HUGO

Erika hubiera sido una compañera más de primero de Psicología para Hugo, si no le hubiera sonreído en la cafetería de la Facultad aquella tarde; pero lo hizo, y desde ese preciso instante, él decidió pasar todo el tiempo posible cerca de ella. Quería saber todo de esa chica preciosa y sonriente, de melena rubia y ojos castaños, de cuerpo menudo pero contorneado.

Desde aquella sonrisa, solo necesitó un par de días más para reunir el coraje necesario y dar el paso de acompañarla hasta su casa. A pesar de ser una fría tarde de finales de octubre, no le importó esperar en la acera de enfrente a que ella entrase en su portal. Esperó incluso hasta ver encendida a su llegada la luz del cuarto piso del pequeño bloque de apartamentos para estudiantes en el que la chica vivía.

A la mañana siguiente, sentado en su rincón habitual de la cafetería, delante de su café americano sin azúcar y su croissant, y muy cerca de Erika, pudo escuchar como su amor invitaba a todo el grupo de chupópteros que babeaban continuamente a su alrededor, a la fiesta que daba esa misma noche en su piso. Al parecer, la compañera con la que convivía decidió viajar a su pueblo para aprovechar el puente de Todos los Santos, así que tenía el apartamento para ella sola. Las únicas condiciones para asistir al evento, fueron llevar algo de alcohol e ir disfrazado. Tan pronto como sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases, Hugo apuró de un sorbo lo que quedaba de café, y en un par de zancadas de sus piernas largas y delgadas, consiguió tomar la posición perfecta para poder caminar hacia el aula detrás de Erika y su amiga sin llamar la atención, y menos mal que pudo hacerlo, de otro modo no se habría enterado de que ella pensaba disfrazarse de ángel. En ese momento, una mueca en forma de sonrisa se dibujó en el rostro de Hugo, marcado por un acné agresivo que no terminaba de darse por vencido, mientras colocaba su portátil sobre la mesa en la que tomó asiento una fila más atrás de las chicas. Cerró los ojos un segundo para inspirar profundamente el perfume suave de su amada, que llegaba tenue hasta su nariz, para abrir después el buscador y comenzar a idear su disfraz, tenía que ser rápido si quería tenerlo listo en tan solo unas horas.

Tan pronto como oscureció, grupos de veinteañeros disfrazados, con bolsas de bebida y hielo en sus manos, comenzaron a entrar en el portal de Erika. La música y las risas llegaban hasta la acera de enfrente desde la ventana del cuarto piso. Hugo esperaba allí el momento adecuado para hacer su aparición, pertrechado bajo la marquesina del autobús, mataba el tiempo mientras observaba corretear a los críos por la calle de puerta en puerta, en busca de sus últimos dulces. Se tomó el tiempo suficiente para que hubieran tomado unas cuantas copas antes de subir, quería ser invisible para todos, para todos menos para Erika. Sabía que esa iba a ser la noche perfecta para demostrar lo profundo de sus sentimientos hacia ella.

Cuando decidió dar el paso, encontró la puerta entornada. A esas alturas ya nadie se molestaba en cerrar, todos eran bienvenidos. Pocos fueron los que se fijaron en él, y los que lo hicieron le dedicaron un gesto de aprobación y sorpresa por su indumentaria, hasta creyó reconocer el nombre del personaje que él había elegido para la velada en boca de uno de los invitados, balbuceado entre vapores alcohólicos.

Plantado allí, en mitad del pasillo, Hugo la vio enseguida, brillaba entre tanta mediocridad, con sus alas de purpurina plateada, su corona de pequeñas plumas blancas, vestido minúsculo del mismo color y zapatillas Converse de plataforma. Estaba claro que se había vestido para él, estaba claro que ella también sabía que esa iba a ser su noche. Hugo dio dos pasos en su dirección, y al pasar por el panel de espejos que decoraban por entero la pared, dedicó unos segundos a observar con satisfacción su propio reflejo de pies a cabeza. Calzado en forma de garra, traje enterizo negro, una cola también negra de dragón, que se enroscaba sobre su pierna izquierda. Un notorio falo erecto, conseguido en un sex-shop de su barrio y pintado a espray del mismo color que el resto de su indumentaria, sobre la misma zona donde el real comenzaba a despertar, dos alas negras a su espalda y su cara cubierta por completo por la careta que él mismo estuvo creando con dedicación toda la tarde, rígida, de sonrisa sádica, con boca entreabierta por la que se podían intuir sus propios labios, y pequeños cuernos de gárgola. Esa ya no era la imagen de Hugo, era la imagen del mismo Satán. 

Cuando se disponía a retomar su camino hacia su amada, una mano se posó sobre su hombro. Se sorprendió gratamente al ver a su dueña. No esperaba que el ángel fuera directo a por el demonio, no esperaba que Erika viniera a él. Protegido por el volumen estridente de la música, Hugo simuló no escuchar nada cuando ella se presentó, obligando al ángel a revolotear bailando a su alrededor, coqueta y divertida, mientras el demonio luchaba contra sí mismo con todas sus fuerzas por no atraparlo con violencia, aún no.

Con el paso de las horas y el correr del alcohol, las parejas fueron buscando rincones oscuros para fundir bocas y cuerpos. Vampiros con enfermeras, momias con payasos, soldados con zombis, todos buscando algo de privacidad. Nadie reparó en el ángel, tendido en la cama de la última habitación, con un demonio negro a horcajadas sobre él. Nadie reparó en las manos de él alrededor de su cuello, ni en las de ella, lacias, tendidas a cada lado de su cuerpo sobre el colchón. Hugo, con la respiración agitada y el pulso palpitando en cada centímetro de su cuerpo, dedicó una última mirada al cuerpo bello e inerte de Erika. Con su mano enguantada, acarició su pelo casi platino, su mejilla aún sonrosada, para dibujar después el contorno de sus labios carnosos que ya por fin no sonreían.

Minutos después, cuando Hugo ya cruzaba la acera de la calle a paso tranquilo, unos gritos femeninos aterradores rasgaron la tranquilidad de la noche cerrada. Los pocos transeúntes que encontró a su paso corrieron en dirección contraria hacia el portal del edificio, con la mirada puesta en el cuarto piso, mientras otros pedían ayuda. Pero Hugo no escuchaba nada, nada salvo la cadencia de sus propios pasos sobre la acera al caminar.

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “HUGO”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *