—¡Vamos Beatrice! La Señora llamará enseguida. ¡El desayuno tendría que estar listo!—Apuro a la chiquilla—. Date prisa con las tostadas, ¡y no las quemes!
Antes de que pueda acabar la frase, el repiqueteo de la campanilla seis inunda la cocina. Vierto el agua hirviendo en la tetera. Compruebo que el resto de doncellas y cocineras no me ven, y añado la pasiflora. Sé que la señora la necesitará, como cada mañana.
Arreglo mi cofia blanca y el mandil. Tomo la bandeja y subo las tres plantas que separan la cocina de los aposentos principales, recordando escalón a escalón cómo eran las mañanas antes de que el señor falleciera.
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