LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

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AL AMANECER

Mis párpados, aún cerrados, comienzan a detectar la claridad. Abro los ojos con dificultad, la luz del sol que entra por las rendijas de la persiana incide de lleno sobre ellos. Intento reconocer la habitación en la que me encuentro. Por unos segundos no sé dónde estoy. Alguien se mueve a mi lado, en la cama, giro la cabeza y veo su cabello negro, rizado y revuelto. «Dios, Lena, ¿qué has hecho?», me reprocho en silencio. Todo se aclara de repente. Siento como se mueve bajo las sábanas y gira su precioso rostro hacia mí con un ojo abierto y otro cerrado, el pequeño camaleón, como solía llamarla en la universidad.

—Mmmnnn, buenos días —saluda adormilada.

Reprimo mi mano, que desea acariciar su mejilla, y tapo mis ojos con ella.

—Esto no tenía que haber pasado —digo bruscamente como respuesta—. Tengo que irme.

Salgo de su cama lo más rápido que puedo, buscando mi ropa desperdigada por el suelo de la habitación.

—Lena. Lena, para un momento por favor. Mírame.

Intento ignorar sus palabras, no puedo mirarla, no quiero.

—¡Lena! —Insiste Lola alzando la voz.

Me giro hacia ella, aún desnuda, con la ropa que he conseguido recuperar en mis manos.

—Lena, por favor espera, vamos a hablar un segundo. Esto ha pasado, lo queramos o no. Bueno, yo lo he querido toda mi vida, ¿y tú? —Su voz suena calmada, pero detecto un pequeño quiebro que me hace pensar que está asustada, tanto como yo.

Consigo ponerme el vestido por la cabeza y me siento a su lado en la cama. Tiene razón, tenemos que hablar.

—Lola…, lo de anoche no debió ocurrir, esto no puede ocurrir. ¡Me caso la próxima semana! ¿Es que no lo ves? —pregunto tapando después mi boca con la mano.

Ella acerca su mano a la mía, y con gesto dulce la lleva sobre su regazo, para cubrirla con las dos. Me mira a los ojos, su mirada intenta encontrar en la mía una respuesta.

—Lena, no has respondido a mi pregunta. ¿Tú querías que esto pasara?

Aparto mi mano de las suyas y mi mirada también.

—Lola, eres mi mejor amiga. Yo no…, ¡esto es una locura! Faltan siete días para mi boda —contesto negando con la cabeza.

Evito mirarla, no puedo responder, me da miedo oír mi propia respuesta.

—¿De verdad que no vas a decir nada más? Ya sé que te casas, anoche celebramos tu despedida de soltera, la organicé yo, tu dama de honor. Pero también sé lo que ocurrió anoche. Sé que no haces el amor así con nadie por error, sé que lo de anoche no fue un error, y tú también. El error es que en una semana te cases con él, ¡ese es el error!

Lola se pone en pie, toma su camiseta del suelo y se la pone en un movimiento furioso y rápido. Me levanto y acabo de vestirme con la mirada baja, no quiero mirarla, porque si lo hago, todos mis planes, la vida que he planeado, todo, se irá a la mierda. Me va a estallar la cabeza, no se si por la resaca o por los pensamientos que cruzan mi mente a la velocidad de la luz. «¿Cómo voy a enfrentarme a Diego? ¿Cómo voy a decirle que no le quiero, que estoy enamorada de mi mejor amiga desde hace años ? ¿Y mi familia? Mis padres, ¿cómo van a enfrentarse a un golpe como este?». Anudo las cintas de mis cuñas mientras siento sus ojos clavados en mí. Tomo mi bolso en un movimiento rápido y, aún sin poder levantar la mirada, doy un par de pasos.

—Lola, por favor, no me lo hagas más difícil. Tengo que irme…, hay mucho que hacer. No puedo enfrentarme a esto ahora —farfullo intentando llegar a la puerta.

Ella me corta el paso. Está delante de mí, desafiante, erguida y firme. Sus ojos de azabache, me matarían ahora mismo si pudieran. Sus piernas infinitas, perfectas y torneadas, mantienen la postura en tensión.

—De acuerdo. Mírame a los ojos, ¡mírame! —ordena—. Dime que te arrepientes de lo de anoche. Dime que no me quieres, y te prometo que te dejo marchar, que en siete días seré tu dama de honor perfecta aunque me esté muriendo por dentro. ¡Vamos, dímelo!

La miro fijamente, me acerco a ella tanto que me veo reflejada en sus pupilas. Mi cabeza ordena a mi boca algo que el corazón no quiere permitir, patalea en su lucha dentro de mi pecho con tanta fuerza que creo que va a salir disparado. Mi garganta se anuda, para que las palabras no puedan ser pronunciadas. Siento que no puedo más.

Retrocedo hasta la cama y me siento en el borde con ímpetu. Lanzo el bolso contra el suelo con tanta fuerza, que el contenido se desparrama por toda la estancia. Abrazo mis rodillas y empiezo a llorar. Lola se acerca y agachada frente a mí, alza mi rostro con sus manos.

—Lena, habla conmigo por favor —susurra con dulzura—. Necesito saber qué sientes, lo necesito.

Observo como dos pequeños ríos de lágrimas comienzan a recorrer su rostro. Vence el corazón. Mi garganta abre paso, no puedo seguir negando lo evidente.

—No puedo más Lola. No puedo seguir siendo la hija que mis padres desean, la mujer perfecta que espera Diego. Llevo treinta años viviendo la vida según las normas de otros, anulando mi yo por miedo a decepcionar a los que quiero.

Me dejo caer a su lado en el suelo, apoyando mi espalda en el somier. Sonrío con un ligero suspiro, ya no quiero dejar de hablar.

—¿Sabes? Me enamoré de tí el primer día de facultad. Aún hoy recuerdo el peto que llevabas puesto, ahí de pie, en la puerta de la habitación de la residencia y aquel lápiz en el moño. He soñado con lo que pasó anoche desde entonces. He luchado por no soñar con ello cada día desde que te conocí. He tenido miedo, mucho miedo. Miedo al rechazo de mi familia, a reconocer quién soy. Pero anoche…, lo de anoche fue lo que tenía que ser.

Beso sus labios con dulzura, luego su frente y comienzo a recoger las cosas del suelo, giro mi cabeza hacia ella con una sonrisa.

—Vamos, ayúdame a recoger esto boba, no te quedes ahí.

— ¿Cómo? ¿Te vas? Pero… —protesta confusa, no la dejo continuar.

—Claro. Tengo que irme, ya te dije que hay mucho que hacer. Hay una boda que anular, y un par de conversaciones muy duras que afrontar —contesto sin apartar mis ojos de los suyos, que empiezan a brillar con fuerza.

MIDSOMMAR

Son las ocho de la mañana. Roberto suspira con resignación cuando las puertas del ascensor se abren en la planta diez de la Torre de Cristal, justo frente al pasillo que desemboca en la elegante recepción del bufete de abogados en el que lleva ya tres años trabajando, Svensson & Partners. María, la joven recepcionista, le recibe con su mejor sonrisa en cuanto le ve aparecer al otro lado de la puerta transparente.

—Buenos días Sr. Aguilar—saluda con dulzura junto a un llamativo jarrón de flores frescas, que inundan el recibidor de un agradable aroma a eucalipto, lavanda, jazmín y rosas—. ¿Ha visto qué flores tan bonitas hemos encargado este año?

Roberto se ve obligado a detener sus pasos unos segundos para corresponder a su saludo, y prestar algo de atención a las flores, que a pesar de ser preciosas, ya ha decidido que detesta solo por lo que significa su presencia en ese jarrón.

—Buenos días María, sí son preciosas, muy bonitas—suelta casi en un murmuro.

—¿No es encantador que el Sr. Svensson se empeñe cada año en celebrar el Midsommar todos los veranos? ¡Con la de años que lleva ya fuera de Suecia! —exclama la chica con sus ojos azules brillantes contagiada por la emoción del significado de esta fecha para el bufete—. No se imagina todo lo que han preparado el Sr. Svensson y su esposa para la fiesta de esta noche.

Una risa cantarina cierra su última frase.

—Será genial, seguro… —contesta él con desgana, dispuesto a retomar el camino hacia su despacho.

—Sr. Aguilar, disculpe que insista pero…

Roberto sabe perfectamente lo que va a preguntarle, lleva dando vueltas a lo mismo en su cabeza desde que se enviaron las invitaciones. El hombre gira de nuevo sobre sus talones y se acerca a la mesa despacio. María se pone en pie, la verdad es que está realmente preciosa con su vestido corto de algodón blanco y su melena pelirroja ligeramente ondulada.

—Perdone, pero… ¿Sabe ya si vendrá acompañado esta noche? Es que… tengo que confirmar los asistentes totales a la empresa de cátering y…—María baja la mirada a sus manos, que juguetean nerviosas con el Pilot azul con el que suele garabatear en su libreta, seguramente tiene miedo de ser demasiado insistente con su pregunta.

—Verás…, aún no lo tengo claro, dame un par de horas más y te digo. De todos modos, aunque fuera acompañado, no creo que nos quedemos mucho, así que no te preocupes por los canapés, habrá de sobra para todos—responde de carrerilla para que no pueda interrumpir el discurso que ha ido ensayando desde que puso un pie en el ascensor—. Y una cosa más, por favor deja ya de llamarme Sr. Aguilar, nos conocemos desde hace casi tres años, además tengo la impresión de que estás llamando a mi padre cuando te escucho. Llámame Roberto, ¿ok?

María asiente con la cabeza y sonríe mientras dibuja un interrogante junto al nombre de Roberto, en el listado impreso de invitados que descansa junto a su libreta. El único signo de interrogación que ha podido ver, al menos en la primera página, parece que todo el mundo va a llevar pareja.

De camino a su despacho, saluda con la cabeza al resto de asociados y a sus asistentes, que tan pronto como responden a su gesto, vuelven sus cabezas a las pantallas de sus ordenadores o teléfonos. Elvira, su secretaria, no está en su mesa. Hoy está dedicada a los preparativos de la fiesta junto con la asistente del Sr. Svensson. Abre la puerta de su cubículo y piensa en cuánto agradece no tener que aparentar tranquilidad en su presencia, ella le conoce demasiado bien, de hecho es la única de todo el bufete que sabe que es gay. 

Después de dejar la mochila con su portátil sobre el escritorio, sale de nuevo camino del office, en busca de una taza de café que le ayude a afrontar el día, sin apartar de su cabeza la maraña de sentimientos encontrados que lo abotargan por completo, desde que despertó esta mañana junto a Noa, al darse cuenta de que hoy debe confirmar si finalmente va a asistir a la dichosa fiesta junto a él. Roberto toma una taza del mueble sobre la cafetera, introduce una cápsula en la máquina, y pulsa el botón de «carga doble». Algo más animado por el borboteo del café, que ya empieza a despertarle con su aroma, decide volver a su refugio con la taza humeante en la mano y hablar con él. Después de cerrar la puerta, da un primer sorbo reconfortante al café, y toma aire, mientras busca el contacto de Noa en la pantalla de su móvil.

—Hola amor.—Tras el primer tono de llamada, la voz varonil de su novio suena al otro lado, solo con escucharla todos sus nervios se relajan—. No me digas más, sigues dando vueltas a lo mismo…

Roberto suelta un bufido casi sonriente antes de responder.

—Veo que estás perfeccionando tus dotes telepáticas—contesta con sorna.

—¡Qué bobo eres!—Exclama Noa al otro lado—. No necesito nada de eso. Has estado moviéndote toda la noche, dudo que hayas podido dormir…

Touché.

Un par de segundos de silencio se cuelan en la conversación, hasta que Roberto decide continuar.

—Joder Noa, ya sabes que mis dudas no son por ti, no puedo estar más orgulloso de compartir mi vida contigo, de hecho ya sabes que no había convivido con nadie hasta que te conocí—dice al tiempo que su mente vuela diez meses atrás por un instante, a aquella tienda de ropa masculina donde conoció a Noa como dependiente, al día en que le pidió su número y todo comenzó entre ellos—. Pero es que aquí nadie sabe que…

—Que tienes novio—suelta su pareja sin una pizca de reproche, solo como una confirmación del propio hecho en sí.

Roberto, que camina por su despacho como un león enjaulado desde que comenzó la conversación, decide sentarse en su silla y girar el respaldo para poder contemplar el tráfico infinito de Madrid, desde la enorme cristalera con vistas a la Castellana. 

—Pues sí, justo eso… Pero es que me jode tener que dar explicaciones sobre con quién me acuesto, ¿acaso alguno de mis compañeros van diciendo que son heteros?—Pregunta con tanta rabia que es consciente de haber elevado el tono de su voz, que reconduce antes de continuar, ante el silencio de su chico—. Perdona, perdona cariño… Yo…

Roberto puede escuchar el suspiro de Noa al otro lado. Si supiera cuánto le ayuda poder hablar con él.

—A ver Rober, ¿te has planteado que puedes estar creando en tu cabeza un problema que no existe? Quiero decir…—intenta explicarse—. Todos sabemos que el entorno de tu bufete es de lo más clásico y tradicional. Pero dime una cosa, estamos en 2023, ¿de verdad crees que vas a perder tu empleo por ir de la mano de un chico a la cena de tu jefe?

Se crea un breve silencio en la conversación.

—No. Ya sé que no pueden hacer eso, pero ¿y si empiezan a tratarme de otra manera? ¿Y si llega el vacío?—Por fin sale el lastre que Roberto lleva anclado a esa angustia que siente ante la situación, el miedo al rechazo, el mismo miedo que le ha perseguido desde que era un crío.

—Mi amor, si eso sucede, ¿de verdad querrías seguir trabajando allí?—pregunta con calma. 

Roberto respira hondo. La decisión está tomada. 

—¿Sabes qué, cariño?—Escucha el «dime» de su pareja antes de continuar—. Ve preparando esa camisa blanca que tanto te gusta, esta noche vamos de cena.

—Perfecto amor, luego nos vemos.— Noa responde sin ningún aspaviento, como si hace tiempo que supiera que ese iba a ser el plan, como si solo estuviera esperando que Roberto llegara a esa conclusión.

—Y gracias…—dice Roberto antes de despedirse con un sonoro beso.

Tan pronto como cuelga la llamada, sale de su despacho camino de recepción. Podría contestar a María con un email o una llamada, pero quiere confirmar su asistencia en persona. Al llegar a su altura, María deja de teclear en su ordenador y levanta la mirada algo sorprendida.

