TURNO DE NOCHE

Adrián aparca su moto en la zona designada a los empleados de seguridad, dentro del muelle de carga de la gran torre de oficinas, su nuevo lugar de trabajo. Guarda los guantes y el casco en su baúl trasero, mientras intenta controlar las hormigas que corretean por su estómago, no puede evitar los nervios de su primer día. A sus veinticinco años, necesita un trabajo que le ayude a pagar sus estudios en criminología, así que no lo ha pensado dos veces cuando uno de sus profesores le ha puesto en contacto con esta empresa.

Antes de seguir las instrucciones para tomar el montacargas que lo llevará a la sala de control, observa por un segundo los muelles totalmente vacíos. Los toros de descarga de material esperan aparcados a que comience un nuevo día para ponerse en marcha, las motocicletas de vigilancia, que seguramente deberá usar en algún momento de la noche para controlar que todo está en orden, en las más de dos mil plazas de estacionamiento para empleados, también esperan perfectamente aparcadas en batería con el logo de SegurDetect bien visible en el chasis, con los colores corporativos, gris y azul. Con un escalofrío, Adrián sube un poco más la cremallera de su chaqueta touring de invierno y acomoda la braga de cuello que aún no se ha quitado, el aire helado del invierno se cuela por todas las verjas de acceso, cerradas ahora por seguridad. El silencio es absolutamente sobrecogedor, sólo interrumpido por el silbido del viento que se cuela por las rendijas de las puertas y las rejas, la impresión se acentúa cuando cae en la cuenta de que se encuentra en el sótano de la gran mole de acero, cemento y cristal de veintitrés plantas de altura, construida sobre las cenizas del edificio Windsor, aquella enorme mole que ardió hasta sus cimientos allá en el dos mil cinco, cuando tan solo era un crío.

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VENGANZA

(Relato Completo)

El inspector Martínez, conducía bajo la torrencial lluvia a toda velocidad. Hacía apenas unos minutos que su cerebro se había iluminado como una bombilla, descubriendo la explicación al caso que había estado atormentándolo, con saña, durante el último mes. El limpiaparabrisas se movía frenéticamente, tratando de expulsar las gotas de lluvia del cristal, y el vehículo se deslizaba por el asfalto de forma temeraria, impulsado por la urgencia con la que el policía pisaba el gastado acelerador de su coche de alta gama. El tiempo se agotaba. Si no reaccionaba ya, el sospechoso podría escapar en cualquier momento. Ahora lo comprendía al fin. ¿Cómo no se le había ocurrido buscar ahí antes? ¿Cómo había podido estar tan ciego? Con la mirada perdida en la sinuosa carretera, no pudo evitar que su intrépida mente viajase al momento en el que estalló todo.

Aquella noche el inspector estaba a punto de pedir la cuenta en el restaurante donde había tenido una magnífica cena con su último ligue, la tremenda rubia que trabajaba como recepcionista en el turno de mañana de la consulta de su odontóloga. Una mujer con unas curvas monumentales que compensaban con creces su intensa verborrea, la cual Martínez se moría por acallar de mil maneras en cuanto salieran de allí, todas ellas sobre la enorme cama de su apartamento. Antes de poder levantar el brazo en busca del camarero, el sonido estridente de su móvil rompió el silencio, y al ver el número de uno de sus subordinados en la pantalla, la promesa de un memorable fin de fiesta se esfumó ante sus ojos como por arte de magia. Supo que la noche de buen sexo tendría que esperar en cuanto contestó a la llamada y escuchó los balbuceos del pobre chaval, que además de disculparse por haber tenido que molestarlo en su día libre, le comunicaba que necesitaban su presencia en la escena de un crimen que acababan de descubrir hacía pocos minutos.

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LA ESCAPADA

Aquella tarde estaba realmente nerviosa, tenía el extraño presentimiento de que algo importante iba a ocurrir. Sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la espesura del bosque de la zona de la Valduerna, no podía dejar de pensar que en tan sólo unas horas nos reuniríamos con la tía de mi novio y su marido para pasar el fin de semana juntos. 

Estaba nerviosa y expectante a la vez, Carmela, su tía paterna, era una mujer muy especial, de mirada azul grisácea hipnótica y de una belleza misteriosa que seguía llamando la atención a sus casi sesenta años. Lo que más me apasionaba de aquella mujer, además de su estilo desenfadado y juvenil, y su pelo corto casi blanco, siempre fue su energía cálida y pacificadora. Sergio ya me lo advirtió camino de la casa de sus padres, antes de presentarme a toda la familia en aquel almuerzo por su cumpleaños, tan sólo un par de meses después de empezar a salir juntos. Los ojos plateados de aquella mujer me impactaron de un modo desconocido. Tan pronto como la tuve frente a mí, una sensación de calidez, de hogar, me recorrió de pies a cabeza, de un modo aún más acusado cuando la escuché decir mi nombre y tomó mi mano para llevarme al salón, donde todos esperaban. Durante aquel almuerzo no dejamos de hablar ni un segundo, su sonrisa me calmaba, la sentí ya familia a pesar de habernos conocido tan solo momentos antes. Cuando llegó el momento de despedirnos, me rodeó con sus brazos para darme un abrazo sentido, de esos que salen del corazón; en ese momento tuve la sensación de haberla conocido siempre, despertando en mí la necesidad de seguir aún más tiempo a su lado, sin saber por qué. Luego, después de besar mi mejilla en un gesto maternal, soltó aquellas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón para siempre: «¡Cuánto me alegro de habernos encontrado, niña!».

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LA FLOR DEL LIRIO

El eco de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calzada llega hasta los oídos de Ofelia. Un nuevo viajero acaba de atravesar el arco de entrada a la ciudad que rompe la muralla en la calle de Carders, en plena almendra de la ciudad de Barcelona. Ofelia limpia las manos en su mandil, y agudiza el oído. Toda la calle está repleta de hostales, todos ansiosos y listos para recibir a los comerciantes, a los mercaderes, incluso a las amas de cría que ofrecen la leche caliente de sus repletos cántaros de carne y hueso a las familias de alta cuna, cuyas nobles madres no pueden amamantar a sus retoños. 

—¿Qué te apuestas a que hoy tenemos nuevo huésped?—Ofelia reta al cocinero que se afana en preparar el puchero del famoso guiso de carne del hostal para ponerlo al fuego—. Venga dí… ¿Cuánto apostamos?¿Medio croat?

El cocinero limpia el sudor de su frente con el mismo trapo con que repasa la cuchara de palo que mete después en el guiso para remover bien el tomillo y el romero que acaba de añadir, y mira a la gobernanta con cara de pocos de pocos amigos.

—Mira mujer, déjame de juegos y memeces. No estoy yo para murgas… Se nos acaba la carne, estas son las últimas piezas de cadera que teníamos—dice apuntando con su mano libre al puchero de barro que ya comienza a bullir en el fuego de la enorme chimenea de la cocina del Flor del Lirio—. Más nos vale que entre ese desgraciado y nos deje varios croats de su bolsa. Si no, a ver cómo diantres vas a conseguir tú más de esto. Te recuerdo que sacamos tantos dineros con mi guiso de carne como con las habitaciones que renta la señora, y si no hay carne no hay guiso, y si no hay guiso…

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LIBRES

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

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DESPERTAR

Laura busca como puede la llave de su coche en el bolsillo del pantalón. Lleva a su hija Kathia de la mano, ambas tratan de caminar controlando el bamboleo de las bolsas de viaje que cuelgan de sus hombros, bolsas en las que, en su desesperación por salir de la casa cuanto antes, la mujer sólo ha podido meter las cuatro cosas más importantes. No quiere pulsar el botón de apertura remota de su Golf para evitar que algún vecino curioso pueda escuchar algo y salga a su encuentro para para acribillarla a preguntas hasta conocer su destino. Quiere evitar dar explicaciones, necesita salir de allí cuanto antes. Con mano temblorosa, introduce la llave en la cerradura, abre el maletero, tira su bolsa al interior y anima a su hija a hacer lo mismo con un golpe de cabeza. Cierra el portón despacio perdiendo un tiempo que sabe que no tiene, para acompañar después a su hija al asiento del copiloto, ayudarla a acomodarse y cerrar la puerta con idéntica calma tensa. Antes de introducir la llave en el contacto, Laura la observa por un segundo cuando se sienta frente al volante. Kathia, su pequeña de trece años, tiene la mirada perdida y obedece a sus gestos sin expresión alguna, quiere creer que su apatía se debe a las pastillas que ha disuelto en el vaso de cacao de la merienda, algo que sabía era necesario no sólo por lo que pudiera pasar por el camino, sino para el momento en el que se reunieran con su madre.

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EL PISO

María trabaja en una empresa de limpieza a domicilio, siempre en turno de noche desde que se quedó sola. Hoy toca limpiar a fondo un ático de cuatro habitaciones, dos baños, cocina y salón, debe dejarlo a punto para la entrada de sus nuevos inquilinos. Está contenta, pagan el doble por cada hora de trabajo, algo excepcional en los días que corren y en estos turnos de mierda. El trabajo ha surgido con cierta urgencia. Los nuevos inquilinos han adelantado su mudanza y el casero, amigo personal de su jefe, le ha pedido este favor.

