LA CALETA

Sara baja del taxi y, con la mirada perdida en el pequeño edificio de apartamentos turísticos junto al que han estacionado, espera a que su amiga Lola salga también. Escucha la puerta del conductor y su charla amigable con Lola mientras saca su equipaje del maletero, pero está tan embobada observando la humilde fachada, que sólo reacciona con el sonido del motor del vehículo cuando arranca para seguir su camino. Sara recoge su maleta sin decir nada, su amiga tampoco habla, imagina que porque ella también se ha dado cuenta de que están al menos en décima línea de playa, a pesar de que el anuncio prometía vistas al mar. 

Con cierta sospecha de flagrante estafa creciendo poco a poco en su interior, Sara consigue localizar su casillero guarda llaves entre el enjambre de pequeñas cajetillas colgadas unas sobre otras, perfectamente alineadas a ambos lados del portal, en una especie de gymkana absurda a base de prueba y error con cada una de ellas, ya que el sol ha desgastado hace tiempo los números que marcan el apartamento correspondiente.

—Es que no falla, ¡joder!—exclama Lola por fin en un estallido que resuena en el eco del callejón—. Siempre que elijo yo el apartamento la cago. No aprendo… ¡Es que no aprendo! Y lo peor de todo es que sé que me lo vas a estar recordando cada día hasta el año que viene. 

Sara, deja la maleta junto a la puerta, y con la llave en la mano, sin mirar a su amiga, suelta con sorna:

—Hombre, dos semanas en Cádiz en pleno mes de agosto por ochocientos euros en un apartamento con dos camas, cuarto de baño, cocina americana y terraza, a un paso de la Playa de la Caleta, tal y como está la cosa, podría haberte hecho sospechar algo…

Después de un segundo de silencio mortal, su carcajada a dúo resuena en el barrio de pescadores de La Viña, que a pesar de estar rayando el mediodía, parece que comienza a despertar.

Lola, aún entre risas, seca con la mano el sudor que empieza a perlar su frente por la humedad.

—Odio estos sudores del primer día en la playa—protesta con media sonrisa mientras seca la palma de su mano sobre el bolsillo trasero de su short vaquero para limpiarla—. Me siento como una cerda hasta que consigo acostumbrarme.

—Venga anda princesa, cuélgate tu mochila de una vez y vamos a descubrir las maravillas que nos depara este palacio—responde Sara con una reverencia teatral para introducir la llave después en la cerradura.

Tan pronto como se abre la puerta, un olor a lejía y jabón de marsella inunda las fosas nasales de la pareja de amigas. 

—Al menos la escalera limpia está—susurra Lola con varias gotas de sudor corriendo por su espalda bajo la camiseta de tirantes azul—. Y aquí dentro hace fresquito… ¿Qué piso era?

—El quinto reina, y sin ascensor…—recalca Sara mientras deshace su moño alto para volver a recoger de nuevo su larga melena rojiza que ya comienza a rizarse por la humedad del ambiente. 

—Joder tía, no hago más que pensar en las fotos de la web, ya viste que eran espectaculares, es que hasta filtramos por “super anfitriones” que suele ser gente de fiar, a saber de dónde cojones han sacado las fotazas esas… Cómo me jode…—rumia entre dientes Lola y resopla con la mochila pegada a su espalda por el sudor que ya la empapa por completo, al encarar la típica escalera de pisos de los años sesenta de peldaños empinados y losas de terrazo.

Escalón a escalón, las chicas llegan al descansillo de su planta. Sara mira a su alrededor  con extrañeza al observar que, además de la suya, sólo hay otra puerta más compartiendo rellano, mientras que en el resto de plantas ha visto un total de cuatro por piso.

—Bueno, nena la suerte está echada—anuncia Sara al tiempo que gira la llave de la puerta principal en movimiento lento hasta llegar al tope con un “click” que les permite acceder.

El piso está en completa penumbra, sólo se aprecia la entrada del sol por las rendijas de las contraventanas de un balcón. Por sus dimensiones y su dotes de orientación, Sara deduce que corresponde con la fachada principal.

—Joder, tía. Enciende la luz. Sólo nos faltaba abrirnos la cabeza tropezando con cualquier mierda—protesta Lola al tiempo que estira el cuello para tratar de ver algo por encima del hombro de su amiga.

Sara abre la puerta de par en par y atina a pulsar el interruptor de la pared junto al dintel. No puede evitar soltar una exclamación cuando la luz inunda la estancia. 

—¡Toma! ¡Es el mismo piso!—exclama con alegría Lola ante una Sara que observa todo en silencio con los ojos como platos—. ¿Ves? Te dije que no podía ser una estafa, esto es una puta maravilla.

Lola pasa por delante de su amiga después de lanzar al suelo su equipaje y observa todo con la boca abierta. En efecto el piso es tal y como lo mostraban las fotografías. Paredes de un blanco inmaculado con vigas de madera vista en el techo. Suelos de loza imitando madera. La decoración es tal y como la vieron en las imágenes, muebles de madera natural y accesorios en blanco y tonos azules para dar ese aire marino a la estancia. La cocina americana está totalmente reformada con una encimera de silestone azul turquesa. Desde el propio salón pueden atisbar la habitación perfectamente decorada, así como el baño con ducha a ras de suelo y baldosas blancas inmaculadas, tipo metro, en contraste con el suelo hidráulico en tonos azules.

—Esto es el puto paraíso—exclama en un susurro y fija sus ojos en los grises de Sara que ha pasado de estar sorprendida a tener una expresión de extrañeza—. ¿Qué estás pensando? ¿No estás contenta?

—Sí, claro. Pero, ahora que lo veo me parece demasiado bueno para este precio —contesta Sara mientras se acerca al balcón que intuyó desde la puerta de entrada y lo abre para comprobar que en efecto da al callejón—. Mira ahí tienes las vistas al mar. Una esquina azul entre los dos edificios de enfrente.

—Bueno, no exactamente… 

Una voz de hombre sobresalta a las chicas, que emiten un pequeño grito al unísono.

—Vaya, perdón. He visto la puerta abierta y he querido venir a saludar. Soy vuestro vecino de planta y además vuestro casero.—El dueño de la voz sonríe a modo de disculpa aún desde la puerta—. Bienvenidas.

Lola no se molesta en disimular su agrado ante la imagen que tienen frente a ella. Un chico descalzo de unos treinta años que luce un bronceado canela tremendamente atractivo, de cabello castaño salpicado de canas tempranas con un perfecto corte de pelo algo largo y cuidadosamente despeinado, un pareo envuelve su cintura casi hasta los tobillos con salamandras blancas y negras, a juego con una camiseta blanca que a pesar de intentar ser holgada, no puede disimular marcar con descaro la musculatura de biceps, hombros y pectorales. Sara golpea con disimulo el codo de su amiga para hacerla salir del trance ante la mirada azul intensa de su visitante.

—Hola. Yo soy Sara y esta es mi amiga Lola—dice al fin.

—Encantadísima—saluda Lola alargando la acentuación de la palabra junto con un intento de ok en su mano que saca una sonrisa al chico.

—Disculpad, qué maleducado. Yo soy…

—Luis…—interrumpe Lola aún embobada para recibir una mirada heladora de los ojos grises de Sara, a la que responde con una alzada hombros antes de continuar—. ¿Qué? Ese era el nombre que aparecía en su perfil de la web de alquiler.

—Sí, eso es. Toda la razón—confirma él con otra de sus sonrisas perfectas.

Sara decide romper el ambiente de extraña seducción y volver sobre el tema que estaba comentando cuando él apareció.

—Bueno, Luis—recalca el nombre del chico y va directa al grano—, ¿qué has querido decir con ese “no exactamente” cuando he dicho lo de las supuestas vistas al mar?

Sara cruza los brazos aparentemente inmune a los encantos de su anfitrión. Él, aún en el rellano, hace ademán de entrar pero se queda clavado en la puerta.

—Perdona, ¿puedo entrar? Esta es ahora vuestra casa por dos semanas, no quiero resultar impertinente—sugiere con una mirada de súplica en sus ojos índigo que provocan en Sara una humedad que no espera y que nada tiene que ver con la del ambiente costero.

—Sí, sí claro. Adelante—confirma a la vez que atusa en un gesto inconsciente un mechón cobrizo ondulado y rebelde que escapa de su pelo recogido mientras reprime la sonrisa que provoca Lola al simular abanicarse con la mano tras el paso de Luis.

—Las vistas al mar tienen más que ver con esto—responde Luis al tiempo que camina hacia el distribuidor entre la habitación y el baño, de cuyo techo cuelga una gruesa cuerda de esparto con un nudo grande a modo de tirador que toma en su mano con un tirón que hace aparecer una escalera desplegable de madera ante la mirada atónita de las chicas.

—Guau—exclama Lola ante una Sara que observa sin pestañear.

—Por favor, tú primero—indica Luis con la mirada clavada en Sara y una mano tendida hacia ella.

La maravillosa luz del cielo gaditano baña sus cabellos rojos y convierten las pupilas de sus ojos grises en dos cabezas de alfiler cuando ella levanta la mirada hacia arriba, al pie de la escalera. Mira a su casero brevemente y luego a Lola que la apremia a subir con una alzada de cejas.

—Vamos, sin miedo—apunta el chico como acicate.

Sara sube peldaño a peldaño hasta salir a un azotea luminosa con el suelo cubierto de gravilla blanca, sobre la que se ha dispuesto un camino de tablones de madera que llega a una zona con cuatro tumbonas de madera de teca con colchonetas blancas inmaculadas bajo una pérgola con cortinas de lino en idéntico color y un conjunto de sofá, sillones y mesa central haciendo juego. Cuatro macetas enormes en barro azul turquesa flanquean el espacio con plantas verdes altas y frondosas que confieren al espacio el aspecto de un oasis en pleno desierto. Y allí delante de ella, la Playa de la Caleta en todo su esplendor, con ese mar en calma salpicado por las pequeñas barcas de pescadores ancladas al fondo, su antiguo casino blanco reluciendo en la orilla salteada de sombrillas de colores y gente tomando el sol o críos jugando con la arena, y el espigón que lleva hasta el castillo de San Sebastián. Intenta encontrar en su cabeza las palabras que puedan describir semejante belleza mientras el ruido de pisadas sobre los peldaños de madera anuncian la llegada de alguien más a su espalda.

—¡Coño!¡Joder!¡Qué maravilla!—La voz de Lola totalmente sobrepasada por las vistas rompe la magia del momento.

—Pero, pero…¡Esto es la hostia!—vuelve a exclamar su amiga obligando a Sara a volver la vista hacia ella justo cuando comienza a dar vueltas sobre sí misma como una niña.

Luis se acerca despacio hacia ellas con las manos a la espalda y una expresión triunfal en el rostro.

—…y estas son las vistas al mar, las de verdad—suelta casi en un susurro a la altura de Sara que acaricia sus oídos y provoca un escalofrío que la descoloca por completo.

Gira su rostro hacia él para encontrarse de bruces con sus ojos del mismo color del mar que sonríen divertidos. Ella carraspea y da un par de pasos hacia atrás antes de decir:

—Bueno y ahora es cuando nos dices dónde está el truco.—Vuelve a parapetarse tras sus brazos cruzados retadora, obligándose a escapar de su embrujo.

—¡Sara!—protesta Lola a modo de regañina.

—Ni Sara ni leches—contesta alzando ligeramente la voz ante un Luis perplejo—. ¿Pero tú has visto todo esto? ¿De verdad crees que este apartamento puede costar lo que hemos pagado por él? Perdona, no quiero parecer maleducada, pero esto no me cuadra.

Luis toma aire y retira hacia atrás el flequillo con su mano antes de hablar, en un gesto que sabe acentúa su atractivo.

—Tranquila, en efecto hay alguna cosa que no os he contado, aunque yo no lo llamaría truco—Sara le observa preparándose para lo peor—. Para comenzar, además de vuestro casero, soy vuestro vecino. Así que esta terraza no es privada, tendréis que compartirla conmigo, ahí delante está la trampilla que comunica con mi piso, ¿la veis? 

Sara y Lola asienten al unísono, pero no dicen nada.

—Mi hermano y yo somos los dueños de todo el edificio. Lo heredamos después del fallecimiento de nuestros padres en un accidente hace tiempo—continúa ante la mirada expectante de las chicas.

—Vaya… Lo siento—afirma Sara con cierto atisbo de culpabilidad por sus sospechas, aunque sabe que aún no está satisfecha.

—Sí eso… Lo siento—confirma Lola con una mirada de auténtica pena en sus ojos.

