LA ESCAPADA

Aquella tarde estaba realmente nerviosa, tenía el extraño presentimiento de que algo importante iba a ocurrir. Sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la espesura del bosque de la zona de la Valduerna, no podía dejar de pensar que en tan sólo unas horas nos reuniríamos con la tía de mi novio y su marido para pasar el fin de semana juntos. 

Estaba nerviosa y expectante a la vez, Carmela, su tía paterna, era una mujer muy especial, de mirada azul grisácea hipnótica y de una belleza misteriosa que seguía llamando la atención a sus casi sesenta años. Lo que más me apasionaba de aquella mujer, además de su estilo desenfadado y juvenil, y su pelo corto casi blanco, siempre fue su energía cálida y pacificadora. Sergio ya me lo advirtió camino de la casa de sus padres, antes de presentarme a toda la familia en aquel almuerzo por su cumpleaños, tan sólo un par de meses después de empezar a salir juntos. Los ojos plateados de aquella mujer me impactaron de un modo desconocido. Tan pronto como la tuve frente a mí, una sensación de calidez, de hogar, me recorrió de pies a cabeza, de un modo aún más acusado cuando la escuché decir mi nombre y tomó mi mano para llevarme al salón, donde todos esperaban. Durante aquel almuerzo no dejamos de hablar ni un segundo, su sonrisa me calmaba, la sentí ya familia a pesar de habernos conocido tan solo momentos antes. Cuando llegó el momento de despedirnos, me rodeó con sus brazos para darme un abrazo sentido, de esos que salen del corazón; en ese momento tuve la sensación de haberla conocido siempre, despertando en mí la necesidad de seguir aún más tiempo a su lado, sin saber por qué. Luego, después de besar mi mejilla en un gesto maternal, soltó aquellas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón para siempre: «¡Cuánto me alegro de habernos encontrado, niña!».

—Llevas muy callada todo el camino, Laura—afirmó Sergio con su tono meloso y las manos al volante—.¿En qué piensas?

—Te vas a reir, pero llevo con tu tía metida en mi cabeza desde que entramos en el coche—confesé sin poder evitar sentirme algo avergonzada.

Sergio giró un poco más su cabeza hacia mí por un segundo y sonrió abiertamente antes de volver a hablar:

—¿Te preocupa el finde? Sabes que mi tía te adora, se enamoró de tí desde aquel cumpleaños.—Intentó calmarme con sus palabras y acompañó el gesto con su mano suave y cálida sobre mi rodilla.

Yo la tomé entre las mías y negué con la cabeza antes de responder.

—Para nada, no es eso… Es que, nunca me había pasado algo así, tener una conexión tan bonita desde el minuto uno con una persona…—Necesitaba explicarle, pero me daba miedo que se riera de mí—. No he tenido este tipo de conexión ni con mis propias tías, ¿tú lo entiendes?

Sergio liberó su mano para volver a ponerla sobre el volante y asintió en silencio.

—¿Qué?… Joder, no te quedes callado, dime…—supliqué entre risas.

—Pues que ya te lo advertí, mi tía Carmela es especial, ya sabes que es mi tía favorita…—Comenzó a hablar con esa sonrisa tierna que siempre me enamoró de él—. Cuando mi tía conoce a alguien es capaz de despertar dos sensaciones muy opuestas, quien está frente a ella o se siente atrapado sin remedio por su calidez y su personalidad fascinante, o evita el contacto visual, y procura no volver a encontrarse con ella, simplemente la evita, al menos en una temporada, es como si pudiera ver a través de las personas, llegar hasta su alma con sólo clavar sus ojos en los suyos.

—¡Justo! No sabía si me entenderías pero es justo eso… Eso es lo que sentí en el momento que la tuve delante…—Exclamé aliviada al comprobar que mi novio sabía a lo que me refería—. Pero es que además al poco tiempo me sentí como si siempre hubiera estado en mi vida, no sé…

Sergio redujo la velocidad para tomar la salida que desembocaba directamente en la pista de gravilla que llevaba hasta el hotel donde habíamos quedado, un caserón de caza convertido en uno de esos hoteles rurales de lujo en mitad de la montaña, que ya a lo lejos invitaba a entrar, y buscar el calor de una de sus múltiples chimeneas, cuyos cuellos saludaban erguidos sobre el enorme tejado vestido con escamas de pizarra colocadas en una simetría perfecta, dotando a aquella casa de granito y contraventanas de madera de una personalidad exquisita. Justo en la entrada donde estacionamos, un espectacular brasero de jardín de gran tamaño nos recibió con un fuego alto y generoso, seguramente de madera de haya por la fragancia que despedía, envolviendo todo a su alrededor. Imaginé que además de su función decorativa, debía de estar allí para ayudar a mantener el calor a los dos chicos que esperaban la llegada de los huéspedes, uno para recepcionar los vehículos y el otro las maletas, como en los hoteles de las películas.

—Mi tía nunca dejará de sorprenderme—susurró Sergio con un guiño y tomó mi mano, mientras cruzábamos las enormes puertas de madera con tachuelas de hierro forjado en su superficie.

Yo quise devolverle el gesto pero tan pronto como puse un pie en el hall, me quedé impactada, casi inmóvil, observando todo a mi alrededor despacio, el suelo de enormes baldosas de barro cocido, el mostrador de madera y piedra tras el que esperaba sonriente el equipo de recepción, la enorme chimenea casi digna de un palacio en el lateral, con sofás chester colocados estratégicamente alrededor de su calor, y la escalera, la enorme escalera de piedra que giraba majestuosa flanqueada por una elegante barandilla también de piedra, hasta el piso superior.

—Lau ¿Qué pasa? ¿No te gusta el sitio?—preguntó Sergio extrañado.

—Eh? No, no, para nada… El sitio es espectacular, es sólo que he tenido un deja vu, ya sabes, como si hubiera vivido esto antes—contesté con sinceridad.

—La verdad es que no me imaginaba que fuera a ser un lugar como este, mi tía me dijo que estuvo aquí con unas amigas el año pasado y desde que te conoció en mi cumpleaños, ya empezó a insistir con que teníamos que venir juntos…

—Mira Juan, los chicos ya han llegado.—La voz elegante y suave de Carmela llegó hasta nosotros desde el lateral del mostrador de recepción—. ¿Qué tal el viaje cariño?

Carmela, preciosa con unos leggins grises de invierno, jersey de lana beige con cenefa nórdica alrededor del cuello, en tonos grises y negros, y botas de montaña, recibió con un besó a su sobrino y una mirada de una ternura infinita, para después repetir el gesto conmigo, tomando mi rostro entre sus manos, manteniendo con intensidad su mirada casi gris en la mía por un par de segundos. Mientras Sergio se adelantó con su tío al mostrador para hacer nuestro check in, su tía me llevó del brazo al salón, a uno de los chester junto a la chimenea, gesto que agradecí, fuera debíamos estar a menos muchos grados, y a pesar del poco tiempo que tuvimos que esperar hasta que recogieron nuestro equipaje, necesitaba entrar en calor.

—Ay Laura cariño, no sabes lo ilusionada que estoy con este fin de semana ¿qué te parece el sitio?—preguntó al tiempo que llamaba al camarero con un ligero movimiento de cabeza.

—Pues debo reconocer que me ha impactado, de hecho le comentaba a tu sobrino que había tenido una especie de deja vu al entrar…

—Qué curioso…—apuntó con la mirada fija en las llamas vivas de la chimenea—. ¿Sabes que hay quien cree que los deja vu en realidad son recuerdos de nuestra alma, de vidas anteriores?

