EL RELOJ

Compruebo una vez más la hora en el móvil que descansa junto a mi café, sobre la mesa. Quizás debería haber escogido otro sitio para vernos, pero esta cafetería me envuelve y me tranquiliza. Adoro el burbujeo de la cafetera, el murmullo de las conversaciones de las personas que desayunan en las mesas contiguas, el tintineo de los platillos al chocar con las tazas, que los camareros se afanan en llenar de café al otro lado de la barra, y ese olor a tostadas recién hechas. 

Nuestra amiga Elena, bueno Helen para nosotros, aparece por la puerta corriendo como siempre, con su maraña de rizos negros flotando sobre sus hombros. Entorna los ojos con esa sonrisa rebelde que hace que deseches la idea de regañarla por llegar tarde, como siempre. Tira su bolso sobre la mesa y resopla mientras se quita su cazadora vaquera.

—Nacho, te juro que esta vez iba a salir con tiempo, pero no encontraba el otro pendiente y… —saluda con la respiración agitada, seguro que ha subido las escaleras del metro de dos en dos.

Helen se inclina sobre la mesa para darme dos besos, su olor a pachuli me abraza como ella, y luego toma asiento frente a mí. Levanto la mano para llamar al camarero, que no tarda en acudir para apuntar nuestra comanda. Ella pide un té americano, yo otro café solo.

—Bueno tío, qué pasa. ¿Qué es eso que me quieres contar de Alex? —Pregunta al tiempo que posa su mano sobre la mía unos segundos en un gesto reconfortante—. Ayer me dejaste preocupada.

Anoche, mientras Alex estaba fuera, Helen y yo estuvimos hablando más de una hora, sin terminar de contarle lo que en realidad quería decir. Sé que ella es la única persona en el mundo que puede entender lo que tengo en la cabeza, este es el momento de soltarlo, así que tomo aire y decido dejarme de rodeos.

Helen, Alex ha cambiado. No es el mismo de siempre, no sé qué le pasa—suelto del tirón antes de que pueda arrepentirme de haberlo dicho al fin en voz alta.

—¿Cómo que ha cambiado?… ¿Qué quieres decir?—Dice con su naricilla arrugada y los hombros alzados a modo de interrogación.

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HUGO

Erika hubiera sido una compañera más de primero de Psicología para Hugo, si no le hubiera sonreído en la cafetería de la Facultad aquella tarde; pero lo hizo, y desde ese preciso instante, él decidió pasar todo el tiempo posible cerca de ella. Quería saber todo de esa chica preciosa y sonriente, de melena rubia y ojos castaños, de cuerpo menudo pero contorneado.

Desde aquella sonrisa, solo necesitó un par de días más para reunir el coraje necesario y dar el paso de acompañarla hasta su casa. A pesar de ser una fría tarde de finales de octubre, no le importó esperar en la acera de enfrente a que ella entrase en su portal. Esperó incluso hasta ver encendida a su llegada la luz del cuarto piso del pequeño bloque de apartamentos para estudiantes en el que la chica vivía.

A la mañana siguiente, sentado en su rincón habitual de la cafetería, delante de su café americano sin azúcar y su croissant, y muy cerca de Erika, pudo escuchar como su amor invitaba a todo el grupo de chupópteros que babeaban continuamente a su alrededor, a la fiesta que daba esa misma noche en su piso. Al parecer, la compañera con la que convivía decidió viajar a su pueblo para aprovechar el puente de Todos los Santos, así que tenía el apartamento para ella sola. Las únicas condiciones para asistir al evento, fueron llevar algo de alcohol e ir disfrazado. Tan pronto como sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases, Hugo apuró de un sorbo lo que quedaba de café, y en un par de zancadas de sus piernas largas y delgadas, consiguió tomar la posición perfecta para poder caminar hacia el aula detrás de Erika y su amiga sin llamar la atención, y menos mal que pudo hacerlo, de otro modo no se habría enterado de que ella pensaba disfrazarse de ángel. En ese momento, una mueca en forma de sonrisa se dibujó en el rostro de Hugo, marcado por un acné agresivo que no terminaba de darse por vencido, mientras colocaba su portátil sobre la mesa en la que tomó asiento una fila más atrás de las chicas. Cerró los ojos un segundo para inspirar profundamente el perfume suave de su amada, que llegaba tenue hasta su nariz, para abrir después el buscador y comenzar a idear su disfraz, tenía que ser rápido si quería tenerlo listo en tan solo unas horas.

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EL RUIDO

—Marcos, ¿me recibes?. Cambio.

Levanto el dedo del botón del walkie, no hay respuesta. Carraspeo inquieto y vuelvo a intentarlo.

—Marcos,tío…, ¿me recibes? Cambio.

—Joder, ya no puede uno ni ir a cagar tranquilo. Sí, te recibo, te recibo. ¡Cambio!—El tono de su voz no suena demasiado amigable, pero necesito que sepa que voy a entrar.

—Marcos,tío… lo he vuelto a oír. Estoy en la puerta, y lo he vuelto a oír. Cambio.

—¿Otra vez Juanjo? Pero si hace media hora revisaste todo y no viste nada. Que ya te lo he dicho tío, este sitio tiene más años que Cascorro. Seguro que hay una rata en las cañerías, o se ha colado por la ventana cuando ventilaba Puri después de fregar. ¿Has vuelto a entrar? Cambio.

—Quería asegurarme de que estás ahí por si hay algo raro. Entro, tío. Ahora te digo. Cambio —Mi voz tiembla ligeramente antes de soltar el botón de mi walkie, que me devuelve la carcajada de mi compañero por su altavoz algo distorsionada por las interferencias.

—Jajaja. Vaya “segurata de pacotilla que estás hecho. Estás cagao. Cambio y corto.

Odio esta mierda de trabajo en este edificio de mierda. Me pone los pelos de punta, no sé por qué. Mi mano izquierda tiembla, apoyada en la porra que cuelga de mi cinturón. Estoy frente al baño de señoras del sótano del Museo Reina Sofía, en la segunda ronda de la noche. De nuevo un ruido extraño ha salido del interior. 

Engancho el walkie en el soporte de mi cinturón y tomo la linterna. Cada noche, el sistema desconecta todas las luces del edificio, todas salvo las de emergencia, y las de la sala de control, en la que está mi compañero Marcos ahora mismo con ese estúpido de Salva que no hace más que descojonarse de mí y de mis supuestas manías con los dichosos ruidos. Los pilotos de emergencia alumbran lo suficiente para las rondas, pero para entrar en ese puto baño necesito más luz, así que tomo mi linterna para cerciorarme una vez más de que aquí dentro no hay nada. Inspiro profundamente y abro la puerta despacio. Las bisagras chirrían lastimeras, no puedo evitar pensar en lo típico de la escena, propia de una película de terror de serie B.

De pie, en el umbral, recorro lentamente con el haz de luz la zona de los lavabos, atento a cualquier sonido. Silencio. Bloqueo la puerta con la cuña de madera que Puri, la limpiadora, deja siempre sobre el dintel, la quiero abierta, la necesito abierta para aliviar un poco esta sensación de claustrofobia que me aprieta el pecho cada vez que piso esta estancia.

Doy un par de pasos, me agacho para recorrer con la luz la parte inferior de los cubículos de los retretes antes de abrir uno por uno a golpe de pie, con la mano libre aferrada al mango de mi porra, prefiero estar preparado por si tengo que usarla. Nada, aquí no hay nada más que olor a lejía, a baño recién limpio. Dejo la porra de nuevo en mi cinturón con la intención de agarrar el walkie y dar el parte a Marcos, preparado para una nueva carcajada del capullo de Salva. Antes de desengancharlo, vuelvo a escuchar ese ruido de arañazos, esta vez más claro, mucho más claro. Sale de debajo del suelo, justo donde estoy parado. Se me erizan los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi columna de arriba a abajo. 

—Tranquilo Juanjo, contrólate que pareces nuevo, coño. ¿No ves que sale de aquí abajo? Esto es una rata y punto—susurro para mis adentros.

Levanto un pie despacio, luego otro, como si fuera a encontrar algo debajo de ellos. Tomo aire, y con un movimiento lento, golpeo el suelo dos veces con la esperanza de que el zapatazo asuste al roedor. La sangre se congela en mis venas cuando en el silencio, bajo el halo de la luz de la linterna, escucho dos arañazos, idénticos en cadencia y duración a mis golpes.

