana… 

—Por favor…—intenta explicarse ella, pero Jose levanta levemente la mano pidiendo continuar.

—No ha habido un solo viaje en el que no hayamos tenido algún episodio de los tuyos. En el barrio de Santa Cruz, en la Mezquita de Córdoba, en la Judería de Toledo, de vinos por Vitoria… Y ya si hablamos de las primeras noches en los hoteles, puff —exclama y acompaña el sonido con un aspaviento—. La mayoría son una pesadilla, y luego al día siguiente estás como si nada. Joder Eva, ¿vas a contarme qué coño te pasa?

El camarero deja sobre la mesa las consumiciones casi con una disculpa por la interrupción, Eva espera a que se marche antes de contestar.

—Jose, yo… Verás… Yo veo cosas, siento cosas —suelta Eva casi en un susurro.

—¿Qué?, venga Eva… ¿Estás de broma?—pregunta con los ojos abiertos por completo y las cejas levantadas a modo de interrogación.

—Por favor, déjame explicarte, luego me dices lo que quieras —responde ella antes de tomar aire por un segundo—. Verás… Algunas mujeres de mi familia tenemos este don, salta una generación. Yo lo heredé de mi abuela, sin embargo mi madre no lo tiene. Lo descubrí de niña.

Hace otra pequeña pausa para dar un sorbo al té con manos temblorosas. Siente la boca seca por los nervios, nunca pensó que contarle todo esto fuera a ser tan difícil.

—Antes, en el Circo Romano, no pude entrar en la galería, sentí algo terrible, allí asesinaron a alguien con una violencia desgarradora hace siglos, y no estoy hablando de gladiadores ni romanos —continúa a pesar de la mirada de incredulidad de él—. Cuando voy a sitios que no conozco, estas energías se manifiestan violentamente, sin tiempo de bloquearlas, por eso reacciono así. Después, cuando ya me son familiares, sé cómo evitar que me afecte su presencia. Por eso en ocasiones nuestros viajes son… difíciles. Por eso la primera noche en tu casa fue…

—¿Qué me estás contando?¿Que en mi casa hay fantasmas? —interrumpe socarrón.

—Fantasmas…no. Pero… Jose, la cosa es que… tu madre te acompaña.

La taza de Jose se queda a medio camino entre la mesa y su boca, para volver a la mesa en un movimiento furioso.

—Venga Eva, no me jodas. Mi madre dice… ¿Mi madre? Si no le importé en su puta vida cuando estaba viva, ¿de verdad piensas que voy a creer que le importo ahora que está muerta?

El dolor se palpa en las palabras de Jose, quien se levanta arrastrando la silla enfadado. Eva atrapa su mano con la suya aún sentada, evitando que dé un paso más.

—Escúchame por favor. Sé que es difícil de creer, pero ella está aquí ahora, con nosotros.—Jose intenta liberar su mano de la suya en una sacudida, pero ella la toma con más fuerza aún, necesita que la escuche, ya no puede parar—. Ella me pide que te pregunte si recuerdas lo que hacías cuando tenías tres años, y ella llegaba por la tarde a casa muerta de cansancio, después de limpiar todo el día en el hospital.

Él ya no sacude su mano, se ha quedado congelado ante sus palabras, gira la cabeza despacio, está pálido. Solo alcanza a asentir en silencio, con los ojos vidriosos. Eva, le atrae con dulzura y consigue que vuelva a tomar asiento, esta vez junto a ella. Ambos saben que Jose nunca ha dado ningún detalle a Eva sobre su madre, más allá de la mala relación que siempre hubo entre ambos y su sentimiento de abandono, eso y que falleció hace dos años víctima de un cáncer fulminante, mucho antes de conocerse. Eva pone su mano sobre la del chico, que está destemplada y fría, antes de seguir con lo que tiene que contarle.

—Tu madre dice que el recuerdo de aquellas tardes la acompañó cuando tuvo que irse. Que aquella noche, conectada a tanto aparato en su cama de hospital, volvió a sentir que se tumbaba a tu lado, en el sofá marrón del salón de vuestra antigua casa, mientras veías los dibujos en la tele. Le pareció hasta sentir tu olor a Nenuco. —Dos lágrimas comienzan a rodar por el rostro de Jose—. Aquella noche, mientras se dejaba ir en brazos de la morfina, deseó volver a sentir tus manitas levantando sus párpados despacio, que en aquel entonces caían vencidos por el cansancio de la jornada de trabajo, y oír tu vocecita de niño diciendo con media lengua que tenía que despertar.

Jose mira a Eva sorprendido, pero no habla. Eva acaricia con su mano el rostro de su pareja, quien se rompe en un llanto desconsolado. Lucía se levanta y le abraza con delicadeza, mojando su nuca con sus propias lágrimas. Sabe que Jose por fin la cree. Quizás después de todo, haya esperanza, quizás después de todo, él pueda entenderla y aprender a vivir con las sombras que la rodean, al menos ella está dispuesta a enseñarle, ahora sí.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “TENEMOS QUE HABLAR…”

  1. Dios mío! Tu poder de imaginar historias, de plasmarlas con esa forma tan tuya …es inconmensurable!

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