Yo no pude evitar sonreír con disimulo, sabía que Carmela era una mujer muy espiritual, de hecho Sergio estuvo siempre convencido de que nosotros dos acabamos siendo pareja, porque su tía le hizo fijarse en mí en aquella función de teatro, en la Fiesta de la Primavera de la Universidad, donde los dos colaboramos y donde en realidad empezó nuestra historia; para ser sinceros, nos conocimos a comienzo de curso, pero la primera vez que Sergio se dirigió a mí directamente fue en la fiesta que se celebró después de la actuación. El recuerdo de aquella primera noche con mi novio se esfumó con el saludo del camarero, quien tomó nota de los cuatro vinos especiados que solicitamos, dos para nosotras y dos para los chicos que ya regresaban a nuestro lado.

—Amor, recuerda pasar a dejar tu documento de identidad cuando tengas un momento, lo necesitan para cerrar la ficha—dijo Sergio después de sentarse a mi lado en el sofá.

El camarero volvió enseguida, perfectamente uniformado con camisa, pantalón y mandil negros, para dejar sobre la mesa de café frente a nosotros las bellísimas tazas de cristal fino con cámara de aire, perfectas para el vino caliente, junto con un delicado plato de porcelana con unas galletas de jengibre y unos frutos secos. El aroma de la canela, el clavo y el anís estrellado inundó nuestras fosas nasales de tal modo, que en el siguiente par de segundos, todos acabamos por entornar ligeramente los ojos para disfrutar mejor su olor. Yo decidí levantarme del sofá y aprovechar el momento para llevar mi carnet de identidad a recepción y poder olvidarnos después. Pero antes, además de tomar mi bolso, decidí recoger una de las tazas de la mesa, me disculpé con un ligero beso en la mejilla de mi novio y llevé a mi boca una de las finas galletas con forma de flor, que envolvió mi boca de inmediato con el sabor de la cada vez más cercana Navidad.

Cuando me acercaba al mostrador, una niña de cara pecosa y pelo negro rizado llamó mi atención, sentada en la escalinata, sobre todo por su vestido, que me recordó de inmediato aquella serie de señoritas de colegio interno de los años veinte, era de tela azul marino, corte recto hasta la cadera, tablillas en el bajo hasta media pantorrilla, manga larga, cuello blanco con un ribete azul con amplias solapas redondeadas y unas merceditas con tacón de carrete en sus pies. No debía tener más de trece años. Algo en la mirada de la niña cambió de inmediato al verme, se puso en pie despacio, con sus ojos oscuros abiertos de par en par y el ceño fruncido, como si me tuviera miedo. Cuando iba a decir hola, la joven recepcionista captó mi atención.

—Buenas noches, usted debe ser la Srta. Díaz ¿verdad?—preguntó con una sonrisa cordial y la mano tendida boca abajo entre ambas, en un gesto sutil, a la espera de mi documento.

—Sí claro—respondí al gesto, buscando mi cartera en el bolso.

Siempre he jurado que desvié la mirada de la escalera solo un instante, pero cuando volví a dirigirla hacia ella, no había rastro de la niña. Cuando regresé con el grupo, pude sentir los ojos de Carmela clavados en mí.

—¿Todo bien, hija?—La escuché preguntar mientras volvía a tomar asiento junto a Sergio.

—Sí todo genial, nada… Es que he visto a una cría un poco rara, de unos trece años, ahí en la escalinata.—Comencé a explicar señalando con el pulgar sobre mi hombro—. Es que la muy descarada me ha echado una mirada, que…

Pude ver cómo los ojos de Carmela cambiaron su expresión enseguida. Juan, su marido, alzó la mirada al techo y negó con la cabeza, antes de hablar.

—No hombre, no… Laura, no le cuentes esas cosas, que esta mujer mía termina teniendonos a todos esta noche en pie, de peregrinación por el hotel a golpe de péndulo, buscando a la niña fantasma—soltó con retranca y un amago de risa, que quedó congelada en sus labios cuando Carmela giró su rostro serio hacia él.