—¡Venga ya! ¡Una mierda! —suelto cabreado en voz alta, como si alguien pudiera oírme—. ¿Pero qué coj…?

No acabo la frase, no me lo permito. Esto no tiene sentido alguno. Seco el sudor frío de mi frente con el brazo, apoyo la linterna en el suelo, tomo la porra y con las dos manos golpeo el suelo con ella otras dos veces, con toda la fuerza de la que soy capaz. 

—Pero Juanjo, ¡¿qué coño haces?! —Marcos aparece en el umbral de la puerta y me mira desconcertado—. Te estoy llamando al walkie y no me has hecho ni puto caso.

Me llevo el índice a los labios para rogar silencio a mi compañero.

—Marcos, hay algo o alguien aquí debajo, verás —susurro en voz baja y vuelvo a golpear dos veces para hacer el gesto de silencio una vez más a la espera de los putos arañazos.

Ahí están altos y claros.

—¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Devuelve los golpes! Te dije que aquí había algo,¡joder!—exclamo en voz alta con la respiración agitada. 

Marcos se acerca y apunta a mi rostro con su propia linterna. Me tapo los ojos instintivamente con la mano, aún arrodillado en el suelo. Noto los latidos de mi propio corazón en mis sienes. No entiendo que mi compañero no reaccione ante lo que acaba de suceder. Veo como se acerca hacia mí despacio, su expresión ha cambiado. Se agacha a mi altura y pone su mano en mi hombro.

—Juanjo, escúchame bien. —Me sacude ligeramente para llamar mi atención, totalmente enfocada en el suelo de baldosas—. Juanjo, tío… No ha sonado nada, absolutamente nada. Aquí no hay nada. ¿Qué cojones te pasa? 

Miro a un compañero sin verlo en realidad. Sacudo el contacto de su mano con un movimiento brusco, mis ojos, totalmente desorbitados, regresan a la superficie de cerámica blanca desgastada mientras los arañazos siguen sonando en mis oídos, cada vez más fuerte, más seguidos, más cercanos.

SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.

ÉL

Esta noche se cierra la semana de viaje a bordo del Al Andalus con una cena de gala ambientada en los años veinte. Sara piensa que es maravilloso que después de tantos años de servicio, la compañía decida rendir así homenaje a estos vagones, que en pleno siglo XXI, continúan viajando con todo el glamour de aquella época. 

Desde que leyó Asesinato en El Orient Express, siempre ha soñado con poder hacer algún día un viaje en un tren así. Sentada en su compartimento de lujo, con paredes lacadas en madera, observa todo a su alrededor, satisfecha por haber decidido emplear buena parte de sus ahorros en esta aventura.

Sara acerca su rostro al cristal de la ventanilla, contempla la luz violácea del cielo, que poco a poco se viste de noche, mientras deja que sus ojos bailen con el paisaje en movimiento al otro lado, mecida por el relajante traqueteo que la lleva a ese estado de paz siempre que viaja en tren, especialmente durante esta semana, pero esta noche no, esta noche está nerviosa, esta noche quiere acercarse por fin a él. Esta noche quiere acercarse por fin al chico misterioso que ha estado observando en la distancia después de la cena, cada una de las noches de esta semana, en el coche bar. Lo ha visto siempre al final de la barra, en el rincón más discreto, con poca luz, mirada perdida y una delicada copa de cristal tallado con algún licor delante de él. Le atrae su aire hipster retro, corte de pelo a navaja, bigote perfectamente recortado, siempre vestido con camisa y chaleco. Sospecha que no debe viajar en el coche club, como ella. De compartir vagón, podría haberse hecho la encontradiza en el pasillo, y aunque ha estado atenta a la hora del desayuno o en las visitas propuestas en cada parada, tampoco ha coincidido con él, no es de extrañar, el horario de desayuno es flexible, quizás sea poco madrugador, y las visitas son opcionales, y por la soledad que busca cada noche, no deben gustarle los grupos multitudinarios de gente. 

