LO QUE NO ESPERABA

Los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de la ventana de la habitación. El visillo, que en algún momento fue blanco, baila colgado en ella con la brisa de la mañana, fresca y limpia, con ese olor a salitre que el mar regala a cada rincón del pequeño pueblo costero. Ella se despereza en la cama y le observa tendido a su lado, boca arriba, aún dormido. La sábana sólo cubre su cuerpo hasta la cintura. Desliza su mano con delicadeza por su vientre, no quiere despertarlo, quiere disfrutar del momento, observarlo rendido junto a ella, recorrer con las yemas de sus dedos su piel tersa y suave, sus abdominales marcados, los pectorales firmes y duros en los que clavó sus uñas anoche mientras le tuvo sobre ella, su cuello esbelto pero varonil, su mentón fuerte y anguloso. Antes de que pueda llegar a hundir los dedos en sus rizos negros, él se despierta.

—Buenos días, dormilón —saluda ella tapando con su lado de la sábana los pechos que un día fueron turgentes.

—Mmmn, perdona, me quedé dormido —responde él antes de bostezar.

—Ya. Me dio pena despertarte, pero ya sabes que no me gusta que te quedes—afirma con rotundidad y cierto grado de sequedad en el tono de su voz.

El chico se sienta en la cama. Apoya su espalda en el cabecero de contrachapado que sueña con ser nogal, no quiere escuchar lo que ya sabe.

—Sé perfectamente lo que esperas de mí, anoche simplemente estaba cansado y… Bueno sí, quise quedarme ¿es tan grave?

Ella pestañea con dejadez sin decir nada.Alarga su mano para tomar su vestido de tirantes de Dolce & Gabbana del suelo, junto a la cama. Se pone en pie y lo desliza desde los pies hasta los hombros aún en silencio. Con calma, pone de nuevo en su dedo la alianza que dejó sobre la mesilla de noche y camina por la habitación, recogiendo su ropa interior de La Perla desperdigada a su alrededor, así como el collar y una sandalia. La otra asoma bajo la cama, al otro lado, donde él la observa con ojos tristes. Cuando llega a su altura, el chico tira de su muñeca.

—No es tan grave, ¿no? Joder, sólo estaba cansado… Y él no regresa hasta el fin de semana, como siempre ¿verdad?

La mujer toma asiento a su lado, con la prueba del deseo y la urgencia de la noche anterior descansando en su regazo. Libera con suavidad su muñeca de la mano del joven y acaricia con dulzura su mejilla.

—No entiendes nada, ¿verdad?—Pregunta con sus ojos clavados en los suyos.

—Lo entiendo, claro que lo entiendo. Lo único que quieres de mí es esto, nada más. No te importa lo que siento, lo que yo necesito… ¿para qué?—Los ojos del chico se humedecen, él intenta esconderlos bajando la mirada—. Y cuando llegue septiembre ¿qué harás? Cuando tengas que regresar a casa con él ¿me dejarás un sobre en la mesilla como despedida?

La última pregunta queda flotando en los segundos de silencio que se instalan entre los dos. El joven se levanta de la cama con brusquedad y recoge sus calzoncillos del suelo, la camiseta de Izal y sus vaqueros con rotos que tanto le gustan a ella.

—Yo no esperaba ésto, no lo esperaba… —murmura la mujer dando vueltas a su alianza de Cartier en modo automático.

—¿Qué no esperabas? —Contesta él con un tono frío mientras mete la cabeza en el cuello de su camiseta.

—Esto. No lo esperaba, y tampoco lo buscaba. Sólo quise sentirme deseada una noche, aquella noche. Pero vuelvo a buscarte siempre una noche más, prometiéndome a mí misma que esa será la última vez, y no lo es, nunca lo es. 

—Y ¿qué pasa con lo que yo esperaba? ¿Eso no importa?—Suelta él plantado delante de ella—. Tengo novia, ¿sabes? Y no esperaba engañarla, pero lo estoy haciendo. Lo hago desde hace dos meses y lo hago porque quiero, porque lo busco, porque te deseo, ¿o es que no te has dado cuenta de que cada vez que apareces en el bar es cuando puedo respirar?

La mujer baja la mirada, aunque siempre lo ha sospechado, no soporta que haya otra que cabalgue esa montura.

—¿Tienes novia? Claro… Esa chica que se sienta en la barra los fines de semana, ¿verdad?—Pregunta fingiendo indiferencia—. Es muy guapa, sí… Ella te pega.

Él mueve la cabeza con desidia sin mirarla y abrocha sus vaqueros antes de caminar despacio de vuelta hacia la cama, donde ella continúa sentada. Toma asiento a su lado y coge su mano con suavidad.

—Mira, no soy idiota. Sé que cuando llegue septiembre te marcharás de vuelta a tu vida habitual, y yo me quedaré aquí, con mi vida de siempre, mi novia y mi curro de mierda en el bar. Pero mientras tanto quiero disfrutarlo, una vez metidos en esto, ¿por qué no podemos disfrutarlo sin más? Puede que no te importe, pero cada vez que me echas de tu cama me siento un puto objeto.

Ella apoya su mano libre sobre la suya y responde.

—Es que la mujer que te busca por la noche no es la mujer que se despierta cada mañana.

Él asiente, se levanta de la cama en silencio, se pone las chanclas, y se dirige a la puerta de la habitación. Con una mano en el pomo, sin volver la mirada dice:

—Dile entonces a ella que espero verla esta noche en el bar.

Sin esperar respuesta, sale de la habitación con un portazo. Ella continúa sentada. Agita su cabeza, quiere que la humedad que siente en sus ojos desaparezca. Respira hondo y camina hacia el bolso de mano, que continúa en el suelo desde anoche. Saca su iPhone, suspira y mientras una lágrima comienza a rodar por su mejilla, teclea: «Amor, cambio de planes. Vuelvo esta tarde a Madrid. ¿Me envías el jet?»

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “LO QUE NO ESPERABA”

  1. La ambición por encima del amor verdadero o quizás la verdadera realidad desde la madurez. Surgen varias interpretaciones, en todo caso para mí, que ya he olvidado lo que es la adolescencia, la juventud y tal vez la pasión, realidad!

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