Son las once de la noche, hace frío, mucho frío, normal en pleno mes de diciembre en Madrid. María acomoda la bufanda de lana gruesa sobre su cuello y camina con cierta inquietud. Sus pasos resuenan sobre los adoquines de piedra de la Calle del Almendro. Es un lunes, y el Barrio de la Latina, siempre atestado de gente de miércoles a domingo, se muestra ahora solitario y vacío. Tiene que acudir a la Calle del Pretil de Santisteban, al número cuatro para ser exactos. Se supone que Fabián, el amigo de su jefe, debería esperarla en el portal para acompañarla hasta la vivienda. Nada más girar la calle, lo encuentra fumando junto a la puerta, encogido bajo su chaquetón acolchado.

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LA CALETA

Sara baja del taxi y, con la mirada perdida en el pequeño edificio de apartamentos turísticos junto al que han estacionado, espera a que su amiga Lola salga también. Escucha la puerta del conductor y su charla amigable con Lola mientras saca su equipaje del maletero, pero está tan embobada observando la humilde fachada, que sólo reacciona con el sonido del motor del vehículo cuando arranca para seguir su camino. Sara recoge su maleta sin decir nada, su amiga tampoco habla, imagina que porque ella también se ha dado cuenta de que están al menos en décima línea de playa, a pesar de que el anuncio prometía vistas al mar. 

Con cierta sospecha de flagrante estafa creciendo poco a poco en su interior, Sara consigue localizar su casillero guarda llaves entre el enjambre de pequeñas cajetillas colgadas unas sobre otras, perfectamente alineadas a ambos lados del portal, en una especie de gymkana absurda a base de prueba y error con cada una de ellas, ya que el sol ha desgastado hace tiempo los números que marcan el apartamento correspondiente.

—Es que no falla, ¡joder!—exclama Lola por fin en un estallido que resuena en el eco del callejón—. Siempre que elijo yo el apartamento la cago. No aprendo… ¡Es que no aprendo! Y lo peor de todo es que sé que me lo vas a estar recordando cada día hasta el año que viene. 

Sara, deja la maleta junto a la puerta, y con la llave en la mano, sin mirar a su amiga, suelta con sorna:

—Hombre, dos semanas en Cádiz en pleno mes de agosto por ochocientos euros en un apartamento con dos camas, cuarto de baño, cocina americana y terraza, a un paso de la Playa de la Caleta, tal y como está la cosa, podría haberte hecho sospechar algo…

Después de un segundo de silencio mortal, su carcajada a dúo resuena en el barrio de pescadores de La Viña, que a pesar de estar rayando el mediodía, parece que comienza a despertar.

Lola, aún entre risas, seca con la mano el sudor que empieza a perlar su frente por la humedad.

—Odio estos sudores del primer día en la playa—protesta con media sonrisa mientras seca la palma de su mano sobre el bolsillo trasero de su short vaquero para limpiarla—. Me siento como una cerda hasta que consigo acostumbrarme.

—Venga anda princesa, cuélgate tu mochila de una vez y vamos a descubrir las maravillas que nos depara este palacio—responde Sara con una reverencia teatral para introducir la llave después en la cerradura.

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CAMPAMENTO DE VERANO

Respiro hondo antes de llamar a la puerta. La Srta. Roch, mi tutora en esta mierda de campamento, quiere verme. Sé lo que me va a decir, que la he cagado, pero no quiero saber las consecuencias, y menos que las sepa el capullo de mi abuelo.

Golpeo un par de veces con los nudillos. 

―¿Se puede? —Mi voz suena menos segura de lo que me gustaría.

―Pasa, Bruno. Adelante ―La suya es puro hielo en estos momentos.

Al entrar, encuentro a la Srta. Roch en pie junto a la ventana, de espaldas a mí. No puedo evitar pensar que para ser una treintañera está bastante potente. No se gira al oírme entrar, pero con un gesto de mano, me pide que me siente frente a su escritorio. Esto pinta mal.

―¿Sabes Bruno? Cuando llegaste aquí al comienzo del verano, nunca pensé que acabarías en esa silla, al menos no por estos motivos. El día que te di la bienvenida a XtremeGenius parecías un chaval tímido, hasta apocado, y ahora mírate, el gallo en el corral del campamento. Has superado con creces a los veteranos: botellas de alcohol robadas, escapadas nocturnas con tus secuaces, visitas al ala de las chicas por la noche. Te has convertido en toda una joya. 

Sé que debería mostrarme arrepentido, pero qué coño, todo eso lo he hecho yo. Sonrío en el peor momento. Ella se acaba de girar.

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LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

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