La chica mira el reloj en su muñeca, debería empezar a vestirse para la ocasión. Mientras su cabeza ensaya las palabras del encuentro, se acerca al pequeño armario, saca el vestido para el evento y cuelga la percha de la misma puerta aún entreabierta. Juega con los flecos finos de seda negra que rodean el bajo, acaricia con delicadeza sus cuentas de pedrería en oro viejo y azabache, colocadas en perfectos dibujos geométricos al más puro estilo Art Decó, le encanta. El sonido que precede cada aviso de llegada a las estaciones principales, anuncia la voz de Ana, su guía durante el viaje.

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—Señoras y señores, estamos llegando a Sevilla—indica con su agradable tono de voz—. Como ya saben, el tren quedará estacionado cerca de la entrada a la estación para poder celebrar la fiesta final sin entorpecer el funcionamiento habitual de salida y entrada del resto de trenes. Recuerden que les esperamos en el coche restaurante a las ocho y media para comenzar con la cena de gala. Esperamos que disfruten plenamente de la experiencia.

Mientras la mujer repite el mismo mensaje en cinco idiomas, Sara comienza a prepararse para entrar en la ducha, debe darse prisa, en cuarenta minutos tiene que estar lista.

Después de algunas dudas en cuanto a maquillaje y peinado, Sara observa complacida su imagen en el espejo antes de salir. Pasa una mano con delicadeza sobre las ondas al agua, que no han quedado del todo mal, acomoda en su cabeza la pluma con la cinta de raso negro, y después de tomar aire, abre la puerta para cerrarla con un ligero toque detrás de sí y comenzar a caminar por el pasillo con un puñado de mariposas bailando sin parar en su estómago a cada paso.

Antes de que pueda darse cuenta, perdida en sus pensamientos, se encuentra con la pequeña fila de viajeros que esperan a ser acomodados en la puerta de acceso al vagón. Cuando llega su turno, el maitre la recibe con una sonrisa tan brillante como el dorado de la botonadura y los galones de su chaquetilla blanca impoluta.

—Bienvenida señora—saluda con una ligera inclinación de cabeza—. Si me permite, por aquí por favor.

Sara devuelve el saludo con su sonrisa y sigue al hombre por el pasillo hasta su mesa, en la hilera lateral reservada para las parejas, con asientos de terciopelo granate y lamparitas fijas de luz cálida con pantallas de flecos dorados. Mientras el camarero sirve una copa de champagne, sus ojos hoy más brillantes que nunca, observan las mesas ya ocupadas detrás de ella y las que alcanza a ver a su izquierda, pero no le ve, supone que debe estar en otra mesa idéntica a la suya en el otro extremo del vagón, donde no puede distinguirlo entre las cabezas de los caballeros, algunas brillantes por la gomina, y los tocados de plumas como el suyo de las señoras, la tenue luz tampoco resulta de mucha ayuda. Con música de charlestón y jazz sonando a un volúmen agradable por los altavoces hábilmente disfrazados en la ambientación del lugar, Sara apenas consigue probar el menú elegido para la noche por el nudo que los nervios han instalado en la boca de su estómago, aunque espera el postre con ansiedad, porque después vendrá la copa, y allí estará él. 

Acabada la cena, el grupo va cambiando de vagón entre conversaciones y risas. Aunque Sara participa animada de los comentarios de sus compañeros de mesa, al tiempo que se dirigen a la zona de bar, su mirada vuela directa al rincón de la barra incluso antes de entrar, con la esperanza de encontrar al misterioso viajero en su rincón. Alcanza a ver la copa, pero no a él. «Debe estar en el aseo», piensa intentando tranquilizarse mientras toma asiento en su mesa habitual, donde tan solo un minuto después, el camarero sirve diligentemente otra copa de champagne, que ella lleva a sus labios sin apartar la mirada de la barra. A media copa, él aún no ha aparecido.

—Sara, estás preciosa esta noche.—La voz de Ana, la guía del grupo, consigue desviar su atención. 

—¡Ana! Perdona, no te he visto llegar—responde con una sonrisa a modo de disculpa ante su saludo—. Tú también estás muy guapa esta noche.

La verdad es que la mujer está impresionante en un vestido azul oscuro, con su melena corta y el collar largo de perlas alrededor de su cuello. «Claro, cómo no lo he pensado antes, Ana debe conocer a todos los viajeros, ella sabrá decirme algo sobre él», piensa inmediatamente. Con un par de golpes en el asiento contiguo, invita a Ana a sentarse junto a ella. La mujer acepta la invitación y alza su mano al camarero para pedir dos copas más.

—¿Qué tal la cena? ¿Te ha gustado?—pregunta la guía con su mejor sonrisa.

—Mucho, la verdad es que me ha sorprendido que el menú se haya diseñado siguiendo la moda de la época—comenta Sara por educación, con la mente puesta en lo que realmente quiere saber—. Perdona Ana, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, dime—contesta ella al tiempo que agradece al camarero las bebidas que ya descansan en su mesa, para dedicar después la mirada a Sara, quien toma un trago de su copa y carraspea un poco antes de hablar. 

—Verás, yo… Quería preguntarte, ¿tú has visto esta noche al chico que suele sentarse en el rincón de la barra? Esperaba poder hablar con él esta noche…—Sara suelta todo de carrerilla, sin poder evitar bajar la mirada con pudor al sentir cómo sus mejillas comienzan a arder.

Unos segundos de silencio se instalan entre las dos. Cuando Sara lo nota, levanta la mirada para encontrarse con los ojos de Ana clavados en ella con extrañeza.

—Ah… Ya veo—dice de repente la mujer después de soltar una risa discreta—. Alguno de los camareros te lo ha contado ya…

—¿Contarme? ¿El qué? No entiendo —responde Sara confusa.

—Ya sabes, nuestro pequeño ritual…—sugiere Ana con media sonrisa.

Sara la observa fijamente y niega con la cabeza, invitándola a continuar. La guía endurece un poco su gesto, parece sospechar que es cierto que no sabe nada.

—Verás, al parecer durante el primer viaje original de este tren, uno de los ingenieros sufrió un infarto. Cuentan que falleció en el bar la primera noche a bordo, y que su espíritu continúa aquí, empeñado en acabar su viaje—narra la mujer sin apartar sus ojos de los de Sara, que escucha con atención en total silencio—. El dueño de Wagonlit  comenzó entonces con el ritual que llega hasta hoy, la costumbre de poner una copa de whisky al final de la barra, lo mismo que él estaba tomando aquella noche. Ya ves, una mera superstición para evitar incidentes en los viajes. De hecho, el ingeniero sale en la foto de grupo del viaje inaugural que mantenemos enmarcada justo en esa esquina, si quieres te enseño quién es ¿De verdad me vas a decir que no lo sabías?

Sara no contesta, deja a Ana perpleja en la mesa y se levanta despacio, para acercarse al grupo de fotos antiguas a las que nunca había prestado atención hasta entonces. Con cada uno de sus pasos, el nudo que atenaza el centro de su pecho se cierra cada vez más. No necesita que nadie le muestre nada. Un escalofrío recorre su espalda y la deja sin respiración al descubrir, entre los hombres que sonríen en la imagen de tonos sepia, el rostro atractivo del hombre de perfecto corte a navaja y bigote recortado, que viste camisa y chaleco, el hombre de mirada perdida que ha estado viendo cada noche en el mismo lugar.

TENEMOS QUE HABLAR…

—Es mejor que nos vayamos, estás temblando —dice Jose mirando a Eva.

Ella, acurrucada bajo su brazo, blanca como la nieve, asiente con la cabeza sin decir nada. No se atreve a mirarle a los ojos para contestar, sabe que está molesto. Otro fin de semana arruinado por sus rarezas. Sabe que acaba de tumbar otro momento especial, y todo por no ser sincera con él. Después de tanto tiempo preparando este viaje a Mérida, y la visita al Circo Romano que Jose se moría por ver, ni siquiera han podido acabarla, y esta vez también ha sido por su culpa.

—Ven, mejor salimos por aquí —dice Jose sin poder evitar que el tono de su voz muestre la resignación que trata de esconder con sus gestos, y señala con su mano el pasillo oscuro bajo las gradas superiores del Circo.

Eva siente cómo sus músculos se tensan ante la sola idea de tener que atravesar las sombras que han provocado en ella esa reacción.