—¡Sr. Aguilar!… Uy, perdón, Roberto. ¿Necesitas algo?—pregunta al tiempo que se pone en pie.

—María, sólo quería confirmarte que seremos dos esta noche. Por favor apunta el nombre de mi pareja: Noa León Ramírez—informa a la chica sintiendo orgullo en su interior al pronunciar su nombre.

—Ay, Noa… ¡Qué nombre tan bonito!—Contesta ella mientras tacha el interrogante junto a sus datos y apunta a mano los de su pareja—. Ya teníamos ganas de conocer a la chica misteriosa.

Roberto sonríe de medio lado y chasquea la lengua a modo de negación, captando la atención de la recepcionista.

—Al chico misterioso…—afirma recalcando la entonación en la palabra «chico», esperando ver la reacción de la joven.

María acentúa su sonrisa antes de contestar.

—Ah, ¡pues genial!. Por favor asegúrate de decirle que el blanco debe predominar en el outfit—advierte con total naturalidad, sin hacer comentario alguno al respecto—. Otra cosa, ¿ninguna alergia o intolerancia, verdad?

Roberto ríe por lo bajo y niega con la cabeza, al tiempo que responde con un «nada» antes de regresar a su despacho, con un extraño sentimiento de calma en su interior. No ha resultado tan difícil después de todo. Quien sabe si pensará lo mismo dentro de diez horas más, cuando el Uber se detenga delante de la puerta de los Svensson.

Roberto sonríe con toda la tranquilidad que puede a Noa, cuando este aprieta su mano en el asiento trasero del coche que está a punto de llegar a destino. Ven un aparcacoches con un chaleco reflectante en la entrada a la finca que rodea la casa de su jefe, en la zona más tranquila de La Moraleja. Al ver que se trata de un Uber, el hombre indica al conductor que puede acercarse hasta el acceso principal y regresar hasta la salida. 

—¿Nervioso?—pregunta Noa cuando bajan del vehículo.

—Un poco, no te voy a engañar—responde Roberto con una ligera sacudida de hombros—. Pero estoy bien cariño, no te preocupes. Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapo que estás esta noche?

Noa agradece el comentario con un beso suave en los labios de su pareja.

—Tú sí que estás impresionante, amor—susurra sugerente en su oído—. Vamos, ¡a por ellos!

Ambos esperan su turno de acceso a la casa, en la fila que discurre a lo largo del camino de gravilla que lleva hasta la entrada del jardín, flanqueado por antorchas de suelo encendidas, salteadas con postes vestidos de flores frescas de vivos colores, a buena distancia entre ellas. Según se van acercando, Roberto reconoce la voz femenina que llega hasta ellos, responsable de dar la bienvenida y entregar las preciosas coronas de flores con las que todos deben vestir sus cabezas durante la fiesta, tal y como indica la tradición sueca. 

—Esa es la voz de tu secre, ¿no?—pregunta Noa.

Aunque no ha tenido ocasión de presentarlos, sí que han hablado muchas veces por teléfono, sobre todo desde que viven juntos.

—Sí, ella es Elvira, no sabes cuánto me alegro de que sea quien nos dé la bienvenida hoy—responde con sinceridad sin esconder su alivio.

Después de cuatro o cinco parejas más, llega el turno de Noa y Roberto. Elvira sale de detrás de su mesa, camina directamente hacia Noa y le regala un abrazo cariñoso como saludo, que él corresponde a pesar de la sorpresa, ante la mirada complacida de Roberto.

—¡No sabes cuánto me he alegrado al ver tu nombre en la lista de invitados junto al de Roberto!—Exclama la chica con sinceridad, mientras dedica una mirada cómplice a su jefe con sus ojos oscuros, que hoy tienen un brillo especial—. Os he guardado las coronas más bonitas.

La chica les entrega a cada uno un precioso tejido de flores de lavanda, otras pequeñas  silvestres y alguna hoja de eucalipto, que ambos colocan sobre sus cabezas obedientes. Roberto, antes de entrar al recinto desde el que ya salen los acordes de música y las risas de los invitados, se acerca a su asistente, la toma de las manos y dice sin apartar su mirada de la suya:

—Gracias Elvi, gracias de verdad.

Ella se sonroja ligeramente cuando su jefe deja un beso en su mejilla como despedida.

—¡Venga, circula!¿No ves la que estás liando en la entrada?—protesta ella bromista pero visiblemente emocionada por el brillo especial de sus ojos.

Roberto sonríe y se despide con un gesto de su mano, gesto que imita Noa, para luego entrelazar ligeramente sus dedos con los de su pareja, antes de entrar con timidez al recinto donde los demás esperan, bebiendo y riendo alrededor de la piscina, y del maypole, el típico poste alto con forma de flecha en su punta y dos coronas, una a cada lado de su cabecera, alrededor del que bailarán y cantarán durante toda la noche. Roberto siente que los nervios comienzan a cerrar la boca de su estómago cuando observa las miradas de algunos compañeros, y los codazos de algunas parejas. Sin embargo, son muchos los que se acercan con naturalidad a saludarles y presentar a sus propias parejas, gesto que ayuda a Roberto a relajar un poco los nervios. Observa orgulloso cómo Noa se desenvuelve con maneras exquisitas al presentarle a algunos de los socios más veteranos y que, curiosamente, son los que mejor han recibido a su chico.

—¡Roberto!—La voz fuerte y grave del Sr. Svensson suena a su espalda—. ¡Qué bien que hayas llegado ya!

La figura de su jefe resulta imponente, con sus casi dos metros de estatura, su cabello blanco como la nieve y esos ojos azules casi transparentes, vivos y penetrantes. El hombre llega a su altura con dos chupitos bien fríos de snaps en las manos, ese aguardiente sueco abrasador y dulce a la vez. Cuando llega a su altura, tiende el primero a Noa y el siguiente a su empleado.

—Sr. Svensson, déjeme presentarle a…—Comienza a decir Roberto con voz algo temblorosa.

—Tú debes ser Noa, la pareja de Roberto, ¿verdad? Bienvenido a nuestro Midsommar—interrumpe su jefe con ímpetu, al tiempo que tiende su mano a su pareja.

—Sí eso es, encantado, y gracias por la invitación—responde Noa con su mejor sonrisa al estrechar su mano, con una seguridad en su postura que Roberto no puede dejar de admirar.

—Nada, tonterías—contesta el gigante sueco—. Me he alegrado mucho al ver tu nombre junto al de Roberto al repasar esta tarde la lista de invitados con mi asistente. ¡Disfrutad de la noche! Y mucho cuidado con el snaps, entra bien, pero se sube a la cabeza mucho mejor.

Su risa ronca y salvaje contagia a todos los que están alrededor.

Los ojos de Noa se clavan en los de Roberto, que brillan felices y aliviados después de la presentación. 

—Y ahora ¿qué se supone que hay que hacer con ésto?—pregunta con picardía mientras da un par de pasos hacia él.

—Pues, como eres nuevo en estas reuniones, debes esperar que uno de los veteranos te invite a brindar mirándote a los ojos diciendo «sköl!»—responde Roberto alzando el vaso ante su novio y bebiendo su contenido de un sorbo, para cerrar los ojos con fuerza después y resoplar por la graduación alcohólica del aguardiente—. Venga, te toca. Responde con la misma palabra y bebe sin apartar la mirada.

Noa bebe obediente después de repetir el gesto. Cuando el líquido comienza a bajar por su garganta, Roberto no puede evitar reír con ganas al ver los aspavientos de su pareja, que terminan con la típica tos nerviosa que consigue controlar a los pocos segundos. 

—¡Joder con los suecos!—exclama Noa entre risas.

—Anda, vamos a por una cerveza, a ver si consigues suavizar ese gaznate—propone Roberto con una palmadita en la espalda—. Eso sí ya puedes ir preparándote, aquí hay mucho capullo suelto, y cuando saben que hay alguien nuevo, atacan con un snaps, y no podrás rechazar el brindis, es una ofensa y está prohibido.

Roberto no puede parar de reír cuando ve a Elvira con dos chupitos en la mano, caminando decidida hacia Noa. Observa nuevamente el ritual al que su secretaria somete a su pareja, mientras piensa que no sabe cómo será su vida en el bufete a partir de ahora, pero la verdad es que ya no le importa, lo único importante es que esta noche está celebrando la llegada del verano junto al hombre más maravilloso del mundo, la llegada del primer verano juntos. 

De lo que sí está seguro, es que después de este, vendrán muchos veranos más. 

EL RELOJ

Compruebo una vez más la hora en el móvil que descansa junto a mi café, sobre la mesa. Quizás debería haber escogido otro sitio para vernos, pero esta cafetería me envuelve y me tranquiliza. Adoro el burbujeo de la cafetera, el murmullo de las conversaciones de las personas que desayunan en las mesas contiguas, el tintineo de los platillos al chocar con las tazas, que los camareros se afanan en llenar de café al otro lado de la barra, y ese olor a tostadas recién hechas. 

Nuestra amiga Elena, bueno Helen para nosotros, aparece por la puerta corriendo como siempre, con su maraña de rizos negros flotando sobre sus hombros. Entorna los ojos con esa sonrisa rebelde que hace que deseches la idea de regañarla por llegar tarde, como siempre. Tira su bolso sobre la mesa y resopla mientras se quita su cazadora vaquera.

—Nacho, te juro que esta vez iba a salir con tiempo, pero no encontraba el otro pendiente y… —saluda con la respiración agitada, seguro que ha subido las escaleras del metro de dos en dos.

Helen se inclina sobre la mesa para darme dos besos, su olor a pachuli me abraza como ella, y luego toma asiento frente a mí. Levanto la mano para llamar al camarero, que no tarda en acudir para apuntar nuestra comanda. Ella pide un té americano, yo otro café solo.

—Bueno tío, qué pasa. ¿Qué es eso que me quieres contar de Alex? —Pregunta al tiempo que posa su mano sobre la mía unos segundos en un gesto reconfortante—. Ayer me dejaste preocupada.

Anoche, mientras Alex estaba fuera, Helen y yo estuvimos hablando más de una hora, sin terminar de contarle lo que en realidad quería decir. Sé que ella es la única persona en el mundo que puede entender lo que tengo en la cabeza, este es el momento de soltarlo, así que tomo aire y decido dejarme de rodeos.

Helen, Alex ha cambiado. No es el mismo de siempre, no sé qué le pasa—suelto del tirón antes de que pueda arrepentirme de haberlo dicho al fin en voz alta.

—¿Cómo que ha cambiado?… ¿Qué quieres decir?—Dice con su naricilla arrugada y los hombros alzados a modo de interrogación.

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PUNTO DE PARTIDA

El sonido del timbre de la puerta principal, consigue que saque la cabeza de debajo de la manta que cubre por completo mi cuerpo, lánguido después de estar hora tras hora tumbado en el sofá de mi estudio, desde que firmé los papeles del divorcio. Después del timbrazo, sin mover ni un músculo de mi cuerpo, escucho en silencio. Nada. Cuando estoy a punto de volver a mi guarida, convencida de que debe tratarse de otro cartero comercial, el sonido estridente del timbre vuelve a sonar con insistencia de tal manera, que sé que solo abriendo la puerta conseguiré volver a mi estado vegetativo.

Junto con la manta, aparto de un manotazo la pila de clinex empapados por el mar de lágrimas que han vertido mis ojos en estos dos últimos días. Mis pies palpan el suelo hasta encontrar las zapatillas que yacen de cualquier manera junto al sofá, en un salón que permanece en penumbra, sólo iluminado por la luz de la pantalla del televisor, que proyecta las imágenes de no sé qué culebrón de tarde a medio volúmen. Después de un bufido cargado de tedio, me pongo en pié a cámara lenta. El sonido del timbre aún aturde mis oídos.

—¡Joder! ¡Que ya voy!—exclamo con voz de camionera después de haber estado cuarenta y ocho horas sin haber intercambiado una palabra con nadie, salvo conmigo misma, para castigarme una vez más por el error de esta mierda de matrimonio, bueno ex matrimonio. 

Al pasar por la vitrina junto al pasillo, camino de la entrada, no puedo evitar sobresaltarme cuando veo mi propia imagen reflejada en la superficie de cristal. Sobre mi cabeza, los restos de un nido de pelo que en algún momento fue un moño. La pernera derecha del pijama andrajoso de corazoncitos, que sólo reservo para las dos “erres”, regla y resaca, se aferra arremangada a mi pierna, justo bajo la rodilla, para dejar ver perfectamente el calcetín blanco de lana gruesa amontonado sobre mi tobillo, la izquierda ha debido girar sobre sí misma varias veces a lo largo de este tiempo en el que solo he cambiado de posición para tumbarme del otro lado. Encojo los hombros y retomo el camino hasta la puerta, no me molesto en arreglar nada de todo ese desastre en el que se ha convertido mi aspecto. Si la persona que tiene apoyado su dedo índice sobre el pulsador de mi timbre tiene los santos cojones de insistir de esta manera, sólo puedo agradecer su gesto regalándole semejante imagen.

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NUEVO PLAN

Relato especial Día de la Madre

Tan pronto como atravesamos el túnel, camino a nuestro pequeño refugio en la montaña, respiro profundamente, y decido dejar de dar vueltas al mismo pensamiento que ha estado asaltando mi cabeza todo el día.

Hemos decidido escaparnos este fin de semana en el último momento, bueno… en realidad la idea ha sido de mi marido. Supongo que al oír mi voz esta mañana, cuando le he llamado para darle la noticia, pensó que nos vendría bien. No es que nos haya pillado de sorpresa, pero en esta ocasión ya eran tres semanas de retraso, y de alguna manera ambos empezamos a ilusionarnos con la idea del embarazo. No es que no esperásemos que el periodo fuera a venir en cualquier momento, como en tantos otros intentos anteriores, es que deseábamos con todas las fuerzas que no lo hiciera.

—Mira amor, el salpicadero del coche dice que estamos a dos grados ahí fuera, imagínate como estará la casa. En cuanto lleguemos enciendo la chimenea mientras abres una botellita de vino. Mmm qué ganas de acurrucarme contigo delante del fuego con una copa en la mano—comenta mi marido con toda la positividad que puede en su tono de voz, sé que está tratando de animarme.

—Sí, yo también lo estoy deseando—contesto con una tímida sonrisa, obligándome a cambiar de ánimo por él, por nosotros.

Durante el resto del viaje apenas hablamos, cada uno en nuestros propios pensamientos, que estoy segura giran en torno al mismo tema, aunque no digamos nada. 

En menos de dos horas más, nuestro coche ya está aparcado frente al porche de la cabaña de madera que compramos al poco de casarnos, con la idea de venir aquí con nuestros hijos, y que ellos vinieran con los suyos cuando fuéramos abuelos. Siempre que venimos en invierno, ocupamos las primeras horas en una rutina que adoro, encender la chimenea, dejar la maleta sin deshacer en la habitación, abrir una botella de vino, sacar la tabla de quesos que llevamos lista para servir en la nevera de viaje, con el resto de las cosas mínimas para arrancar esa noche y el desayuno del día posterior, y sentarnos en la alfombra, frente al fuego, envueltos en una manta hasta que la casa toma temperatura, y brindar con una copa por ese niño que estamos seguros llegará. Esta noche cumplimos con todos los pasos como siempre, pero cuando Andrés levanta su copa para brindar, no puedo evitar sellar sus labios con mi dedo índice, y los ojos empañados por las lágrimas. Trago saliva para evitar que comiencen a precipitar y retiro lentamente mi mano con mis ojos clavados en los suyos, que comienzan a brillar más.

—Cariño, deja que sea yo quien haga el brindis esta noche—ruego con mi voz entrecortada.

Él solo asiente, no necesito más. Levanto mi copa y la acerco a la suya sin separar mi mirada de la suya.

—Por nosotros, por ti y por mí, por nuestro amor, porque eso es realmente lo más importante y el centro de todo nuestro propio universo.

Nuestras copas chocan y antes de que pueda llevarla a mi boca, Andrés deposita en mis labios un beso salino, por las lágrimas silenciosas que han comenzado a brotar de sus ojos, separa su rostro del mío y con una ternura infinita susurra con su mente apoyada en la mía y su mano en mi nuca:

—Te quiero.

—Yo también mi amor—respondo segura, con una paz en el centro de mi pecho que hace mucho tiempo que no he sentido.

Andrés rodea mis hombros con su brazo y me acerca hacia él.

—Lu, no quiero que sufras más, no quiero que te pierdas a ti misma detrás de un sueño que no sabemos si se hará realidad—habla despacio, como si tuviera miedo del efecto de sus palabras en mi.

—Lo sé. He estado pensando en ello cuando veníamos hacia aquí. Tengo miedo de que el hecho de no poder ser madre me hunda en una depresión que acabe por destruir lo nuestro, y no quiero que eso ocurra, te quiero demasiado—respondo aliviada por poder sacar de mi interior todo lo que llevo dentro.

Andrés besa mi frente, que se ha posado en su hombro.

—Cariño, ¿qué te parece si dejamos a un lado todo esto del tratamiento? ¿Qué te parece si nos dedicamos a nosotros y pensamos si utilizar ese dinero en considerar una adopción?—sugiere con naturalidad, parece que él también también ha estado pensando durante nuestro viaje.

Una ola de calor me invade por dentro, ni siquiera me había parado a pensar en ello, nunca he pensado que la carta de la adopción pudiera estar sobre la mesa. No sé si el rubor que siento en mi rostro en este momento es debido al calor del fuego que crepita con vida propia en el hogar, o si será la ilusión de esta nueva posibilidad. Mis ojos vuelven a humedecerse pero por un motivo distinto esta vez. Me siento erguida, dejo la copa sobre la pequeña mesa de café en la que espera el queso, y giro mi cuerpo ligeramente hacia el suyo.

—Me parece simplemente genial—respondo con seguridad, al tiempo que mis brazos rodean su cuello y mis labios cubren los suyos para sellar con un beso profundo nuestro nuevo plan de viaje. Aunque no sepa dónde nos puede llevar, sé que el objetivo es recorrer el camino siempre juntos.

LA ESPERA

Eran las doce en punto de la mañana y Daniel no dejaba de mirar la pantalla de su teléfono móvil, sentado en una incómoda silla del enorme aeropuerto de Madrid. El tiempo volaba a la velocidad del rayo y la falta de noticias incrementaba, aún más, su terrible nerviosismo. Las manos le sudaban al darse cuenta de que faltaba menos de una hora para que su avión despegara y por más que miraba el acceso a la zona de embarque, Natalia no hacía acto de presencia.

Esa incómoda voz de su interior le decía que no perdiera más el tiempo esperándola, porque ella no iba a aparecer. Todo su plan era una auténtica locura y ese tipo de locuras, únicamente salían bien en las películas y ni siquiera en todas. Trató de calmar su ansiedad pasando una y otra vez sus manos por los cabellos, intentando silenciar esa maldita voz que amenazaba con consumir sus últimos gramos de esperanza.

Pensó que al menos lo llamaría o le enviaría algún mensaje de Whatsapp. Estaba convencido de que Natalia se pondría en contacto con él de una forma u otra. Una semana tan maravillosa no podía caer en el olvido, una historia como la suya no se merecía un final tan amargo como el silencio. Pero las dudas eran traicioneras, el tiempo pasaba sin remedio y la mujer no aparecía, tal y como había prometido, para coger ese avión junto a él rumbo a un nuevo horizonte.

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Con la mirada perdida en la línea que anunciaba su vuelo en el panel de salidas, mientras el agobio y la incertidumbre empezaban a hacer mella en su rostro, Daniel recordó el momento exacto en el que conoció a Natalia, en el congreso médico al que ambos habían asistido como directores de especialidad de sus respectivos hospitales. Aquella mañana, al escuchar su voz de sirena, sintió por primera vez en su vida que todas las piezas encajaban, se sintió como en casa, como si hubiera llegado por fin al lugar donde quería estar por el resto de su existencia.

Luego vinieron las presentaciones, las conversaciones apresuradas en los instantes de espera, los encuentros en los pasillos entre risas, las charlas en las mesas de exposición, los almuerzos compartidos con la comunidad médica y esa primera cena a solas, que él tuvo la valentía de proponer y ella de aceptar, donde tuvieron la oportunidad de conocerse mejor y contar su vida el uno al otro, acompañados por una botella de buen vino, a la que siguió una segunda, empujados por el encanto de la situación.

Antes de que esa noche acabara, Daniel sintió que se había enamorado como un colegial de esa mujer única, y decidió aprovechar el resto de la semana de congreso para usar todas sus armas de seducción, con el fin de conquistar a Natalia. Poco le importaba que estuviera casada, porque para él la puerta sí que estaba abierta, ya la cerraría ella si lo consideraba oportuno. Pero ella no la cerró anoche, cuando la acompañó hasta su habitación en el hotel y pudo entrar en el paraíso.

En esa noche mágica, no durmieron, gastaron las horas entre besos ardientes, caricias apasionadas, y planes de una vida futura, totalmente diferente a la que habían llevado hasta ahora. Con los primeros rayos del sol, abandonaron su refugio bajo las sábanas, Daniel volvió a su habitación para recoger sus cosas y acordaron encontrarse posteriormente en el aeropuerto. Era importante que no los vieran salir juntos de allí. Desde esa rápida despedida, desde ese último beso tras la puerta de la habitación, habían pasado muy pocas horas, pero Daniel sentía que había transcurrido toda una vida.

El sonido metálico de los altavoces, anunciando la apertura del embarque de su vuelo, devolvió a Daniel a la triste sala de espera. Miró una vez más el reloj, ese maldito reloj que no detenía su avance y que corría incansable hacia la hora en la que las puertas de embarque se cerrarían. El nerviosismo había dejado paso a la preocupación. ¿Le habría pasado algo a Natalia? Buscando valor en su agitada mente decidió llamarla, para poner punto final a la incertidumbre, pero lo único que escuchó fueron los áridos tonos de llamada, hasta que un triste buzón de voz le dio las instrucciones por si quería dejar algún mensaje.

El mundo pareció explotar a su alrededor, el silencio se apoderó de la sala de espera y el alma cayó a sus pies con estrépito de derrumbe, entre rumores negros de fracaso martilleando en sus oídos. La certeza de que Natalia no iba a acudir se hizo palpable en su corazón y una profunda tristeza lo embargó por completo. Quizás para ella sólo hubiera sido una aventura, una muesca más en su revólver. Quizás, simplemente, se hubiera divertido un poco con él.

Había sido un loco por pensar que una mujer de su posición fuera a abandonarlo todo por amor. Había sido muy inocente al imaginar que Natalia dejaría a su marido, su hogar y su trabajo, por una historia romántica por estrenar. Se maldijo por haber sido tan crédulo, tan estúpido y por seguir creyendo en los cuentos de hadas.

Angustiado por esos lúgubres pensamientos, el sonido de su móvil lo sacó de su parálisis y, tras desbloquearlo con dedos temblorosos, vio que tenía nuevos mensajes de Whatsapp por leer. ¿Serían de Natalia? Sintiéndose como un condenado a muerte y conteniendo la respiración sin darse cuenta, Daniel abrió la aplicación para comprobarlo, con un suspiro en el filo del abismo de los latidos de su corazón.

Un nudo se asentó alrededor de su garganta al ver el indicador verde con los mensajes pendientes, junto a la foto de perfil de Natalia. Sus ojos pudieron ver el comienzo del primer mensaje por leer: «Daniel, no he tenido el valor de…». No pudo continuar, no pudo seguir leyendo, estaba claro al fin, ella no iba a acudir a la cita. Todo lo que sintió, todo lo que vivió en esos días junto a ella, todo, fue un espejismo, algo que sólo existió en su cabeza, y nada más. Y dolía, claro que dolía. Dolía haber sido un juguete para ella, algo que contar a sus amigas cuando regresase a Barcelona en el primer vermut de fin de semana, para volver después junto a ese tipo que seguro que no era tan frío con ella como le había hecho creer, en ese hogar que ahora estaba convencido de que no debía estar tan vacío, si no había sido capaz de renunciar a él para vivir la aventura de sus vidas.

Qué estúpido se sintió justo entonces al mirar su billete de avión, que asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Pero cómo había sido tan tonto como para creer que ella iba a dejar todo su mundo atrás por él, cómo pudo pensar que ella recogería el billete que había dejado a su nombre, en el mostrador de la compañía, con destino a El Cairo, y se uniría a él en esa puerta de embarque. Pero desde cuándo se había visto a sí mismo como un protagonista de una de esas películas románticas de sobremesa.

Daniel no tuvo ganas de seguir leyendo sus mensajes, no en ese momento. Para qué gastar más energías en esa historia, para qué gastar más energía en ella. Mientras apagaba su teléfono para guardarlo en el bolsillo de su pantalón, la megafonía volvió a sonar con el último aviso para los viajeros con destino a El Cairo. Daniel se levantó despacio del asiento donde había estado esperándola durante horas. Observó cómo las azafatas de la línea recibían sonrientes a los más rezagados en el control. Dudó por un segundo si abandonar esa estúpida idea de hacer ese viaje a Egipto él solo, a pesar de lo mucho que deseó hacerlo durante toda su vida, sobre todo ahora que la locura de cumplir ese sueño junto a Natalia se había ido al garete. Una de las azafatas le sonrió con apremio, tenían que cerrar pronto el acceso y le estaba invitando claramente a decidirse. Miró una última vez sobre su hombro y, con una sonrisa triste, comenzó a caminar con decisión hasta la puerta, con el billete tendido firmemente en su mano, delante de él.

Tan pronto como entró en la cabina de su vuelo, y anduvo unos metros hasta su asiento, hasta sus asientos en realidad, aunque ahora sólo iba a ser el suyo, no tardó en comprobar que los pasajeros que habían embarcado antes que él ya habían ocupado todas las cabinas superiores para el equipaje de mano. Lanzó la chaqueta sobre su asiento con una sonrisa tan cansada como él, y con la mirada baja, dio media vuelta en busca de una azafata que le ayudase a solucionar el problema, pero chocó con otro viajero, otro tardío seguramente. Antes de que pudiera levantar la mirada para pedir disculpas, creyó reconocer los tobillos que flotaban con elegancia sobre unos magníficos stilettos negros, y entonces volvió a escuchar su voz.

—¿No te han enseñado que hacer ghosting es de mala educación?

Daniel levantó la cabeza en un movimiento rápido, no podía ser cierto lo que estaba viendo. Natalia estaba plantada en medio del pasillo con los brazos cruzados y una ceja levantada a modo de interrogación. Daniel quiso abrir la boca, pero ella levantó levemente una de sus manos, dejando claro que era ella quien quería hablar primero.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tuve el valor de huir de esta manera sin hablar antes con él.—Natalia soltó la frase al tiempo que tomaba la maleta de las manos casi inertes de Daniel, para dársela a la azafata que observaba la escena junto a ellos con toda la atención, antes de continuar su discurso—. Si los hubieras leído, habrías sabido que necesitaba unos minutos para hablar con mi marido y para decirle sin rodeos que no iba a volver.

Daniel no podía creer que aquello estuviera sucediendo de verdad, sólo quería abrazarla, necesitaba abrazarla, pero ella pareció notarlo, y frenó su impulso apoyando su mano suavemente en su pecho, acompañando el gesto con una negación de cabeza tan firme como sexy. Él sentía que se derretía por dentro, mientras su cabeza no podía salir de aquella espiral de confusión. Las azafatas esperaban junto a ellos, intrigadas, expectantes, con la esperanza de poder ver el desenlace antes de despegar, y la maleta de Daniel a sus pies. Varios de los viajeros de las filas adyacentes empezaron a darse cuenta de lo que estaba sucediendo en ese avión, y crearon poco a poco con su silencio una atmósfera realmente teatral.

Daniel intentó una vez más abrir la boca para hablar, pero ella puso su índice sobre sus labios para impedirlo, de forma seductora.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tenía ninguna duda de que lo que íbamos a hacer, de lo que estamos haciendo—afirmó con un quiebro en su voz que delataba la emoción que corría por todo su cuerpo, aunque quisiera esconderlo con su actitud—. ¿Y sabes una cosa más? Si hubieras leído mi último mensaje, habrías sabido que, aunque te pudiera parecer una locura, aunque nos hayamos conocido hace apenas unos días, siento que estoy enamorada por completo de ti y que quiero vivir esta locura a tu lado, hasta el final.

Un silencio sepulcral invadió todo por unos segundos, silencio que Daniel se atrevió a romper con una única frase, mientras sentía cómo unos fuegos artificiales llenaban su pecho por completo.

—Perdone señorita, pero creo que está usted ocupando el pasillo, y este vuelo tiene que despegar si quiere que empecemos a vivir el resto de nuestras vidas juntos.

Daniel abrazó a Natalia con todas sus fuerzas, para sellar después con un beso largo y tierno el comienzo de la mayor aventura que había vivido nunca. Cuando tomó asiento junto a ella, con los aplausos del resto de viajeros sonando a su alrededor, Daniel comenzó a reír ante la mirada atónita de Natalia, mientras se prometía a sí mismo no volver a despreciar nunca más los guiones de esas películas ñoñas, que solía poner de fondo los fines de semana a la hora de la siesta.

Relato creado a dos manos con el magnífico escritor Ramón Martínez Martín, registrado al cincuenta por ciento de autoría.

SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.

PROMESAS QUE NO VALEN NADA

Eva introduce la llave con ansiedad en la cerradura de la puerta. Lleva más de una hora intentando no llorar en público, solo quiere entrar en casa para sacar todo ese dolor que la está comiendo por dentro.

Abre la puerta del pequeño apartamento y cierra con rapidez tras de sí. Apoya toda la espalda contra ella, y resbala por la superficie hasta quedar sentada en el suelo. Tira la bolsa que lleva en la mano para tapar con ella su boca. Tontamente intenta sofocar con ese gesto el grito que tanto tiempo ha retenido en su garganta luchando por salir. Dos ríos de lágrimas comienzan a recorrer sobre su rostro el curso que conocen de memoria, tal y como lo han hecho mil veces desde que comenzó su relación con Alex. Nacen de sus ojos, resbalan por sus mejillas como frágiles cascadas hasta desembocar en sus labios, creando un delta en su barbilla. Tantas veces han recorrido su rostro, que en ocasiones Eva se pregunta si los demás han podido apreciar sus surcos sobre la piel.

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Sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas, apoya la cabeza en ellas, mientras las imágenes de su conversación con Alex en el bar, hace poco más de una hora, pasan por su mente en un carrusel. Recuerda el momento en el que decidió no decir nada más después de escuchar sus palabras. «Lo siento Eva, ha pasado algo. Ahora no puedo dejarla, ahora no. Ella está embarazada. Voy a ser padre. Lo nuestro tiene que acabar». Eva levanta la cabeza y da un golpe en el suelo con su mano. Frena con la punta de la lengua la corriente de la última lágrima que llega a sus labios, siente la sal en ella, la saborea durante unos segundos y traga saliva con la mirada perdida en ningún sitio. Respira hondo, recoge la bolsa y se pone en pie al tiempo que dice en voz alta:

—¡Basta ya! 

Avanza por el pasillo hasta el salón, directa a encender el altavoz que espera sobre la estantería, entre libros, vinilos y alguna que otra foto, ninguna con él. Saca el móvil de su bolsillo y busca la canción de Los Piratas que ha cantado a todo pulmón después de cada una de sus peleas, después de cada caída libre en la tóxica montaña rusa en la que ha estado subida estos últimos años. 

«Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí

Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir

Prometo no seguir viviendo así

Prometo no pensar en ti

Prometo dedicarme solamente a mí…»

Sube el volumen. Quiere escuchar la letra desde el baño. Toma la bolsa y camina decidida hacia él. Abre la caja para leer las instrucciones. Dicen que basta con tres minutos. Tras seguir los pasos al pie de la letra, lava sus manos y lleva con ella el test al salón. Lo deposita sobre la mesa de café, programa el reloj de su móvil y se reclina en el sofá. Sólo queda esperar. Cierra los ojos y canta mentalmente la letra que sigue inundando la casa por completo.

«…Y el aire que me sobre alrededor

Y el tiempo que se quede en nada, nada

Nunca más escucharé tu voz

De energía nunca liberada

Promesas que se perderán en estas cuatro paredes

Como lágrimas en la lluvia se irán…»

Los pitidos de la alarma casi se solapan con el final de la canción. Eva aún no quiere abrir los ojos, aunque no necesita abrirlos para saber el resultado. El retraso es de tres semanas. Los pechos hinchados, el cansancio…. Hoy iba a contárselo a Alex en el bar, esperaba hacer el test con él, pero tras sus palabras, decidió que esto era cosa suya, solo suya. 

Con el silencio que la rodea, roto únicamente por el leve sonido eléctrico del altavoz esperando algo que reproducir, Eva abre los ojos, se incorpora y toma el test entre sus manos. Siente como una energía nueva para ella la recorre de los pies a la cabeza. Una sonrisa se dibuja en sus labios y con ojos brillantes, enciende la pantalla de su móvil para buscar la misma canción. Desliza el cursor hasta la mitad, baja un poco el volumen y pulsa el play. Vuelve a reclinarse en el sofá con ambas manos sobre su vientre. Sin apartar la mirada de ellas, y una batería de fuegos artificiales brincando en el centro de su pecho, canta casi en un susurro:

—Y rompo las promesas que me hice a mí. Prometo pensar en ti, ahora prometo sólo pensar en ti…

Eva nunca pensó que tanta felicidad fuera posible, que sin haber visto aún el rostro de esa pequeña personita que comienza a crecer en su interior, pudiera sentir un amor tan puro, un amor en mayúsculas, un amor que nunca tendría fin, este no.

ÉL

Esta noche se cierra la semana de viaje a bordo del Al Andalus con una cena de gala ambientada en los años veinte. Sara piensa que es maravilloso que después de tantos años de servicio, la compañía decida rendir así homenaje a estos vagones, que en pleno siglo XXI, continúan viajando con todo el glamour de aquella época. 

Desde que leyó Asesinato en El Orient Express, siempre ha soñado con poder hacer algún día un viaje en un tren así. Sentada en su compartimento de lujo, con paredes lacadas en madera, observa todo a su alrededor, satisfecha por haber decidido emplear buena parte de sus ahorros en esta aventura.

Sara acerca su rostro al cristal de la ventanilla, contempla la luz violácea del cielo, que poco a poco se viste de noche, mientras deja que sus ojos bailen con el paisaje en movimiento al otro lado, mecida por el relajante traqueteo que la lleva a ese estado de paz siempre que viaja en tren, especialmente durante esta semana, pero esta noche no, esta noche está nerviosa, esta noche quiere acercarse por fin a él. Esta noche quiere acercarse por fin al chico misterioso que ha estado observando en la distancia después de la cena, cada una de las noches de esta semana, en el coche bar. Lo ha visto siempre al final de la barra, en el rincón más discreto, con poca luz, mirada perdida y una delicada copa de cristal tallado con algún licor delante de él. Le atrae su aire hipster retro, corte de pelo a navaja, bigote perfectamente recortado, siempre vestido con camisa y chaleco. Sospecha que no debe viajar en el coche club, como ella. De compartir vagón, podría haberse hecho la encontradiza en el pasillo, y aunque ha estado atenta a la hora del desayuno o en las visitas propuestas en cada parada, tampoco ha coincidido con él, no es de extrañar, el horario de desayuno es flexible, quizás sea poco madrugador, y las visitas son opcionales, y por la soledad que busca cada noche, no deben gustarle los grupos multitudinarios de gente. 

La chica mira el reloj en su muñeca, debería empezar a vestirse para la ocasión. Mientras su cabeza ensaya las palabras del encuentro, se acerca al pequeño armario, saca el vestido para el evento y cuelga la percha de la misma puerta aún entreabierta. Juega con los flecos finos de seda negra que rodean el bajo, acaricia con delicadeza sus cuentas de pedrería en oro viejo y azabache, colocadas en perfectos dibujos geométricos al más puro estilo Art Decó, le encanta. El sonido que precede cada aviso de llegada a las estaciones principales, anuncia la voz de Ana, su guía durante el viaje.

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—Señoras y señores, estamos llegando a Sevilla—indica con su agradable tono de voz—. Como ya saben, el tren quedará estacionado cerca de la entrada a la estación para poder celebrar la fiesta final sin entorpecer el funcionamiento habitual de salida y entrada del resto de trenes. Recuerden que les esperamos en el coche restaurante a las ocho y media para comenzar con la cena de gala. Esperamos que disfruten plenamente de la experiencia.

Mientras la mujer repite el mismo mensaje en cinco idiomas, Sara comienza a prepararse para entrar en la ducha, debe darse prisa, en cuarenta minutos tiene que estar lista.

Después de algunas dudas en cuanto a maquillaje y peinado, Sara observa complacida su imagen en el espejo antes de salir. Pasa una mano con delicadeza sobre las ondas al agua, que no han quedado del todo mal, acomoda en su cabeza la pluma con la cinta de raso negro, y después de tomar aire, abre la puerta para cerrarla con un ligero toque detrás de sí y comenzar a caminar por el pasillo con un puñado de mariposas bailando sin parar en su estómago a cada paso.

Antes de que pueda darse cuenta, perdida en sus pensamientos, se encuentra con la pequeña fila de viajeros que esperan a ser acomodados en la puerta de acceso al vagón. Cuando llega su turno, el maitre la recibe con una sonrisa tan brillante como el dorado de la botonadura y los galones de su chaquetilla blanca impoluta.

—Bienvenida señora—saluda con una ligera inclinación de cabeza—. Si me permite, por aquí por favor.

Sara devuelve el saludo con su sonrisa y sigue al hombre por el pasillo hasta su mesa, en la hilera lateral reservada para las parejas, con asientos de terciopelo granate y lamparitas fijas de luz cálida con pantallas de flecos dorados. Mientras el camarero sirve una copa de champagne, sus ojos hoy más brillantes que nunca, observan las mesas ya ocupadas detrás de ella y las que alcanza a ver a su izquierda, pero no le ve, supone que debe estar en otra mesa idéntica a la suya en el otro extremo del vagón, donde no puede distinguirlo entre las cabezas de los caballeros, algunas brillantes por la gomina, y los tocados de plumas como el suyo de las señoras, la tenue luz tampoco resulta de mucha ayuda. Con música de charlestón y jazz sonando a un volúmen agradable por los altavoces hábilmente disfrazados en la ambientación del lugar, Sara apenas consigue probar el menú elegido para la noche por el nudo que los nervios han instalado en la boca de su estómago, aunque espera el postre con ansiedad, porque después vendrá la copa, y allí estará él. 

Acabada la cena, el grupo va cambiando de vagón entre conversaciones y risas. Aunque Sara participa animada de los comentarios de sus compañeros de mesa, al tiempo que se dirigen a la zona de bar, su mirada vuela directa al rincón de la barra incluso antes de entrar, con la esperanza de encontrar al misterioso viajero en su rincón. Alcanza a ver la copa, pero no a él. «Debe estar en el aseo», piensa intentando tranquilizarse mientras toma asiento en su mesa habitual, donde tan solo un minuto después, el camarero sirve diligentemente otra copa de champagne, que ella lleva a sus labios sin apartar la mirada de la barra. A media copa, él aún no ha aparecido.

—Sara, estás preciosa esta noche.—La voz de Ana, la guía del grupo, consigue desviar su atención. 

—¡Ana! Perdona, no te he visto llegar—responde con una sonrisa a modo de disculpa ante su saludo—. Tú también estás muy guapa esta noche.

La verdad es que la mujer está impresionante en un vestido azul oscuro, con su melena corta y el collar largo de perlas alrededor de su cuello. «Claro, cómo no lo he pensado antes, Ana debe conocer a todos los viajeros, ella sabrá decirme algo sobre él», piensa inmediatamente. Con un par de golpes en el asiento contiguo, invita a Ana a sentarse junto a ella. La mujer acepta la invitación y alza su mano al camarero para pedir dos copas más.

—¿Qué tal la cena? ¿Te ha gustado?—pregunta la guía con su mejor sonrisa.

—Mucho, la verdad es que me ha sorprendido que el menú se haya diseñado siguiendo la moda de la época—comenta Sara por educación, con la mente puesta en lo que realmente quiere saber—. Perdona Ana, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, dime—contesta ella al tiempo que agradece al camarero las bebidas que ya descansan en su mesa, para dedicar después la mirada a Sara, quien toma un trago de su copa y carraspea un poco antes de hablar. 

—Verás, yo… Quería preguntarte, ¿tú has visto esta noche al chico que suele sentarse en el rincón de la barra? Esperaba poder hablar con él esta noche…—Sara suelta todo de carrerilla, sin poder evitar bajar la mirada con pudor al sentir cómo sus mejillas comienzan a arder.

Unos segundos de silencio se instalan entre las dos. Cuando Sara lo nota, levanta la mirada para encontrarse con los ojos de Ana clavados en ella con extrañeza.

—Ah… Ya veo—dice de repente la mujer después de soltar una risa discreta—. Alguno de los camareros te lo ha contado ya…

—¿Contarme? ¿El qué? No entiendo —responde Sara confusa.

—Ya sabes, nuestro pequeño ritual…—sugiere Ana con media sonrisa.

Sara la observa fijamente y niega con la cabeza, invitándola a continuar. La guía endurece un poco su gesto, parece sospechar que es cierto que no sabe nada.

—Verás, al parecer durante el primer viaje original de este tren, uno de los ingenieros sufrió un infarto. Cuentan que falleció en el bar la primera noche a bordo, y que su espíritu continúa aquí, empeñado en acabar su viaje—narra la mujer sin apartar sus ojos de los de Sara, que escucha con atención en total silencio—. El dueño de Wagonlit  comenzó entonces con el ritual que llega hasta hoy, la costumbre de poner una copa de whisky al final de la barra, lo mismo que él estaba tomando aquella noche. Ya ves, una mera superstición para evitar incidentes en los viajes. De hecho, el ingeniero sale en la foto de grupo del viaje inaugural que mantenemos enmarcada justo en esa esquina, si quieres te enseño quién es ¿De verdad me vas a decir que no lo sabías?

Sara no contesta, deja a Ana perpleja en la mesa y se levanta despacio, para acercarse al grupo de fotos antiguas a las que nunca había prestado atención hasta entonces. Con cada uno de sus pasos, el nudo que atenaza el centro de su pecho se cierra cada vez más. No necesita que nadie le muestre nada. Un escalofrío recorre su espalda y la deja sin respiración al descubrir, entre los hombres que sonríen en la imagen de tonos sepia, el rostro atractivo del hombre de perfecto corte a navaja y bigote recortado, que viste camisa y chaleco, el hombre de mirada perdida que ha estado viendo cada noche en el mismo lugar.