—Gracias—agradece un Luis que parece ligeramente abatido por un segundo, pero tras tomar aire de nuevo, retoma su explicación—. Mi hermano vive en la planta baja y tiene su estudio de ebanistería en el sótano, es bastante introvertido, no le gusta demasiado la gente así que no creo que vayáis a verle mucho, por eso decidimos que yo sería el gestor de los alquileres. Podríamos cobrar mucho más por el apartamento, claro que sí. Pero a riesgo de sonar prepotente, no necesitamos el dinero…

—Pero yo sólo ví este piso anunciado en la web, no había ningún otro—interrumpe Lola—. Perdona, quiero decir que abajo, en el portal, debe haber una cajetilla para llaves por puerta, pero solo este en alquiler. ¿Qué pasa con el resto?

Luis asiente con media sonrisa y Sara fija su mirada en él para reforzar la pregunta que acaba de hacer su amiga.

—Cuando comenzamos a convertir el edificio en un bloque de apartamentos turísticos, no sabíamos cómo iba a funcionar. Como habréis comprobado, no estamos precisamente en primera línea de playa—puntualiza con sinceridad en su tono de voz—. Así que pensamos en comenzar por este, por el ático. Ha sido el primero que hemos acondicionado por completo. Probablemente la próxima temporada comencemos a alquilar el resto si llegamos a tiempo con todas las reformas. Otra razón más para el precio tan asequible que habéis pagado, las pequeñas molestias que podríais tener que soportar ya que estamos en plena fase de remodelación de cañerías e instalación eléctrica del resto del edificio.

—Pues podíais haberlo indicado claramente en el anuncio ¿no?—protesta Sara contrariada—. Venimos a descansar, a echarnos una siesta cuando nos dé la gana o quedarnos en la cama hasta las doce, no a vivir la experiencia en vivo del programa ese de las casas de los hermanos gemelos en televisión.

Luis no puede evitar romper a reír ante una Sara sorprendida, pero ella misma termina por acompañarle con una ligera risa a la que se une Lola.

—Pues mira no vas desencaminada, la verdad es que somos un poco como ellos—Luis responde aún entre risas—. La mayor parte del trabajo lo estamos haciendo nosotros mismos con la ayuda de un operario sordomudo que nos enviaron del INEM por un tema de estos de colaboración, reinserción, esas cosas. Así que prometo que seremos cuidadosos. No vais a daros ni cuenta, de todos modos los pisos están perfectamente insonorizados, aunque por la ventilación de cocina y baño podríais notar algún ruido de cañerías y algunas idas y venidas por los pisos inferiores, ya que es lo único que comunica todo el edificio. ¿Te convence ahora el precio?

Sara mira a Lola antes de responder.

—Bueno, sí. Todo esto explica algunas cosas…—concede aún algo dubitativa.

—De verdad, sois las primeras clientas que protestan por tener que pagar poco…—interrumpe Luis provocando las risas de las dos—. Se me ocurre una cosa, para compensar las posibles futuras molestias, ¿qué os parece si esta noche os invito a cenar algo aquí mismo en la terraza? Iba a hacerlo en casa con un amigo, pero seguro que el cambio le parece perfecto. ¿Qué me decís?

Sara observa como los ojos negros de su amiga suplican que diga sí, aunque no necesita que la empuje a aceptar la invitación, lo está deseando.

—Vale, ¿por qué no?—acepta intentando disimular lo mucho que le gusta su propuesta.

Los ojos de Luis sonríen tanto como sus labios. Sara diría que hasta a él le encanta el plan.

—Genial, pues nada, dejo que os instaléis tranquilas y disfrutéis el día y nos vemos aquí arriba esta noche a eso de las nueve, así podemos disfrutar del espectáculo de la puesta de sol en La Caleta. No hay una igual—sentencia al tiempo que se acerca hasta la trampilla de su piso y, después de dar una orden a su smartwatch, comienza a descender por las escaleras que se despliegan al abrirse la compuerta—. Hasta la noche.

Sara y Lola se despiden con un gesto de mano y tan pronto como ven cerrarse la trampilla tras él, no pueden evitar abrazarse con un grito de júbilo y empezar a saltar sobre la tarima de madera como dos adolescentes.

—Buff, no me lo puedo creer tía, ¿pero tú has visto esto? Menudas fotos vamos a postear en insta—sentencia Lola con las manos entrelazadas sobre su cabeza de pelo negro corto y despuntado—. Y cómo está Luisito, ese tío te pone ¿eh?

Sara nota que sus mejillas comienzan a arder.

—Venga anda, petarda. Vamos a instalarnos y a ver un poco esto, me muero por bañarme en el mar y comer unas tortillitas de camarones en El Faro—suelta para evadir la respuesta que sabe su amiga está esperando.

Después de pasar todo el día en la playa, Sara regresa al bloque de apartamentos con una Lola impaciente por el plan de la noche. Ambas se detienen en el portal para buscar la llave en la bolsa de las toallas que cuelga de su hombro.

—Buff, tía no sé qué voy a ponerme, si Luis es así de pihippie, seguro que su amigo también lo es… ¿Tú ya has pensado tu modelito?—El parloteo de Lola se ve interrumpido súbitamente por el ruido de una sierra automática que sale del sótano.

Tras unos segundos de silencio, las chicas no pueden evitar inclinarse con curiosidad para comprobar que el sonido sale de la ventana que hay casi en el suelo, a sus pies. El ventanuco está totalmente cubierto por unas lamas venecianas al otro lado del cristal que sólo permiten distinguir una claridad tenue a través de sus juntas.

—Este debe ser el hermano de Luis, el rarito—murmura Lola al tiempo que señala con un golpe de cabeza hacia el cristal.

—Bueno mujer, no le hemos visto, igual solo es tímido el pobre—responde Sara también en voz baja, tratando de ser justa—. Venga anda melón. Que al final nos pilla el toro. 

Ya dentro del portal, justo cuando van a comenzar a subir las escaleras, Sara siente una mirada sobre ella. Vuelve la vista sobre su hombro. La mirilla de la única puerta de la planta baja se mueve, Sara sabe que detrás de ella él, el hermano de Luis, no les quita ojo, no dice nada aunque no le gusta esa sensación. 

—¿Pero qué haces ahí plantada tía? ¡Vamos que me quiero duchar!—reclama Lola desde el primer piso al que ha llegado hablando sola, sin darse cuenta de que su amiga se había quedado atrás.

Sara sube las escaleras detrás de Lola, cabizbaja y sin hablar, no puede quitarse de la cabeza la extraña sensación de esa mirada tras la puerta mientras su amiga no deja de parlotear sobre las diferentes combinaciones de prendas que podría llevar, hasta que enmudece de golpe. 

—Joder, Sara mira eso—dice con un hilillo de voz.

La palabra “FUERA” aparece escrita en mayúsculas rojas sobre la puerta con una letra algo desigual, casi parece que la hubiera escrito un niño. Un escalofrío recorre la espalda de Sara que se queda paralizada al principio, pero de repente, siente como el calor crece en su cuerpo, sube desde el estómago hasta su rostro, encendiendo una rabia incontrolable en su interior.

—¡Será gilipollas!—exclama bajando los escalones de dos en dos.

—¿Pero qué coño haces? ¿Dónde vas?—murmura Lola asustada detrás de ella.

—A meterle esa puerta por el culo al hermano de Luis, estoy segura de que ha sido él quien nos ha dejado el regalito, aquí no hay nadie más—afirma con rudeza en su voz mientras comienza golpear la puerta con su puño en cuanto llega a la planta baja—. Oye tú, si tienes algo que decirnos sal, y dínoslo a la cara, ¿me oyes? ¡Que salgas!

Sara se queda con la mano en alto cuando escucha ruido tras la puerta y la mirilla vuelve a moverse.

—¿Qué quieres? Deja de golpear mi puerta o llamo a la policía.—Una voz grave y seca suena al otro lado.

—¿Que qué quiero? Que me digas a la cara lo que has escrito en nuestra puerta, solo tenéis que devolvernos la pasta del alquiler y reservarnos un hotel, nos iremos encantadas de esta mierda de edificio del Dr. Jekyll y Mr. Hyde—responde Sara con toda la fuerza de la que es capaz y tapa la mirilla de un golpe con su mano.

Justo en ese momento, la puerta de la calle gime al abrirse con el ruido de la conversación animada de dos hombres, Luis aparece tras ella junto a otro chico realmente atractivo que parece haber dejado su tabla de surf aparcada en doble fila, ambos cargados con bolsas del supermercado. 

—¿Pero qué…?—Su pregunta se queda en el aire cuando Sara se acerca a él de una zancada.

—¿Esto qué es? ¿De verdad crees que vamos a permitir esta mierda de jueguecitos?—dice de carrerilla casi sin respirar con la cara congestionada y sus ojos grises clavados en Luis con tanta intensidad que podrían matarle.

Luis suelta las bolsas con los ojos abiertos, parece realmente sorprendido por lo que está viendo. 

—A ver Sara, tranquila, dime qué ha pasado, ¿qué hacéis en la puerta de mi hermano?—Su voz intenta apaciguar los ánimos, Sara empieza a creer que de verdad no sabe nada y simplemente quiere comprender.

—Que qué ha pasado dices… Pues mira, el friki de tu hermanito nos ha dejado escrito en la puerta un mensajito super dulce, ¿sabes?—Sara tiene que parar para tomar aire, la furia la recorre por dentro, sólo piensa en recuperar su dinero y salir de allí—. Nos hemos encontrado la palabra “FUERA” escrita con unas letras rojas de mierda. ¿Pero qué coño os habéis creído?

—¿Qué?—La voz del hermano de Luis se escucha a través de la puerta—. Yo no he escrito nada, cuéntaselo Luis.

Luis está totalmente pálido, parece confundido. Después de un segundo en el que apenas parpadea, sacude la cabeza y dice:

—Sara, escucha. Beni tiene razón, él no ha sido—afirma con rotundidad.

—Claro… Seguro—sentencia Lola ante una Sara inmóvil frente a Luis con los puños apretados, como si estuviera preparada para asestar un golpe en cualquier momento, mientras el amigo anónimo se mantiene en segundo plano observando atónito la escena.

Luis intenta dar un paso al frente pero se detiene cuando recibe la mirada de Sara.

—Sara, te lo juro. Beni no ha sido, mi hermano es introvertido sí, pero la realidad es que desde la muerte de mis padres sufre de agorafobia, no ha salido a la calle en dieciséis años, él te lo puede confirmar, somos amigos desde la infancia—explica invitando al chico a contestar.

—Lo juro.—Acierta a decir con rotundidad con un marcado acento andaluz—. Desde que sus padres murieron, Beni no ha sido el mismo, Luí se ocupa de todo, del edificio y de su hermano.

Sara observa al chico dubitativa, intercala miradas entre uno y otro, para girarse a Lola por último. Está a punto de contestar cuando de repente unos pasos acelerados suenan en la escalera, alguien baja los escalones atropelladamente. En tan solo unos segundos, un hombre alto y corpulento con manos y pies enormes y de rostro tosco, vestido con un mono de trabajo azul alguna talla menor de la suya, se para en seco al pie de la escalera y da un par de pasos hasta situarse frente a Luis. El hombre agacha la cabeza ligeramente en su presencia y levanta la mirada para comenzar a hablar con él en lenguaje de signos, Sara sospecha que debe ser su operario, y aunque no comprende lo que dice, ve claramente que el hombre está avergonzado y hasta compungido en su relato. Luis responde enfadado también en el mismo lenguaje y las señala a ambas en su conversación.

—Oye ¿qué está pasando aquí? ¿Qué dice este hombre?—pregunta nerviosa con Lola aún más cerca de ella, casi pegada a su lado, parece asustada.

Luis da una última orden con palabras dibujadas con las manos al hombre, quien vuelve escaleras arriba después de agachar la cabeza avergonzado ante su patrón a modo de disculpa, o eso cree entender Sara. Luego, Luis toma aire y mueve la cabeza contrariado y algo pálido.

—Lo siento, lo siento enormemente—comienza a decir—. Este hombre es Pepe, nuestro peón. Acaba de venir a disculparse. Parece ser que hoy ha venido acompañado por su hijo. El chaval tiene trece años y es una pieza, no quiere estudiar y su padre le trae de vez en cuando para intentar que aprenda el oficio, y lo hace a regañadientes. Pepe ha venido a disculparse, parece ser que en un descuido encontró al hijo de su madre escribiendo esa chorrada en la puerta y le echó a puntapiés de la finca. Su padre le pidió que se comportara porque teníamos dos inquilinas nuevas pero en lugar de eso, él decidió coger la pintura para envejecer las vigas del techo y ponerse creativo con vuestra puerta. Lo siento Sara, Lola. No sabéis cuánto lo siento. Ya le he advertido que esta es la última vez que el chico pisa el edificio, me ha confirmado que acaba de eliminar el desastre de vuestra puerta.

Sara no sabe qué decir. El sonido de la tapa de la mirilla de la puerta de Beni suena sobre el silencio total que envuelve la estancia, seguido de un golpe seco a la puerta. La chica mira sobre su hombro inconscientemente y observa como esta vez la pequeña lente queda en la oscuridad.

—¡Joder con el niño!—exclama Lola de repente rompiendo la tensión del momento.

—De verdad chicas, perdonad todo esto. Si queréis marcharos, lo entenderé perfectamente, mañana mismo os hago la transferencia del dinero al completo. Pero os juro que a partir de ahora todo irá fenomenal. De verdad.—El mar de los ojos de Luis muestran una calma que contra todo pronóstico convence a Sara de que esto ha sido una coincidencia poco oportuna, toma aire, mira a Lola que parece tranquila por fin y vuelve la mirada a su casero.

—Mira, de momento vamos a ducharnos las dos, lo hablamos entre nosotras con calma y esta noche te decimos algo—responde con tranquilidad.

—Entonces, ¿sigue en pie la cena en la azotea?—suelta Luis con una mirada casi de súplica en los ojos.

Sara, a pesar de acusar aún la tensión en su rostro, nota como una sonrisa se dibuja en sus labios.

—Siempre que en alguna de esas bolsas haya un par de botellas de vino del bueno, algo tendrás que hacer para convencernos de seguir en el apartamento—sugiere con la mirada cómplice de Lola que ríe por lo bajo—. Ah, y discúlpanos con tu hermano, siento haber sido tan visceral.

—No os preocupéis, seguro que lo comprende—responde Luis—. Quico, vamos a dejarle la cena a Beni y luego a ver qué se nos ocurre preparar para compensar el mal rato a estas chicas. Nos vemos luego entonces.

Después de despedirse de ellos, Sara comienza a subir las escaleras con una Lola sorprendentemente callada.

—¿Qué pasa Lola? ¿Estás bien? ¿Quieres que nos vayamos?—pregunta a su amiga bajando ligeramente la voz.

—No, qué va. Estaba pensando en que a quién se le habrá ocurrido poner nombre de perro a un tío tan cañón como el amigo de estos dos, Quico… Tú te crees, Quico—responde Lola provocando las risas de las chicas que se apagan al llegar al quinto piso y encontrar su puerta antes con un barniz impecable, con una mancha desigual que deja ver parte de la madera base original de la misma por el decapante que el operario ha debido aplicar para eliminar el pseudo graffiti de mal gusto de su retoño.

Un par de horas más tarde, las chicas se encuentran al pie de la trampilla después de haber estado correteando de la habitación al baño intercambiando modelos entre sí hasta encontrar el más adecuado para cada una de ellas. Sara echa un último vistazo a Lola antes de tirar de la cuerda, está realmente preciosa con ese mono rojo entero de pantalón corto y anudado al cuello, deja su preciosa y fibrosa espalda al aire, siempre ha envidiado la buena forma de su amiga. Su pelo azabache, corto y revuelto con un toque de gomina y los aros finos de plata enmarcan con su brillo su rostro étnico, casi gitano, que apenas ha necesitado maquillaje más allá de un poco de polvo, rimmel y brillo de labios.

—¿Estoy bien?—Lola parece dudar un poco de su atuendo—. He preferido ponerme mis sandalias planas al final, tus cuñas son muy altas, tenía miedo de escoñarme ahí arriba.

Sara ríe divertida antes de hablar.

—Así también estás cañón, esas romanas plateadas pegan mucho más contigo—afirma con rotundidad—. Yo no sé si me habré maquillado de más.

—No digas estupideces, si sólo te has puesto los labios rojos y un poco de rimmel en las pestañas, que sí que no sueles llevar ese color, pero es que te va de miedo con ese vestidito negro y el pelo suelto así rizado—apunta Lola.

—Bueno vamos, que deben estar esperando, ya se escucha música arriba.

Tras desplegar la trampilla, los acordes de una melodía tipo Chill House llega hasta ellas. Sara va delante, Lola camina justo tras ella. La luz del atardecer que baña el cielo de azul y naranja, sobre el mar en calma con las barquitas ancladas mecidas por el agua, la dejan boquiabierta, ni siquiera se da cuenta de que Luis y su amigo están ya allí. 

Wallah—exclama Lola boquiabierta a su lado.

—Ya os dije que las puestas de sol aquí son todo un espectáculo—dice Luis a modo de saludo.

Sara vuelve la mirada hacia él, está tremendamente atractivo con un conjunto de pantalón y camisa tipo mao en lino blanco remangada al codo, que resalta su atractivo. Su amigo Quico continúa con sus vaqueros cortos y la camisa de surfero medio abierta sobre un pecho bronceado e imberbe a juego con su melena rubia ondulada. Sara se da cuenta enseguida de que los ojos de Lola hacen chiribitas en cuanto se cruzan con los de él.

La noche transcurre entre risas, copas de vino blanco bien frío, y platos con jamón, camarones cocidos, chicharrones y olivas. Luis ha conseguido crear una atmósfera realmente agradable con velas encendidas sobre la mesa y las guirnaldas de pequeñas bombillas de luz cálida que adornan la pérgola. Sara se pregunta a cuántas chicas habrán conquistado estos dos así, pero lo cierto es que no le importa, está dispuesta a dejarse llevar, lo que pase en Cádiz, se queda en Cádiz. Quico y Lola se han retirado a la zona de las tumbonas con una botella de vino en la cubitera y dos copas. Luis y ella comparten sofá y continúan con la charla.

—Espero que estéis cómodas en el piso, ¿todo bien esta tarde después del… indecente?—pregunta Luis con la atención puesta en Sara.

—Sí todo perfecto, aunque tenías razón con el ruido que se cuela por las rejillas de ventilación. No es que sea mucho pero escuchábamos como muebles arrastrando, ruido metálico y una sierra automática algo más baja que lo demás—responde ella con sinceridad—. La verdad es que luego pusimos música y ni te das cuenta, y al apagarla para subir a cenar ya estaba todo en silencio.

—Sí Pepe ha hecho horas extra hoy para compensar el desastre, y la sierra es la de mi hermano, él hace todo lo que tiene que ver con la madera en su estudio, tanto las vigas como los muebles que habéis visto en vuestro piso son suyos—apunta Luis después de dar un sorbo a su copa.

—Mil perdones una vez más por lo que ocurrió esta tarde—continúa él mirando a los ojos de Sara—. Espero que esta cena haya ayudado a compensar un poco el mal rato que habéis pasado.

—Bueno, no está nada mal, vas por buen camino—sugiere Sara coqueta—. Estamos casi casi convencidas de quedarnos en el apartamento y todo.

Luis sonríe con una seguridad aplastante y se acerca ella para susurrar con rotundidad:

—Estaba seguro de ello.

Tras comprobar que no queda vino en la cubitera de la mesa, Luis se pone en pie. 

—¿Quieres más vino o prefieres una copa?—pregunta solícito.

—Pues casi que me apetece más un gin tonic si es posible, ¿te importa?

—Para nada, tengo abajo una ginebra espectacular, bajo un segundo y preparo las copas, voy a ver si aquellos dos quieren una o siguen con lo mismo—apunta con un guiño y Sara le sigue con la mirada hacia la zona de tumbonas sintiendo por primera vez en mucho tiempo eso que llaman mariposas. Observa cómo tras intercambiar unas palabras con ellos, Quico se levanta y vuelve con Luis para desaparecer por la trampilla, imagina que también se han animado a cambiar de bebida.

Tan pronto como los chicos desaparecen escalera abajo, Lola corre hasta Sara como una adolescente.

—Madre mía Sara, este Quico me tiene loca. Dice que su casa está también aquí en La Viña, ¿te importa si esta noche…?

—Para nada—interrumpe Sara—tú pásalo genial pero ponme un mensaje al menos para saber que estás bien, ¿vale?

—Vale—responde Lola arrastrando la palabra como una niña pequeña—. Y tú también que ya veo como Luisito y tú…

Ríe traviesa con un guiño provocando que el calor vista de nuevo las mejillas de Sara. Los pasos de los chicos por las escaleras de madera hacen que las amigas se recompongan en el sofá. Traen cada uno un gin tonic en una mano y un combinado con cola en la otra.

—¿No os gusta la ginebra?—pregunta Sara al tiempo que recibe su copa de balón transparente de la mano de Luis y Lola hace lo mismo con la de Quico.

—Nosotros somos más de cuba libre ¿verdá Luí?—El acento gaditano tan marcado del amigo de su casero pinta una sonrisa en los labios de Sara, que observa la maniobra del chico tendiendo la mano hacia Lola—. Mira niña, ven que te voy a enseñar dónde queda mi casa.

Lola se levanta solícita y sigue a Quico hasta la baranda de la azotea dejando a Sara y Luis a solas. 

—Por una estancia memorable—dice Luis invitando a brindar con la copa alzada, mirando a los ojos de Sara que ya no son de hielo.

Ella responde al gesto alzando la suya y llevándola a sus labios después.

—¿Te gusta así? Perdona que no la haya servido aquí arriba, pero con las escaleras y demás, era más cómodo subirlas preparadas—Se disculpa él dando un trago a su bebida.

—Está perfecta, muy suave la verdad. ¿Qué ginebra es?—pregunta con curiosidad y da un segundo trago algo más largo para saborearla mejor.

—Una especial que prepara Quico en su casa, es totalmente artesana, no te creas que se la ofrecemos a todo el mundo—explica Luis dejando su copa sobre la mesa—. La tenemos reservada para chicas tan guapas como vosotras.

Sara sonríe dubitativa, no le ha gustado del todo el tono que ha empleado Luis al decir esa frase. Cuando va a responder, siente que sus labios no responden, como si su cerebro no fuera capaz de dar las órdenes a su cuerpo. Todo empieza a dar vueltas a su alrededor. La copa que tiene en su mano cae al suelo y se rompe en mil trozos, sus brazos caen lacios a los lados de su torso. Cree escuchar el ruido de otra copa rota al caer al suelo detrás de ella. Piensa en Lola. Sara quiere gritar, pero no puede. Lo último que ve es el rostro de Luis encima de ella.

No sabe cuánto tiempo ha pasado, pero Sara abre los ojos por el haz de luz que se cuela a través de las rendijas de la persiana de una ventana y va a parar directo a sus ojos, es la luz del sol. La habitación está en penumbra, pero lo primero que ven sus ojos es un techo blanco con maderas de viga vista. Por un segundo piensa que todo ha sido una pesadilla y que está en el apartamento, en el suyo. Le duele la cabeza mucho, muchísimo, como si hubiera estado bebiendo toda la noche, pero cuando va a llevarse la mano a la frente, se da cuenta de que sus muñecas están atadas con unas cinchas de cuero que terminan en cadenas ancladas una a cada lado de la cama. Baja la mirada a los pies, están descalzos y los encuentra atados del mismo modo, aunque puede mover ligeramente las piernas. Ella está vestida con el mismo vestido de anoche, el negro de satén atado al cuello, con la espalda al aire. El miedo desata una corriente de adrenalina que despeja su cabeza por completo y la paraliza al mismo tiempo. Mueve su cabeza a un lado y a otro en un movimiento pausado, no sabe si está sola, no quiere hacer ruido. Allí no hay nadie, no hay nada. En la habitación sólo está su cama, y una silla vacía a poco más de un metro de ella.

Comienza a mover brazos y piernas compulsivamente, como si eso fuera a ayudarla, a pesar de saber en lo más profundo de ella misma que no puede hacer nada. Siente como los ojos le arden, las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas en un llanto silencioso. La barbilla le tiembla cuando abre la boca para preguntar con la voz entrecortada:

—¿Hola, hay alguien?

Las persianas de las ventanas comienzan a levantarse de modo automático, la luz del sol penetra en la habitación, obligando a Sara a entrecerrar los ojos para protegerlos de tanta claridad. Cuando comienza a acostumbrarse, observa que la ventana, con un visillo blanco algo opaco totalmente corrido, da al edificio de enfrente, en el callejón, debe estar en el salón de otro de los pisos del mismo edificio bajo el apartamento. El visillo le permite entrever cómo una mujer abre el balcón de su casa, a la misma altura que su ventana, y comienza a tender la colada, no la escucha pero sabe que está cantando por como mueve su boca y el cuerpo al ritmo de un compás invisible.

—¡¡Ayuda!!¡¡Aquí!!¡¡Señora,aquí!! Por favor…—Sara rompe en un llanto desconsolado al comprobar que la mujer no puede oírla.

La puerta del piso se abre, no se había dado cuenta de que estaba en la misma pared que el cabecero de su cama, al girar de nuevo su rostro, ve un piloto rojo sobre una especie de mirilla en la pared, debe ser una cámara. Sara intenta contener sus sollozos, y su cuerpo se tensa. Luis aparece tras ella, serio, muy serio. Trae una botella de agua con un vaso de papel sobre ella en una mano y un pequeño barreño bajo el mismo brazo. Cierra la puerta tras él y deja todo en el suelo para acercarse a la silla junto a su cama, y apoyar sus manos en el respaldo.

—No te canses, no puede oírte. Ya te dije que los pisos están insonorizados—afirma Luis con calma, alza ligeramente su muñeca para que ella pueda ver la pantalla del smartwatch con la imagen en directo de la habitación, después sigue la mirada de Sara que viaja desde su mano a las rejillas de ventilación—. Tampoco; las rejillas tienen un filtro aislante que hemos instalado con tecnología similar a la de los auriculares inalámbricos de botón que seguro usas para hablar por teléfono o escuchar música. Están programados para devolver la frecuencia sonora opuesta a la de la voz, solo pueden atravesarlo sonidos no humanos. Todos  sonidos justificables ante oídos ajenos como los típicos de alguien que está reformando un piso, agua, golpes, metal, muebles…

Sara ya no puede contener las lágrimas, la rabia que sube hasta su rostro desde el estómago enrojece sus mejillas y convierte sus ojos en dos puñales de acero que se clavan en los de su raptor.

—¡Hijo de puta! ¿Qué me has hecho? ¿Dónde está Lola?—pregunta entre dientes con la idea fija en su cabeza de arrancarle la yugular de un mordisco si se atreve a acercar su rostro al de ella lo suficiente como para poder hacerlo.

—No te he hecho nada, tranquila—contesta Luis mientras toma asiento impasible en la silla—. En cuanto a Lola, ella está en otro piso. Imagino que Pepe debe estar preparándola.

—¿Preparándola para qué?—inquiere Sara asustada.

—Para mi hermano—dice con un poso de tristeza en sus ojos que descoloca por completo a la chica—. Verás, como te conté ayer Beni sufre de agorafobia, yo soy su hermano mayor y tengo que cuidarlo, protegerlo, tengo que facilitarle todo aquello que le haga feliz, y no es solo comida. Ha desarrollado un apetito sexual realmente voraz, y si no consigue una chica es capaz de autolesionarse con violencia, no puedo permitirlo. Estuve a punto de no llegar a tiempo la última vez, se había cortado las venas. Lo encontré en la bañera y… Es mi hermano, ¿tú no harías lo que fuera por un hermano?

Sara lo observa en silencio, mientras las lágrimas vuelven a brotar de sus ojos, Lola su amiga Lola, su hermana… 

—¿Qué va a hacerle?—pregunta en un hilo de voz aunque ya sabe la respuesta.

—Bueno, no voy a darte detalles, como te he dicho su apetito sexual es desmesurado. La usará las veces que quiera hasta que se canse de ella y pida un juguete nuevo, el ático es nuestro cebo para conseguir chicas sin necesidad de salir a buscar a la calle—explica sin inmutarse.

—Y luego qué ¿qué hacéis con las chicas que…?—Sara no puede cerrar la pregunta, tiene miedo de escuchar la respuesta.

Luis se mueve incómodo en la silla, para ser un hombre sin escrúpulos parece que no le resulta del todo fácil.

—¿De verdad quieres saberlo?—pregunta con una mirada de súplica en los ojos que sorprende a la chica.

—Quiero saber a lo que atenerme sí, quiero saber lo que me espera—responde ella tragando saliva con una fortaleza en su rostro, a pesar de las lágrimas que no cesan, que no sabe de dónde ha conseguido sacar.

—No, tú no. Tú… Él te quería a ti. Tu manera de enfrentarte abajo, frente a su puerta, le excitó sobremanera quería domarte, eso justo fue lo que él dijo cuando entramos con la compra, pero yo me negué. Yo te quería para mí. Sara, me enamoré de ti desde el momento en que te ví ayer en el ático con esa mirada gris que… No podía entregarte a él, a ti no.—Luis se inclina y apoya la frente en sus manos, con los codos en sus rodillas, no quiere mirarla.

Sara no sabe qué decir, pero su mente encuentra un pequeño resquicio de esperanza, Luis la quiere, de un modo enfermizo pero la quiere. Tiene que encontrar la manera de llegar a él, de conseguir que la libere, que las libere a ambas, pero antes debe hacerle ver lo cruel de sus actos, tiene que hacerle confesar todo lo que hacen con las chicas, parece incómodo cuando habla del tema frente a ella. Por muy duro que sea, debe escucharlo mientras piensa cómo conseguir salir de allí, sólo puede lograrlo con su ayuda. Por primera vez las lágrimas cesan, Sara intenta mantener la cabeza fría mientras le hace hablar.

—Aún no me has contado qué hacéis con las chicas después de que tu hermano se canse de ellas.—Sara intenta que su voz no muestre ni una pizca de emotividad, ni una pizca de temor.

Luis levanta la mirada y la mira perplejo. 

—Quería ahorrarte esta parte.—Sara niega con la cabeza y el hielo en sus ojos grises más frío que nunca, Luis toma aire y se pone en pie para caminar hacia la ventana, comienza a hablar mirando hacia el exterior, de espaldas a ella—. Como quieras. Mi hermano suele devolverlas heridas, magulladas, la mayor parte de las veces han perdido el conocimiento, salen medio muertas. La última nos la devolvió ayer después de que os fueseis a la playa, sabíamos en todo momento dónde estabáis por el llavero, lleva un localizador. Pepe se encarga de recoger a las chicas y subirlas a los pisos para atarlas a las camas hasta que Quico pueda venir a por ellas. Ahora mismo tenemos varias en distintas plantas. Con los turistas en temporada alta, es difícil para él poder llevarlas a su cobertizo y salir con su barca a esparcir sus cuerpos descuartizados en el mar. Estamos en el Atlántico, sabe hasta dónde llegar para que los peces coman su cebo, no queda rastro de ellas.

Los ojos de Sara no parpadean, siente cómo las náuseas suben del estómago a la garganta pero hace lo imposible por ahogarlas tragando saliva varias veces. No quiere mostrar debilidad en su presencia.

—Entonces, lo de la puerta de ayer…—Acierta a decir sin ser capaz de terminar la frase.

Luis baja la mirada antes de responder.

—Pepe había aprovechado que estábais fuera para subir a la chica a esta planta, no tenemos más pisos disponibles y no hay más que una cama en cada uno de ellos para poder atarlas. La chica estaba inconsciente, a Beni se le había ido un poco la mano con ella y… Bueno, la cosa es que la dejó en el suelo mientras abría la puerta del piso y entraba a preparar las cadenas y el botiquín para curar sus heridas, ya ves que no somos tan insensibles, ella debía de estar consciente en realidad todo el tiempo y en cuanto se vio libre, acertó a subir como pudo escaleras arriba hasta vuestra puerta buscando ayuda, debió golpear la puerta y al no obtener respuesta, escribió con su propia sangre sobre ella.—Guarda silencio un segundo antes de volver a subir la mirada—. Pepe cometió un error imperdonable, y lo sabe. Se confió demasiado. Tuve que inventarme sobre la marcha la historia del crío.

—Pero, ¿no os dais cuenta de que el rastro llevará hasta vosotros, hasta el apartamento, cuando las chicas no regresen a casa?—pregunta intentando razonar.

Luis niega con la cabeza.

—Pagamos bien a Quico, ahí donde le ves es un hacha con la tecnología, ha creado un avatar para cada una de ellas y ha entrenado un programa de Inteligencia Artificial para que alimente los post de sus redes sociales y responda a los mensajes que reciben en sus teléfonos, alimentándose con conversaciones y post previos para poder utilizar las mismas expresiones que ellas, siempre desde distintas localizaciones a través de distintas IPs que generan varias VPNs—explica en modo automático—. Solemos investigar a nuestras huéspedes antes de aceptar el alquiler, es fácil saber de cualquiera por su rastro en internet estos días, sólo aceptamos a chicas sin cargas ni lazos familiares directos y de carácter liberal que viajen solas o con una amiga. Lola daba el perfil, dimos por sentado que tú serías como ella, como ya ha ocurrido otras veces, pero estábamos claramente equivocados. Nos has enseñado que la próxima vez tendremos que ser más cuidadosos, debemos pedir los datos de todas las inquilinas sean o no las titulares del alquiler para poder investigar. Quico ya está trabajando en tu perfil para hacer creer a tus amigos que te has enamorado de un surfero australiano en Tarifa, y que estás planteándote un cambio de vida, no te imaginas lo reales que son tu avatar y el de este tipo inventado que Quico ha creado con la IA, hoy mismo ha subido la primera foto en tu perfil de instagram, ya tienes muchísimos likes.

Sara ya no puede contener el llanto. Piensa en su familia, sus amigos, sus compañeras de trabajo que estarán mirando una foto inexistente en realidad, pensando en las maravillosas vacaciones que debe estar pasando en Cádiz, cuando la realidad es que está atada a esa cama a la espera de quién sabe qué. Y Lola, no puede dejar de pensar en ella. 

—¿Cómo podéis? ¿Cómo? Lola es como mi hermana, yo también estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por ella, ¿no te das cuenta?…—murmura entre sollozos.

Luis vuelve a la silla con pasos lentos, para volver a tomar asiento junto a la cama.

—Te prometo que no voy a dejarla sufrir, te lo juro. Cuando mi hermano la devuelva estará completamente sedada hasta que Quico…—Luis no puede terminar la frase—. No llores por favor cariño, no llores. Yo te cuidaré. Te juro que te cuidaré y conseguiré que te olvides de todo esto.

Sara mira a su raptor sin poder decir ni una palabra. Él se pone en pie, y da un paso para estar más cerca de ella pero se mantiene a una distancia prudencial.

—No voy a hacerte nada, te lo juro. Ya te he dicho que ni siquiera te he tocado. Desde que anoche perdiste el conocimiento sólo te he traído hasta aquí. Nunca pasará nada entre nosotros que tú no desees, mi amor, sabré esperar.—Su voz intenta mostrar una dulzura incongruente en un monstruo como él—. Voy a conseguir que me quieras, ya lo verás.

Sara, con los ojos llenos de lágrimas, clava su mirada en la de Luis y observa cómo la mira, detecta la locura en sus ojos. Comprende que no va poder llevarlo a su terreno, no hoy, ni mañana, desde luego nunca a tiempo de conseguir liberar a Lola, no a tiempo de salir de allí juntas, de volver a casa con esa loca rebelde y malhablada a la que adora desde que ambas se conocieron en el instituto siendo tan solo unas niñas. No a tiempo de volver a contemplar junto a ella una nueva puesta de sol como la que vieron de la mano ayer, desde esa maldita azotea, como la puesta de sol de La Caleta. Luego mira al techo sin verlo en realidad, su mente se centra en sus padres, en cómo sufrirán cuando no puedan contactar con ella más que por los mensajes contestados por esa maldita Inteligencia Artificial, cuando estén convencidos de que está cruzando el mundo detrás de un desconocido y quieran hacerla recapacitar. Cuánto sufrimiento, cuánto dolor. Sabe que nunca volverá a verlos ni a abrazarlos, sabe que nunca quedará libre, puede que él la mantenga con vida durante un tiempo, pero sabe que llegará otra chica, otra chica que le haga despertar en él eso que llama amor, un amor descarnado, enfermo y podrido, pero amor para él, y decida sustituirla, y entonces todo habrá acabado para ella, todo, todos sus sueños, sus esperanzas, sus proyectos, todo habrá quedado por hacer. Cierra los ojos, no puede contener unos sollozos desesperados que la obligan a volver a abrirlos por el ataque de tos que provoca la mezcla de lágrimas y mucosidad en su garganta. Luis la observa con un atisbo de compasión desde el baño, donde parece haber preparado el barreño con agua y jabón, imagina que para asearla. 

Sara sabe que sólo hay un camino, sólo puede ganar tiempo al tiempo colaborando en esa pesadilla, en esa monstruosa relación, mientras lucha por escapar. Si se vuelve en su contra sólo conseguirá que la mate antes de lo esperado. 

Luis regresa a su lado con una toalla sobre el hombro, la batea y una esponja flotando en su interior, que deja sobre la silla. Él escurre el exceso de agua y toma su pie. Tan pronto como nota el tacto repulsivo de su mano sobre ella, Sara traga saliva, toma aire y dice con dulzura:

—Gracias por cuidarme.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

8 opiniones en “LA CALETA”

  1. Me encanta el estilo. Uno no puede evitar ir devorando las líneas y terminar sumergido en el relato. ¡Grande como siempre!

  2. Madre mía! No podía dejar de leer… impresionante! Pero yo quiero saber que va a pasar con Sara y Lola esto va para novela incluso podría decirse que es la nueva trilogía del estilo Carmen Mola. Es increíble. Ánimo hasta el final.

    1. Muchas gracias Marta, claro que sí tendré que sacar a Sara de esa situación pero la continuación irá para las vacaciones de Navidad, así podemos volver a jugar a los extractos. ¿Te apuntas? 😉

  3. Esta vez, te has superado!
    Te perdono por el suplicio de las entregas. Impresionante, no conozco a una persona que como tú, sepa crear estos giros inesperados….
    Pero, tendrá que seguir, ¿No? Esta historia da para mucho más. Deseo y espero que no nos dejes con la miel en los labios 💋💋💋

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