VEINTIÚN AÑOS

«Hoy cumplo veintiún años». Ese es el primer pensamiento de María nada más despertar en su cama esta mañana. Tras un bostezo eterno, y a pesar del abrazo cálido de su edredón nórdico salpicado de flores en vivos colores, consigue salir de ella.

Ya en pie, María se despereza una vez más, como una cría pequeña, y comienza a caminar somnolienta hacia la cocina, donde tiene todo listo para preparar la cafetera como cada mañana. Tan pronto como comienza a sonar el borboteo del agua sobre el filtro, no puede evitar entornar los ojos y aspirar con una sonrisa el aroma a café recién hecho que lo envuelve todo. Vigila con la mirada el avance del nivel de la jarra de cristal que va llenándose gota a gota con el oro negro que se muere por beber, así tal cual, sin azúcar ni leche y un poco aguado de más, como los americanos. Cuando el piloto de la máquina se apaga, abre el armario sobre el fregadero para elegir su taza favorita. Satisfecha, con el café humeante entre sus manos, se dirige hacia el salón acompañada por el sonido bajo sus pies del crujir de los listones de madera maciza, que visten el suelo del pequeño piso de estudiantes del barrio del Húmedo de León, el mismo que lleva alquilando desde hace tres años, desde que comenzó la carrera de enfermería.

La luz del amanecer entra poco a poco por las contraventanas de madera del viejo balcón, hasta iluminar el porta retratos que descansa en la mesita auxiliar junto al sofá, como si los rayos de sol quisieran dirigir sus pasos hacia ella. En él, una María sonriente sopla las once velas de su tarta de cumpleaños junto a su madre, un día como hoy, pero diez años atrás. La María joven, obedece de modo inconsciente a la luz del sol y llega hasta el marco de la fotografía. Deja la taza sobre la mesita en la que descansa, junto a él, y lo toma en sus manos. Después de observar unos segundos la imagen con añoranza, acaricia el dulce rostro de su madre deslizando su dedo sobre la superficie del cristal. Sus ojos se empañan al pensar que pocos meses después de aquel día, su madre se marchó para siempre, víctima de un cáncer tan corrosivo como despiadado. Sabe que esa pérdida fue la que sembró en ella la determinación de ser enfermera algún día, para ayudar a otras madres en momentos duros como los que la suya tuvo que pasar antes de la partida. Con sus ojos aún clavados en la imagen, una punzada de ansiedad se instala en la boca de su estómago. Ahí están los nervios que aún no habían despertado, y que sabía que estaban por llegar. Sí, hoy cumple veintiún años, hoy es el día que tanto ha esperado desde que ella se fue, desde que acudió junto con su padre y su tía a la lectura de su testamento. 

La mente de María no tarda en sumergirse en aquel día. A sus once años, no entendía nada de lo que estaba escuchando. Optó por desconectar por completo de las conversaciones de los adultos, aburridas y monótonas, y centró su atención en el brillo de las cuentas de cristal de la pulsera de su tía Carmen, sentada a su lado en aquel incómodo sofá de cuero, y en el tintineo de sus piedrecitas, unas contra otras, cuando las desplazaba a lo largo del cordón de plata que las engarzaba. Recuerda la mano de su tía, colocada con delicadeza sobre sus rodillas diminutas, como si quisiera protegerla de todo a su alrededor. Así pasó María las horas que duró la reunión, en aquel despacho oscuro y lúgubre, de paredes forradas en madera, estanterías infinitas llenas de viejos libros con los lomos de piel idénticos, hasta sumirse en un estado aletargado con el murmullo de las voces de los adultos, y el calor reconfortante del abrazo protector de su tía, que se rompió con el sonido arrastrado de unas sillas sobre el suelo de parquet. Al ver que aquellos señores parecían despedirse de su padre, supuso que todo había acabado. 

Su tía la atrajo contra su pecho con su brazo y besó su coronilla.