—No, por favor. Prefiero bajar por las gradas y volver por donde hemos entrado —contesta con un hilo de voz sin atreverse a levantar la mirada.

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Con cada escalón de bajada, Eva da una vuelta más al mismo pensamiento en su cabeza. Sabe que le debe una explicación, sabe que tendrá que hablar con él y contarle todo, pero le asusta enormemente su reacción. Ha intentado dilatarlo en el tiempo todo lo posible durante estos seis meses, pero después de lo ocurrido hoy, sabe que ya no puede esperar más, no si quiere salvar lo que hay entre los dos.

Jose continúa rodeando sus hombros con su brazo protector, pero recorre en silencio el camino de regreso al hotel, con la mirada perdida en el suelo de ladrillos de granito. Al llegar a la Plaza junto al Parador, Eva por fin se atreve a romper la atmósfera de tensión que lo envuelve todo.

—Amor, ¿tomamos algo?—pregunta con voz temblorosa—. Creo que tenemos que hablar.

Él no contesta, pero dirige sus pasos hacia la misma terraza en la que desayunaron unas horas antes. Después de tomar asiento en la mesa con mejor sombra, el camarero no tarda en acudir a tomar nota. Eva pide un té. Jose un café cortado. Ambos observan en silencio los pasos del chico de vuelta a la barra, con la comanda en la mano. Ella toma aire y decide hablar.

—Jose, hay algo que quiero contarte, pero no sé por dónde empezar. Quizás si te explico lo que ha ocurrido antes…

—Antes dice…, ¿sólo antes? —la interrumpe con un tono de voz que denota el cansancio y la confusión que pueblan la cabeza del chico, desde hace ya demasiado tiempo—. No es sólo lo de antes, Eva. De verdad, no sé qué está pasando. 

La chica siente que se encoge un poco sentada en su silla, a pesar de que no le ha pillado por sorpresa, en su imaginación esa ha sido siempre la reacción que ha esperado. Decide dejar que sea él quien lo suelte todo, quien saque todo lo que tiene dentro y se limita a asentir con un movimiento ligero de cabeza, en silencio.

—Eva, llevamos juntos medio año, y en ocasiones como estas siento que no te conozco.—Jose habla arrastrando un poco las palabras, parece incluso decepcionado y eso realmente asusta a Eva, quizás ya sea tarde para evitar el desastre—. ¿Sabes? Al principio pensé que era timidez, como la primera noche que pasaste en mi casa, estabas tan incómoda… Luego, algo cambió en ti, las siguientes noches comenzaron a ser normales, y me relajé. Y esa sensación de calma se rompió de nuevo en nuestro primer viaje de fin de semana… 

—Por favor…—intenta explicarse ella, pero Jose levanta levemente la mano pidiendo continuar.

—No ha habido un solo viaje en el que no hayamos tenido algún episodio de los tuyos. En el barrio de Santa Cruz, en la Mezquita de Córdoba, en la Judería de Toledo, de vinos por Vitoria… Y ya si hablamos de las primeras noches en los hoteles, puff —exclama y acompaña el sonido con un aspaviento—. La mayoría son una pesadilla, y luego al día siguiente estás como si nada. Joder Eva, ¿vas a contarme qué coño te pasa?

El camarero deja sobre la mesa las consumiciones casi con una disculpa por la interrupción, Eva espera a que se marche antes de contestar.

—Jose, yo… Verás… Yo veo cosas, siento cosas —suelta Eva casi en un susurro.

—¿Qué?, venga Eva… ¿Estás de broma?—pregunta con los ojos abiertos por completo y las cejas levantadas a modo de interrogación.

—Por favor, déjame explicarte, luego me dices lo que quieras —responde ella antes de tomar aire por un segundo—. Verás… Algunas mujeres de mi familia tenemos este don, salta una generación. Yo lo heredé de mi abuela, sin embargo mi madre no lo tiene. Lo descubrí de niña.

Hace otra pequeña pausa para dar un sorbo al té con manos temblorosas. Siente la boca seca por los nervios, nunca pensó que contarle todo esto fuera a ser tan difícil.