—No necesito buscar nada con el péndulo amor… —dijo cortante, para sonreír después con cierto poso de tristeza antes de preguntar—:¿Os parece si vamos a cambiarnos y cenamos esta noche aquí, en el restaurante del hotel?

—Claro tía, por nosotros genial, ¿verdad cariño?—Afirmó Sergio esperando mi aprobación.

Yo asentí con la cabeza con una extraña sensación, como si la energía de la estancia hubiera cambiado por completo, para volverse tensa. La verdad es que agradecí estar a solas con mi chico, al menos por unas horas. 

Nuestras habitaciones estaban en la misma planta que la recepción, así que no tuvimos que pasar por la escalinata, algo que también agradecí, nunca había creído en esas cosas, pero estaba ansiosa por encontrar una explicación para lo que acababa de pasar allí, porque para mí esa cría había sido muy real. Carmela y Juan saludaron con la cabeza antes de entrar en su habitación, contigua a la nuestra, la ciento doce, para cerrar la puerta tras ellos después. Cuando Sergio iba pasar la tarjeta por el lector de la nuestra, su móvil sonó en el bolsillo, así que me la entregó con un gesto y susurró un «abre tú amor, perdona, es mi madre». Antes de que mi mano fuera capaz de acercar lo suficiente la tarjeta al lector, escuché el click de apertura y la puerta se entreabrió sin que nadie la tocara. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y pude sentir cómo los vellos de mi nuca se erizaron. Me quedé ahí en la puerta, inmóvil, con la mirada perdida en el pomo que nunca llegué a tocar, mientras Sergio pasaba a mi lado con el móvil en la oreja, hablando con su madre con total naturalidad, para dejarse caer en la cama y continuar así la charla.

—Me temo que esto ha empezado antes de lo esperado…—La voz de Carmela sonó a mi espalda haciéndome reaccionar con un aspaviento.

—Qué… ¿Qué quieres decir con eso?—Pregunté en un hilo de voz, aún asustada.

—Por favor hija, dile a mi sobrino que os espero en mi habitación, hay algo que debo contaros—rogó con un poso de melancolía en la mirada, que ensombreció por completo su rostro, siempre lleno de luz.

Tenía que hacer que Sergio colgase la llamada, así que bastó con que me plantase a su lado con los brazos en jarras y una mirada de reproche, para escucharle tan solo unos segundos después disculparse y colgar.

—¡¿Qué?!—protestó molesto.

—Sergio, tu tía quiere vernos en su habitación—comencé a explicar a media voz—, no sé qué pasa cariño, pero estoy asustada.

Sergio no dijo nada, sólo me miró extrañado, tomó mi mano, la tarjeta de la habitación y salimos a su encuentro.

Cuando entramos en la habitación contigua, Juan estaba sentado en uno de los butacones de la mesa auxiliar y Carmela estaba en pie, mirando por la ventana hacia la oscuridad del bosque. 

—Por favor Sergio, cariño, cierra la puerta y sentaos—dijo sin volverse hacia nosotros.

Después de empujar la puerta, Sergio y yo nos sentamos a los pies de la enorme cama, sin soltarnos de la mano.

—Tía qué pasa, ¿estás bien?—preguntó serio, con verdadera preocupación en el tono de su voz.

Carmela por fin se giró hacia nosotros, puso su mano con delicadeza sobre el hombro de su marido que continuaba sentado, y caminó hasta nuestra altura.

 —Veréis, quiero contaros el motivo por el cual estamos hoy aquí—comenzó a explicar mientras tomaba asiento en la silla de tocador junto a nosotros—. Juan ya sabe por qué, ¿verdad amor?…

Su marido, con el rostro serio, casi demudado, asintió con la cabeza. Nosotros escuchábamos atentos, mientras yo sentía cómo mi estómago comenzaba a encogerse, casi no podía respirar.