—Cariño, ¿lo has oído? Mamá ha decidido dejarte un regalo especial—habló acariciando su carita llena de pecas con la palma de su mano, suave y delicada.

—¿Cómo?—Preguntó María con su vocecita, rodeando el brazo de la mujer con los suyos.

Entonces, su tía Carmen la abrazó con amor para explicarle que al cumplir los veintiún años, recibiría un regalo especial de su madre. Nunca antes de esa fecha.

El sonido del telefonillo saca a María de aquel recuerdo. Mira la hora en el reloj del termostato de la calefacción, no son las diez de la mañana aún, no pueden ser su padre y Marian, su pareja desde hace varios años. Ellos llegan en el tren de la una, justo a tiempo para su almuerzo de celebración, la ocasión perfecta para conocer el regalo secreto de su madre, oculto durante tanto tiempo. Decide esperar unos segundos antes de tomarse la molestia de recorrer la distancia hasta la puerta de entrada, convencida de que debe tratarse de un cartero comercial, o de algún chiquillo con ganas de jugar ya a primera hora de la mañana. La llamada vuelve a sonar. 

María arruga el entrecejo ligeramente mientras vuelve a colocar la foto sobre la mesita y camina hacia la puerta con paso decidido. Descuelga el auricular de su soporte en la pared, y la pequeña pantalla de vídeo le muestra una imagen que reconoce de inmediato.

—¡¡Tía Carmen!! —Grita feliz al tiempo que pulsa el botón de apertura, y abre la puerta de casa, ansiosa por verla aparecer al ritmo de sus tacones sobre cada peldaño de la escalera.

—¡Sorpresa! —dice su tía alzando un poco los brazos, tratando de controlar la respiración después de los tres tramos de escalera. 

La muchacha no deja que termine de entrar a casa, y se abraza a ella con una sonrisa de oreja a oreja, y los ojos algo humedecidos por la emoción. Adora a su tía. Carmen es la hermana pequeña de su madre, siempre ha habido un vínculo especial y estrecho entre ambas. Ella se marchó a vivir a un pueblecito de Cantabria, pero a pesar de la distancia, nunca han dejado de estar en contacto, nunca. Se alegra tanto de que haya venido hoy.

Tras unos minutos de puesta al día sentadas en el sofá, con un café delante, su tía abre el bolso que ha dejado apoyado en su cadera, justo a su lado, saca un sobre algo amarillento, y lo pone sobre la mesa junto a la taza de María, quien la mira sin querer entender, pero comprendiendo perfectamente de qué se trata.

—Cariño, esto es para ti.—Comienza a hablar casi en un murmullo, intentando controlar su emoción—. Ya sabes de quién viene. 

—Pero… ¿No esperamos a papá?

La tía Carmen sonríe y encoge sus hombros.

—Tu madre dejó escrito que debía entregar el sobre yo misma, tu padre estuvo de acuerdo entonces y ahora—contesta su tía con calma—. Bueno, creo que es mejor que te deje un momento a solas, imagino que querrás un poco de intimidad.

María tarda un segundo en reaccionar cuando la mujer hace el intento de ponerse en pie.

—¡No!—Exclama María con decisión, con la muñeca de su tía atrapada en su mano, impidiendo que se mueva—. Te necesito aquí, por favor…

Su tía asiente, con los ojos vidriosos y la mirada baja a la espera de que la chica abra por fin el sobre. María lo observa detenidamente entre sus manos, lo acaricia, lo lleva a su nariz, en un intento absurdo de sentir el olor de su madre en el papel, después de tantos años. Al palpar el contenido, siente que hay algo rígido en él no muy grande. No puede esperar más, y rasga con delicadeza la parte superior del sobre para volcar su contenido sobre la mesa baja en la que descansan sus cafés a medio tomar y ya helados. Un tintineo descubre una cadena fina y preciosa, parece de plata, con un colgante de una llave labrada realmente hermosa. María la toma en la palma de su mano y la observa un segundo intentando recordar dónde la ha visto antes. Cierra la mano para sostenerla en ella, y con la otra toma la carta, en la que aparece la caligrafía delicada de su madre. Traga saliva, respira hondo, y comienza a leer con voz temblorosa:

“María, cariño, Feliz Cumpleaños, mi amor. ¡Felices veintiún años! Estoy segura de que te has convertido en una mujer preciosa, por dentro y por fuera. 

