UNA VEZ MÁS

Marga sale de la cafetería con lágrimas en los ojos y el corazón tan encogido en su pecho que teme que se olvide de dar algún latido. A pesar de ello, Marga camina erguida, con paso firme, aparentando una seguridad que ahora mismo no tiene, pero no quiere que él vea caer ni una de sus lágrimas, no quiere darle esa satisfacción. Siente cómo su estómago se revuelve al recordar esa sonrisa socarrona, de engreído orgulloso, cuando ha soltado esa última frase que reaparece ahora en su mente palabra por palabra, como en la pantalla de un telepronter: «…lo siento Marga, pero ya sabías que lo nuestro era esto, así, sin más. No es culpa mía que te hayas montado una película con un “nosotros”…». En cuanto esas palabras han salido de su boca, Marga ha tenido que mordisquear el interior de sus carrillos para no estallar, ha respirado hondo, se ha levantado muy despacio y le ha soltado con una frialdad fingida un: «mira, yo me voy a ir…».  Y ahora ahí está, camino de su casa, sintiéndose una estúpida, hecha pedazos una vez más por volver a enamorarse del amor, de ese cóctel de dopamina, endorfinas y oxitocina, que le hace tocar el cielo con la punta de los dedos cada vez que se deja llevar, lamentablemente esta vez, una vez más, con la persona equivocada.

El móvil vibra enfundado en el bolsillo de su cazadora biker de cuero negro, durante un segundo las mariposas de su estómago dan muestras de intentar revivir, con un ligero aleteo, cuando piensa que puede ser él, arrepentido de perderla al verla salir así, pero vuelven a desparecer en cuanto ve el nombre de Javier en pantalla, de su mejor amigo.

—Hola…—responde casi en un susurro por el nudo que le cierra la garganta a punto de provocar el llanto que ha estado controlando con todas sus fuerzas hasta entonces.

—Hola peque, ¿cómo ha ido?

La voz de Javier consigue apaciguar su ánimo, como siempre lo ha hecho, como siempre desde que se conocieron en la universidad para hacerse inseparables. 

—Jodidamente mal, como ya esperaba… —contesta Marga, al tiempo que pasa la palma de su mano por la punta de su nariz para contener el goteo de las lágrimas que han conseguido escapar a su control.

—Ya…¿Vas para casa?—pregunta Javier con su voz cálida.

Marga separa el móvil de su oído para ver la hora en la pantalla, nunca lleva reloj, y lo vuelve a apoyar en él para responder:

—Sí, a estas horas y con este frío, la verdad es que no me apetece andar por la calle…

—Estupendo, pues no tardes mucho que te estoy esperando en la puerta y estoy jodido de frío—interrumpe con descaro y una ligera risa—, además el kit de supervivencia para corazones rotos pesa un huevo…

Marga se sorprende con su propia risa.

—¿Pero qué dices, loco? ¿Estás en mi casa?—dice encantada ante la idea de verle justo hoy, precisamente hoy.

—Pues claro, melón…

Marga, se alegra más que nunca de haber quedado con el indeseable en la cafetería de su barrio, en su fuero interno ella sabía que su historia no daba para más, y quiso asegurarse de tener la posibilidad de volver cuanto antes al refugio de su sofá y su manta después de que todo estallara. Tan pronto como gira la esquina, ve la figura de Javier en el portal de su casa, a pesar de su estatura, parece más pequeño así medio encogido, resguardado del aire congelado del mes de enero en Madrid bajo el umbral, con un gorro de pescador de lana negra, la bufanda gris que ella misma le tejió como regalo de Reyes, y le entregó hace tan solo unos días, enrollada alrededor de su cuello, su tres cuartos de paño negro forrado de borreguito y una mano casi amoratada por el frío sujetando el móvil pegado a su oreja, mientras la otra aguanta las asas de una bolsa de esas de tela de supermercado que parece llena, a reventar. Javier, aún con cierta distancia, la recibe con su mejor sonrisa, toda luz, Marga siente cómo el nudo de su estómago va cediendo poco a poco, y cómo su corazón parece recuperar su tamaño y sus latidos.  

—Ey…—suelta Marga a modo de saludo aún con el móvil en la mano para dar dos pasos rápidos y abrazarse a él después, con la cabeza apoyada en su pecho.

—Ey…—responde Javier sin dejar de sonreír, guarda su móvil en el bolsillo con rapidez, para rodear mejor la espalda de Marga con su brazo libre y besar su coronilla, su maraña de rizos cobrizos, en ese gesto que tanto le gusta a ella—. Menos mal que estás aquí, estaba a punto de quedarme pajarito, no tenías otro día para romper con el patán ese, tenía que ser justo hoy, que estamos en alerta de nieve por la borrasca esa…

Marga tarda unos segundos más de lo habitual en separarse de él, necesita ese abrazo, necesita sentirse protegida como se siente siempre que está con él, y también tarda un poco más de lo habitual porque no ha podido contener el llanto que se le ha escapado como el vapor de la olla a presión cuando levantas la pesa, y en el fondo le da vergüenza que la vea así, así por ese gañán. Javier suelta la bolsa con delicadeza con el ruido de ligero roce entre cristales dentro de ella al posarla en el suelo, para abrazar con ambos brazos a su amiga.

—Eh… Oye…—susurra por encima de los hipidos ahogados de Marga—. Venga peque, es normal que necesites sacarlo… Pero,¿puede ser dentro? Es que…no siento los dedos de los pies…

Marga no puede evitar romper a reír. Sorbe los mocos líquidos provocados por las lágrimas y levanta su rostro hacia su amigo, que le responde con una sonrisa bobalicona antes de puntualizar:

—Te lo juro…

Javier recoge la bolsa del suelo, e intenta entrar en calor con un par de pequeños botes sobre sus pies en el interior del portal mientras esperan el ascensor, el cristal vuelve a sonar.

—¿Qué llevas ahí?—pregunta Marga ya dentro de la cabina, con una mano puesta en un lateral de la bolsa que Javier retira con rapidez, de un manotazo.

—Ya te lo he dicho, un kit de supervivencia para corazones rotos, y no tan rotos, en plena glaciación—afirma entre risas con la voz en off del ascensor anunciando el quinto piso de fondo.

Marga abre la puerta de su pequeño apartamento de alquiler en el que lleva viviendo cinco años, desde que rompió con su ex marido, otra de esas personas equivocadas. Ese pequeño estudio ha supuesto para ella su castillo y su refugio, por primera vez ha podido decorarlo como ha querido, sin pedir opinión a nadie, cada pequeño plato, copa, cuadro o alfombra ha sido una reafirmación de ella misma, aunque en ocasiones como las de hoy, sienta que no es nadie. Javier atraviesa el pequeño pasillo como si fuera su propia casa, ha pasado muchos ratos con Marga entre esas cuatro paredes, de hecho fue quien la ayudó con la mudanza y los taladros, y pasó tardes enteras en Ikea junto a ella eligiendo todo, desde los muebles hasta el último tenedor. Siempre ha estado ahí para ella, siempre. Deja la bolsa sobre la barra de desayuno de la cocina americana, y comienza a despojarse de gorro, bufanda y abrigo.

—Joder, qué bien se está aquí…—exclama en un suspiro—. Venga ¿quieres que te enseñe lo que he traído?

—Pues claro, pero espera que lleve esto dentro…

Marga recoge las cosas de Javier y las lleva a la única habitación del apartamento con la intención de dejarlas sobre la cama, como siempre, pero hoy se descubre acercándolas a su rostro para olerlas, adora el perfume de Javier, huele siempre tan bien…

—Oye peque, ¿vienes o no?—Insiste él desde la cocina—. Anda, y pon algo de música, pero no me jodas, ¿eh? Música buena, no vayas a poner la Play List “canciones para tristes y desconsolados 3.0”

Marga mueve la cabeza con una sonrisa en sus labios, enciende el altavoz portátil y busca en el Spoty de su móvil el último disco de Arde Bogotá, que comienza a sonar con los acordes de guitarra de Los Perros y el gesto de aprobación de Javier al otro lado del mostrador.

—Vamos a ver qué hay por aquí…—dice sin terminar la frase y comienza a descubrir su tesoro ante una Marga que espera sentada en una de las banquetas altas, con el rimmel aún corrido por las lágrimas de antes en unos ojos que ahora sonríen tanto como sus labios, y todo gracias a ese payaso de cabeza rapada y ojos marrones de niño travieso.

Uno tras otro va desplegando la sorpresa, una botella de Aperol Spritz, otra de cava, otra de agua con gas, un bote de Nutella, un maxi paquete de grisines, un pack de cuatro bolsas de palomitas, un frasco de gildas, otro enorme de regaliz rojo, una bolsa de patatas fritas y dos pizzas margarita precocinadas de esas gourmet, listas para calentar. Marga ha estado acompañado cada descubrimiento con un «oh» teatral que Javier ha disfrutado como un crío.

—Bueno, ¿qué? ¿He hecho bien la compra?—suelta con los brazos cruzados y la ceja levantada a la espera de aprobación.

Marga ríe divertida.

—Uhm… Casi… Te ha faltado una cosa—responde retadora.

Javier hace los gestos de un mago a punto de sacar el conejo de su chistera, introduce la mano al fondo de la bolsa y saca un tarro de helado de cereza y chocolate negro, el favorito de Marga, quien suelta un pequeño grito de alegría como una niña pequeña al verlo.

—¡Qué cabrón! No has fallado en nada… ¿Cómo te acuerdas de estas cosas? —Pregunta encantada.

—Porque te conozco muy bien, demasiado bien, peque… Venga trae unas copas que voy a ir preparando unos “Aperoles” que te vas a cagar…—afirma con rotundidad y media sonrisa llena de picardía en su rostro.

Marga abre sus ojos negros despavorida.

—¿Aperoles?… Pero Javi, que son las once de la mañana…

—Bueno, seguro que es la hora del vermut en algún lugar del mundo, ¿no crees?—Sugiere con picardía mientras abre el cajón el hielo del congelador.

Marga y Javier pasan las dos siguientes horas despellejando al indeseable entre varios Aperol Spritz, unas gildas, un bol de patatas y otro de palomitas, hasta que Marga siente en su interior que ya está, que ya pasó.

—¿Sabes? Lo peor de todo es que el muy cabrón tiene razón, yo siempre supe que lo nuestro era eso, sólo eso, unas cuantas citas y folleteo sin compromiso, pero necesitaba tanto sentirme amada que terminé por sumar dos, cuando nunca había dejado de ser una—confiesa con un poso de tristeza en su voz, para darse cuenta después de que la losa que pesaba sobre ella, y no la dejaba respirar, esa losa de repente ya no está, ya no la siente.

Javier pasa el brazo por sus hombros, permitiendo que ella se acurruque un poco mejor a su lado. 

—Ay, peque…¡Si pudieras verte como yo te veo!—suspira Javier en voz alta.

Marga sonríe con la cabeza aún apoyada en el pecho de Javier, y se da cuenta de que ha estado centrada por un segundo en escuchar los latidos de su corazón y aspirando el calor de su cuerpo.«¿Qué estás haciendo Marga? Javi es tu mejor amigo, ¿qué quieres? ¿Perderle a él también?», se regaña en silencio, obligándose a cambiar de postura y salir de ese abrazo embriagador.

—Oye, por qué no eliges algo de música mientras voy haciendo una pizza… Aunque no te lo creas, sigo teniendo hambre…—dice ella haciendo un intento por ponerse en pie, que Javier intercepta posando su mano en su brazo para obligarla a prestarle atención.

—Espera, ya tengo la primera canción, a ver si la reconoces…—reta con una sonrisa sincera y un brillo en los ojos que Marga no había visto hasta entonces.

Javier saca su móvil y pulsa sobre una canción que ella no alcanza a ver bien. Los acordes de Cris Isaak y su Wicked Game llenan el salón, Marga no puede evitar cerrar los ojos y dejar que cada nota acaricie su corazón, balanceando su cuerpo ligeramente al ritmo de la melodía.

—Ay… Claro que me acuerdo, esta es de cuando nos conocimos en aquella fiesta del paso del ecuador de Biología, yo acababa de empezar a salir con mi ex, y tú salías con esa rubia tan guapa… ¿Cómo se llamaba? Espera… Sí, con Raquel. Me caía fatal esa tipa.—Ríe con la imagen de los cuatro en su memoria, con veinte años menos, en aquella discoteca inmunda del Barrio de Malasaña.

—Yo también recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos y de esta canción. Ese fue el día en que me enamoré perdidamente de ti—confiesa Javier sin dejar de mirar a los ojos de Marga, quien se queda inmóvil, casi ni pestañea, no lo ha visto venir—. Sí, ya lo sé… Nunca me he atrevido a decirte nada, me he pasado veinte años esperando la ocasión perfecta para confesar lo que siento por ti, me he dedicado a llenar mi vida con chicas de paso, algunas estupendas, pero ninguna eras tú, mientras tenía que conformarme con mi papel de amigo perfecto para tenerte cerca, para que tuvieras en quién refugiarte en los años penosos de tu matrimonio…

—Pe…, pero…—Marga intenta responder, pero eso es lo único que consigue sacar de su boca.

Javier se pone en pie, delante de ella, parece decidido a soltar todo lo que lleva dentro, como si lo hubiera estado guardando en un bote a presión y alguien hubiera soltado la tapa.

—Decidí esperar pacientemente a que tus heridas sanaran después del divorcio, pero cuando parecías preparada para volver a empezar, cuando yo me preparaba para dar el paso, algún cabrón se cruzaba en tu camino y tú…, bueno imagino que tú simplemente necesitabas dejarte llevar—argumenta dando pequeños pasos a un lado y otro mientras habla, sin poder quedarse quieto—. Cuando las historias comenzaban, te veía tan contenta, tan radiante de felicidad ante el reto de cada nueva cita que yo… no quería estropearlo, y sobre todo no quería perderte por dar un mal paso. Estaba dispuesto a seguir siendo tu mejor amigo, sólo por poder envejecer así a tu lado, hasta que…

Javier guarda silencio ante una Marga que no deja de observar cada uno de sus movimientos, sin mediar palabra, siente que debe dejarle hablar a pesar de que en su interior algo se está removiendo a tal velocidad que siente que tiene dentro un huracán. Javier vuelve a tomar asiento junto a ella y toma sus manos con las suyas, Marga siente su tacto suave y cálido que llena de calor todo su cuerpo.

—Mira Marga, los dos sabíamos que lo tuyo con ese patán no iba a ningún lado, yo sabía que hoy aquello acabaría oficialmente, aunque llevaba tiempo muerto, y yo… Yo me sentía más vivo que nunca porque no podía esperar más, tenía que soltarlo todo antes de volver a perderte por algún otro gañán…—Javier aprieta las manos de Marga entre las suyas con más fuerza—. Marga, yo… Te quiero, te he querido durante estos veinte años y si me dejas, estoy dispuesto a quererte tropecientos veinte más… Es que es así de simple, yo… te quiero.

Marga siente los latidos de su corazón en el centro de su pecho con tanta fuerza que tiene miedo de que si abre la boca, salga despedido por ella. No sabe qué decir ante esas palabras, pero las mariposas que revolotean por el interior de todo su cuerpo hablan por ella, le confirman lo que ella ya sabía. Así que acerca su rostro al de un Javier de ojos húmedos, que la observan con ansiedad, esperando una respuesta. Ella, con una amplia sonrisa, pone una mano sobre su rostro y suelta sólo un:

—Lo sé.

Una electricidad desconocida para ella la recorre de pies a cabeza cuando Javier acerca sus labios a los suyos y ambos se funden en un beso cálido y tierno con los últimos acordes de la canción de Cris Isaak de fondo, como en la mejor de las películas. Ella sonríe en su interior cuando siente las lágrimas que empiezan a recorrer sus mejillas, lágrimas por una vez de pura felicidad.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “UNA VEZ MÁS”

  1. Ainssssss Lucía, me has hecho llorar y no soy yo una de esas blandengues cuarentonas. Me has hecho llorar porque aunque sea un relato, me preguntó, ¿Cuantas veces habría podido ser así en multitud de relaciones? Estaba ahí para ella…

  2. La madurez hace que simplifiquemos y veamos que ser feliz puede ser mucho más sencillo de lo que creemos.

    Una historia con final feliz perfecta para iniciar el finde. ¡Gracias Lucía!

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