—El año pasado estuve aquí con unas amigas, todas sensitivas como yo. Bueno, luego supe que la elección de este hotel por parte de ellas no fue casual, enseguida entenderéis por qué—adelantó con una voz calmada a pesar de dar muestras de estar conteniendo cierta emoción—. Tan pronto como puse un pie en el edificio, me invadió una sensación muy potente, una sensación de pertenencia que nunca había sentido antes. Al acercarme al mostrador de recepción, ví a una niña morena y preciosa, con un vestido azul marino, sentada en el suelo junto a la chimenea de la sala. No pude apartar los ojos de ella, hasta que su rostro pálido de muñeca se giró hacia mí…

Carmela paró por un segundo y tomó aire, como si recordar aquel encuentro fuera difícil para ella, yo la escuchaba atenta conteniendo la respiración, no podía creer que ella también hubiera visto a esa niña.

—La manera en que la pequeña me miró, la manera en que sus ojos se clavaron en los míos con esa expresión de terror, me congeló el alma—continuó con la cabeza baja—. La niña se puso en pie a trompicones como si temiera que yo fuera ir tras ella, y comenzó a correr hacia el pasillo de estas habitaciones, hasta desvanecerse. 

No pude evitar llevar mis manos a la boca para contener una exclamación que luchaba por salir de ella. Aquella niña, la misma que acababa de ver yo misma hacía unos minutos, no era real, pero si no era real, ¿por qué podía interactuar con ella? Carmela vió que estaba a punto de interrumpirla con mis preguntas, y con un gesto de su mano me pidió que la dejase continuar, y yo obedecí, pero busqué con mis manos la de Sergio, quien observaba todo aquello en silencio, casi sin pestañear.

—Una de mis amigas se acercó entonces para decirme que esa niña era el motivo por el que me habían traído aquí, que esa niña se llamaba Aurora, y que estaba conectada conmigo, con mi alma, en una vida pasada. Sin dejar que terminase de digerir sus palabras, me propuso someterme a una hipnosis regresiva esa misma noche para ayudarme a verlo todo, para ayudarme a comprender—Carmela inclinó su cuerpo hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas, para tomar mis manos con las suyas y mirarme a los ojos con calidez—. Laura, esa misma noche, durante aquella hipnosis te ví por primera vez, te ví en tu anterior vida junto a mí, las dos éramos huérfanas y vivíamos aquí en este caserón, este edificio fué un orfanato en los años veinte. 

Yo no entendía nada, pero no podía dejar de escuchar a Carmela, de mirar a sus ojos grisáceos, algo en mi interior me pedía que la escuchase.

—Laura, en aquella vida tú te llamabas Elena y yo María, estábamos tremendamente unidas, éramos casi hermanas, podía sentirlo perfectamente en mi corazón mientras estaba tumbada en esta misma habitación, sumergida por completo en el estado hipnótico. Aurora compartía el cuarto con nosotras, era una niña odiosa que andaba siempre gastando bromas crueles y retorcidas con su séquito de abusonas, nos ví abrazadas y llorando, llenas de moretones, en medio del círculo de sus caras que reían sin parar. La siguiente visión me llevó a una noche en la que todas dormían en nuestro cuarto común, la religiosa de guardia acababa de hacer la primera ronda. Ví cómo nos armamos de valor y fuimos juntas hasta el camastro de Aurora con una almohada entre las manos, nos colocamos una a cada lado de la cama, tomamos la almohada entre ambas y la colocamos sobre su rostro, apretando con todas nuestras ganas hasta que dejó de respirar. Sentí el terror corriendo por mis venas cuando fuimos conscientes de lo que habíamos hecho, sentí el terror a enfrentarnos a las consecuencias mientras caminábamos cogidas de la mano escaleras arriba, camino de la buhardilla y…—Carmela guardó silencio un segundo, sus ojos estaban bañados en lágrimas que no paraban de brotar, como los míos—. Laura, las niñas que fuimos en aquella vida saltaron al vacío, murieron aquí. 

El silencio inundó la habitación, sólo interrumpido por nuestros sollozos ya incontenibles. Aquello era difícil de creer, pero aún así algo en mi interior me decía que era cierto. Sergio se puso en pie, más que confundido parecía furioso.

—Vamos tía, ¿qué estás diciendo? Y Laura… ¿Cómo es que Laura está aquí, conmigo?—preguntó casi en un grito—. ¿Cómo quieres que yo…?

Carmela levantó su rostro hacia su sobrino, yo no fuí capaz de moverme, estaba paralizada, casi no podía respirar, la boca de mi estómago se cerró de golpe, provocando unas náuseas que luché por contener. Ella soltó mis manos y se acercó a Sergio, para tomar las suyas.

—Cariño, fue mi amiga quien me dijo que Laura llegaría mi vida a través de ti, bueno ella me habló del alma de Elena… Me dijo que sabría identificarla tan pronto como la tuviera delante y así fue. Ese día, en aquella obra de teatro, cuando mis ojos se posaron en ella, lo supe. Y todo se confirmó cuando la trajiste a casa, en tu cumpleaños.

Carmela volvió a sentarse, esta vez junto a mí, rodeo mis hombros con su brazo y dió un golpecito al colchón, invitando a Sergio a sentarse a su lado. Juan, su marido, no emitió ni una palabra, se mantuvo sentado en su butacón como un testigo silencioso de todo aquello, pero sin poder evitar las lágrimas que brillaban en sus ojos. Yo no podía dejar de temblar.

—Laura cariño, tenemos que hacer algo, y debemos hacerlo juntas—dijo con calma, para asegurarse de que yo escuchaba sus palabras—. Mi amiga dijo que Aurora no podría descansar en paz hasta que las almas de Elena y María, la parte de esas almas que viven en las nuestras, se muestren ante ella y puedan pedirle perdón. Por eso estamos aquí, por eso Aurora nos teme, pero debemos atraerla para poder hablar con ella y dejarla ir. Y debemos hacerlo esta noche, la luna llena abre un portal perfecto para este tipo de rituales.

Sentí cómo cada uno de mis músculos se tensaban y el terror hacía temblar todo mi cuerpo.

—Pero yo nunca…—Balbuceé apenas sin voz.

Carmela tomó mi barbilla con su mano libre, obligándome a mirarla.

—Tranquila cariño, yo voy a estar a tu lado, nada malo nos va a pasar, pero es algo que debemos hacer, se lo debemos a ella.

Esas palabras, esa última frase, se clavó en mi corazón, supe de inmediato que era cierto, que aquello era lo justo.  Así que después de escuchar los pasos que debíamos dar con detenimiento, acordamos reunirnos a las tres de la madrugada en la habitación que compartía con Sergio, las habitaciones de todo ese ala cubrían la superficie de lo que fue la habitación común del orfanato, pero al parecer, justo en la nuestra estuvo, hace casi un siglo atrás, el camastro de Aurora.

Anulamos la reserva en el restaurante del hotel, ninguno de nosotros tuvo apetito aquella noche. Yo intentaba contener mis nervios como podía, pero me resultaba terriblemente difícil, me sentía confusa, por una parte me sentía ridícula formando parte de algo así, pero otra parte de mí, la más profunda, me rogaba que siguiera con lo planeado. 

Cuando dieron las tres, Sergio me besó con ternura en los labios y salió de la habitación, siguiendo las indicaciones de su tía, para reunirse con Juan en la contigua. Carmela y yo descolgamos el espejo que adornaba la estancia, para ponerlo en el suelo, orientado de tal manera que los rayos de la luna llena incidían sobre él, devolviendo su reflejo, y colocamos después el de su propia habitación, que había traído ella misma, de modo que pudiéramos ver nuestro reflejo. Luego, sacó un pequeño saco de sal gruesa que abrió para dibjar con ella un círculo alrededor de ambos espejos, y otro alrededor de la posición donde ambas íbamos a sentarnos, delante de ellos, dos círculos separados, para que nuestras energías, las de Laura y Carmela, estuvieran protegidas.

Luego, Carmela apagó las luces de la estancia y descorrió las cortinas de la amplia ventana para que los rayos de la luna incidieran, ahora sí, con toda su fuerza sobre la superficie de los espejos, primero en el que estaba en el suelo, para rebotar sobre el que estaba frente a nosotras, a noventa grados de él, y volver hacia nuestra posición, justo sobre nuestras cabezas, ya que habíamos tomado asiento en el suelo, dentro de nuestro círculo, una frente a la otra, en paralelo al espejo vertical, de modo que ninguna de las dos tuviera que verlo directamente.

—¿Estás preparada, cariño?—preguntó tomando mis manos para permanecer unidas, su tacto consiguió que dejaran de temblar de inmediato.

Yo asentí con la cabeza y un nudo en la garganta que no me dejaba hablar.

—Vamos, Laura, ahora necesito que cierres los ojos y que no los abras hasta que yo te lo diga—apuntó en un susurro y obedecí, concentrada en escuchar las palabras que vinieron a continuación—. Aurora, ¿estás aquí? Aurora, por favor, déjanos hablar contigo, estamos aquí por ti. Por favor si nos oyes, haz una señal.

Inmediatamente escuchamos el click de apertura de la puerta de la habitación, yo permanecía con los ojos cerrados, muy apretados, tanto que me dolían, me quedé petrificada al sentir la claridad de la luz del pasillo bañar momentáneamente la habitación, porque la puerta no tardó en cerrarse con un portazo unos segundos después, volviendo a la oscuridad.

—Creo que ya está aquí—susurró Carmela—. Por favor Aurora, ven a nosotras, muéstrate.

Unos pasos delicados sonaron sobre las losas de barro, cada vez más cerca, yo no podía parar de temblar, luego desaparecieron de repente cuando me pareció sentirlos casi a nuestro lado. Un frío totalmente nuevo para mí nos envolvió, era un frío distinto que parecía nacer de nuestro interior.

—Ahora cariño, abre los ojos, pero no mires directamente a los espejos, sólo de reojo, por favor, y tranquila yo estoy aquí contigo.—Me tranquilizó.

Mis ojos se abrieron poco a poco, me escocían por el esfuerzo de mantenerlos tan apretados, y por la sal de las lágrimas que luchaban por salir de ellos desde que tomamos asiento. Pude notar con total claridad el peso de una presencia en la habitación, justo en la zona de los espejos. Carmela lo sabía, ella también lo sentía, asintió con la cabeza invitándome a echar una primera mirada de soslayo. 

Allí en pie sobre el espejo, levitando sobre él al menos un par de centímetros, estaba Aurora, la niña de pelo oscuro que había visto en la escalera, pero el reflejo que mostraba el espejo frontal no era el nuestro, yo era una cría de la misma edad, rubia, de piel muy blanca, con idéntico uniforme y los cabellos recogidos en una coleta baja con un lazo de raso del mismo azul que mi vestido, y donde debía estar Carmela, había una cría de melena castaña muy cortita, a la altura de los lóbulos de las orejas, morena de piel, y con unos ojos oscuros enormes enmarcados por un flequillo recto sobre sus cejas. Carmela dió un pequeño tirón de mis manos obligándome a mirarla, pero pude intuir por el rabillo de mi ojo que nuestros reflejos no obedecían ya a nuestros movimientos, me pareció que ellos se ponían en pie.

—Ahora deja que sean ellas las que hablen, sólo escucha—me advirtió Carmela.

Yo no alcanzaba a entender lo que quería decir con aquello, hasta que llegó hasta nosotras un susurro.

—¿Qué hacéis aquí? Marchaos, no se os ocurra tocarme—parecía temblorosa y ruda a la vez, pero no podía ocultar el miedo en su tono.

—Espera Aurora, déjanos hablar, por favor… Venimos a pedirte perdón por lo que hicimos, he conseguido encontrar a Elena, por favor…—Por sus palabras, deduje que era el reflejo de Carmela, María, quien hablaba, su voz era tierna y suave pero también a penas un susurro—. Elena díselo tú.

Entonces la escuché, una voz tímida, temblorosa, que de un modo extraño no sentí ajena, como si la hubiera escuchado alguna vez en mi cabeza, aquella era la voz de la Elena que vivía en mí.

—Aurora… Lo siento, lo sentimos… Nosotras siempre quisimos ser tus amigas pero tú… Tú solo respondías con aquellas palizas cada vez que tratábamos de acercarnos a vosotras, en realidad nosotras… Nosotras siempre te admiramos—susurró.

—¿Vosotras? ¿Admirarme?… ¿A mí?—la voz de Aurora sonó confundida.

—Mucho—contestó la de Elena.

—Aurora, no pudimos soportarlo más, no encontramos otra salida… por favor perdónanos—rogó María.

Unos sollozos cargados de pena comenzaron a sonar, no supe de quién provenían hasta que Aurora habló sin poder contener la congoja.

—Era yo quien os admiraba, siempre quise ser como vosotras, bellas e inteligentes, y tan dulces, mientras vosotras estuvierais allí, ninguna familia podría fijarse nunca en mi persona… Os odiaba por eso, por recordarme cada día mi vulgaridad, por eso yo…

Se hizo el silencio, no pude evitar echar otra ligera mirada por un segundo, antes de que Carmela reprobase mi actitud con otro tirón de manos. Al menos alcancé a ver a las tres niñas cerca, muy cerca.

—Yo también debo pediros perdón, si yo os hubiera tratado de otro modo…

Una luz hermosa bañó la habitación, bailando como un rayo con vida propia, primero a nuestro alrededor, para desplazarse hasta el lugar de los espejos después, girando sobre sí misma, Carmela no me permitió girar la cabeza y con un gesto me pidió que cerrase los ojos, yo la obedecí. La intensidad de aquella claridad subió de un modo exponencial, como si estuviéramos bajo el mismo sol, pero tan solo unos segundos después desapareció, y con ella el frío que nos había estado acompañando hasta entonces.

Carmela suspiró y soltó mis manos.

—Ya puedes abrir los ojos cariño, se han ido… Ya descansan en paz.

Ambas nos abrazamos así, sentadas en el suelo, yo no podía parar de llorar,  supe que Carmela tampoco al notar cómo sus lágrimas mojaban mi cuello. Una paz infinita me invadió de pies a cabeza, así como un amor profundo por aquella mujer, a la que estaba abraza, a la que quise como a una madre desde entonces, ese amor llenó mi corazón por completo. Entonces, Carmela comenzó a reír, con esa risa suya tan contagiosa.

—¿De qué te ríes ahora?—Pregunté confundida, secando las lágrimas con mis manos.

—De que ahora queda lo mejor…

—¿El qué?—contesté con una sonrisa.

—Contarle todo esto a mi Juan…

Las dos rompimos en una carcajada que volvió a llenar nuestros ojos de lágrimas, pero lágrimas distintas, lágrimas curativas que sellaron entre nosotras una relación de amor y amistad eternas. 

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

12 opiniones en “LA ESCAPADA”

  1. Este relato es el culmen de tu trayectoria al menos hasta ahora, porque se perfectamente que aún tendrás mucho más que regalarnos en estos relatos que semanalmente recibimos. Tras el de hoy, el cual me dejado sin palabras, creo querida #LuciaArjona que has dejado el listón muy alto. Magnífico, espectacular… Gracias, gracias, gracias 🫂🙏

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