Cariño, verás, hemos decidido esperar a este día para contarte algo muy importante, para revelar nuestro secreto. Pensamos que en este momento ya serías toda una mujer y nos comprenderías… 

Quiero decirte antes de nada que te he querido y te seguiré queriendo con todo mi corazón, allí desde donde esté. Pero además de papá y de mí, hay alguien más que te quiere con locura desde el día en que naciste… Esa persona es tu madre biológica. Lo sé amor, sé que debes estar confusa ahora mismo… 

María, verás… yo no pude tener hijos, tu padre y yo tiramos la toalla tras cinco años de intentos y fracasos, y cuando estaba a punto de perderme en la mayor de las penas por lo que ya nunca podría ser, una mujer increíblemente maravillosa y valiente, alguien que confiaba plenamente en mí, me pidió el favor más generoso del mundo que no fue otro que el de cuidar a la hija que estaba creciendo en sus entrañas como si fuera mía. 

Esa mujercita tenía sólo quince años entonces, el vínculo frágil de su amor adolescente se rompió en el mismo momento en que supo que estaba embarazada. Sus padres habían fallecido dos años antes, sólo me  tenía a mí. Y ese favor en realidad fue el regalo más inmenso que he recibido en mi vida.

¿Sabes amor? Ella nunca ha dejado de saber de ti, de estar en tu vida. Esta llave que estoy segura debes tener en tus manos, es idéntica a la que ella lleva siempre al cuello, de hecho la llevábamos las dos, las compré para ambas el día que sellamos nuestro acuerdo. Si no me equivoco, esa mujer  estará cerca de ti en un día como hoy, como siempre ha estado. 

Se muy feliz mi vida.

Te quiere, Mamá”

Con ojos húmedos, a punto de desbordarse, María deja caer el papel de su mano y abre la palma de la otra para observar el colgante que ha estado atrapado en ella. Claro, la llave de su madre, la que nunca se quitaba. Pero no es sólo en su cuello donde sabe que la ha visto con anterioridad. María levanta la mirada hacia su tía lentamente y entonces la ve, una llave idéntica colgada del suyo. Las lágrimas corren sin control por las mejillas de ambas. Observa con ternura el rostro de quien hasta ahora ha considerado su tía y alza su mano para secar con ella las lágrimas que han emborronado por completo el ligero maquillaje de la mujer, que baja lentamente sus ojos, no se atreve a mirarla. María, deja el colgante sobre la mesa, toma las manos de la mujer con las suyas con delicadeza, y sorprendida por la tranquilidad de su propia voz, escucha como pronuncia en un murmullo:

—Hola, mamá.

Los sollozos de tía y sobrina, de madre e hija, se intercalan con besos y abrazos temblorosos, hasta que en un segundo de tranquilidad, la voz de María vuelve a surgir entre ambas para decir:

—Creo que alguien tiene mucho que contarme.

Otro segundo de silencio absoluto precede a las risas nerviosas de las dos mujeres, que visten el salón del viejo piso de estudiante con una luz mucho más brillante que la del mismo sol, que baña ahora por completo el salón.

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “VEINTIÚN AÑOS”

  1. Que maravilla leer este relato tan emotivo que ha calado hondo en mi corazón. Yo no tengo 21 años pero si he perdido a mi madre hace 5 años y me hace soñar …
    A mi no me importaría nada que llegase a mis manos una llave con ese mismo mensaje. ¡La echo mucho de menos! Gracias Lucía eres especial 💙

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *