COMO CADA MAÑANA

—¡Vamos Beatrice! La Señora llamará enseguida. ¡El desayuno tendría que estar listo!—Apuro a la chiquilla—. Date prisa con las tostadas, ¡y no las quemes!

Antes de que pueda acabar la frase, el repiqueteo de la campanilla seis inunda la cocina. Vierto el agua hirviendo en la tetera. Compruebo que el resto de doncellas y cocineras no me ven, y añado la pasiflora. Sé que la señora la necesitará, como cada mañana.

Arreglo mi cofia blanca y el mandil. Tomo la bandeja y subo las tres plantas que separan la cocina de los aposentos principales, recordando escalón a escalón cómo eran las mañanas antes de que el señor falleciera.

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LO QUE NO ESPERABA

Los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de la ventana de la habitación. El visillo, que en algún momento fue blanco, baila colgado en ella con la brisa de la mañana, fresca y limpia, con ese olor a salitre que el mar regala a cada rincón del pequeño pueblo costero. Ella se despereza en la cama y le observa tendido a su lado, boca arriba, aún dormido. La sábana sólo cubre su cuerpo hasta la cintura. Desliza su mano con delicadeza por su vientre, no quiere despertarlo, quiere disfrutar del momento, observarlo rendido junto a ella, recorrer con las yemas de sus dedos su piel tersa y suave, sus abdominales marcados, los pectorales firmes y duros en los que clavó sus uñas anoche mientras le tuvo sobre ella, su cuello esbelto pero varonil, su mentón fuerte y anguloso. Antes de que pueda llegar a hundir los dedos en sus rizos negros, él se despierta.

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COSAS DEL DESTINO

Son las siete de la mañana. Acabo de abrir la cafetería y sé que en cualquier momento aparecerá por la puerta Aurora, mi clienta favorita. Adoro a esa mujer. Aurora es toda luz. A pesar de ser pequeñita, llena por completo el local nada más entrar. Coqueta como ella sola, no me ha confesado nunca su edad, pero debe andar por los sesenta años, aunque se mantiene genial y viste como una mujer mucho más joven, con camisetas, vaqueros, botas moteras o converse, cazadoras de cuero, y ese pelo tan cortito y tan rockero que sienta tan bien a su cabello blanco.

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EL TRUCO

Miro de nuevo el reloj. Nerviosa, estudio por enésima vez mi reflejo en el cristal del escaparate. Me he esforzado por elegir algo divertido pero discreto para nuestra primera cita, chupa de cuero negro, camiseta blanca ajustada, mini vaquera y botines de tacón también negros con medias negras tupidas, bien tupidas. Este chico me gusta demasiado, así que he tirado de viejo truco para asegurarme de que hoy no va a pasar nada más: he venido sin depilar, y para reforzar mi autocensura sexual, he elegido la ropa interior más fea y vieja del cajón, las típicas bragas de abuela que te tapan el vientre hasta la cintura
y que reservas para los días de regla, bueno para esos, y para las primeras citas.

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EL ANDÉN NÚMERO DOS

El hall de la estación es un deambular constante de gente. Las conversaciones se mezclan con los avisos de la voz metálica que anuncia las próximas salidas y las llegadas inminentes, desencadenando oleadas de personas hacia un andén u otro. En una situación distinta, en una de tantas en las que ha venido a esperarle, Anna se hubiera dejado llevar por el olor a café y bollería recién hecha, y hubiera tomado asiento en alguna de las mesas altas con un capuccino y un brioche, sin quitar la vista de los paneles, con los ojos brillantes, esperando ver su tren anunciado para correr a abrazarle. Pero hoy no. Hoy tiene un nudo en el estómago que le provoca náuseas.

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