—Antes, en el Circo Romano, no pude entrar en la galería, sentí algo terrible, allí asesinaron a alguien con una violencia desgarradora hace siglos, y no estoy hablando de gladiadores ni romanos —continúa a pesar de la mirada de incredulidad de él—. Cuando voy a sitios que no conozco, estas energías se manifiestan violentamente, sin tiempo de bloquearlas, por eso reacciono así. Después, cuando ya me son familiares, sé cómo evitar que me afecte su presencia. Por eso en ocasiones nuestros viajes son… difíciles. Por eso la primera noche en tu casa fue…

—¿Qué me estás contando?¿Que en mi casa hay fantasmas? —interrumpe socarrón.

—Fantasmas…no. Pero… Jose, la cosa es que… tu madre te acompaña.

La taza de Jose se queda a medio camino entre la mesa y su boca, para volver a la mesa en un movimiento furioso.

—Venga Eva, no me jodas. Mi madre dice… ¿Mi madre? Si no le importé en su puta vida cuando estaba viva, ¿de verdad piensas que voy a creer que le importo ahora que está muerta?

El dolor se palpa en las palabras de Jose, quien se levanta arrastrando la silla enfadado. Eva atrapa su mano con la suya aún sentada, evitando que dé un paso más.

—Escúchame por favor. Sé que es difícil de creer, pero ella está aquí ahora, con nosotros.—Jose intenta liberar su mano de la suya en una sacudida, pero ella la toma con más fuerza aún, necesita que la escuche, ya no puede parar—. Ella me pide que te pregunte si recuerdas lo que hacías cuando tenías tres años, y ella llegaba por la tarde a casa muerta de cansancio, después de limpiar todo el día en el hospital.

Él ya no sacude su mano, se ha quedado congelado ante sus palabras, gira la cabeza despacio, está pálido. Solo alcanza a asentir en silencio, con los ojos vidriosos. Eva, le atrae con dulzura y consigue que vuelva a tomar asiento, esta vez junto a ella. Ambos saben que Jose nunca ha dado ningún detalle a Eva sobre su madre, más allá de la mala relación que siempre hubo entre ambos y su sentimiento de abandono, eso y que falleció hace dos años víctima de un cáncer fulminante, mucho antes de conocerse. Eva pone su mano sobre la del chico, que está destemplada y fría, antes de seguir con lo que tiene que contarle.

—Tu madre dice que el recuerdo de aquellas tardes la acompañó cuando tuvo que irse. Que aquella noche, conectada a tanto aparato en su cama de hospital, volvió a sentir que se tumbaba a tu lado, en el sofá marrón del salón de vuestra antigua casa, mientras veías los dibujos en la tele. Le pareció hasta sentir tu olor a Nenuco. —Dos lágrimas comienzan a rodar por el rostro de Jose—. Aquella noche, mientras se dejaba ir en brazos de la morfina, deseó volver a sentir tus manitas levantando sus párpados despacio, que en aquel entonces caían vencidos por el cansancio de la jornada de trabajo, y oír tu vocecita de niño diciendo con media lengua que tenía que despertar.

Jose mira a Eva sorprendido, pero no habla. Eva acaricia con su mano el rostro de su pareja, quien se rompe en un llanto desconsolado. Lucía se levanta y le abraza con delicadeza, mojando su nuca con sus propias lágrimas. Sabe que Jose por fin la cree. Quizás después de todo, haya esperanza, quizás después de todo, él pueda entenderla y aprender a vivir con las sombras que la rodean, al menos ella está dispuesta a enseñarle, ahora sí.

ZORRA

Marta sale del ascensor, con los nervios convertidos en un nudo que agarrota la boca de su estómago. 

Se detiene unos segundos delante la puerta de la consulta, con sus ojos fijos en el reflejo de su propia imagen, sobre la placa dorada con el nombre de esa zorra. Con una inspiración profunda, consigue controlar las lágrimas que comienzan a asomar en sus ojos, y adelanta su dedo índice para tocar el timbre por última vez, después de haberlo hecho cada jueves estos últimos dos meses. 

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ESO

Introduce la llave en el contacto del coche, cierra la puerta con un golpe y permanece sentado, inmóvil. La adrenalina recorre todo su cuerpo hasta agolparse en sus sienes en un latido descontrolado. La presión en su pecho, la respiración acelerada, el sudor en las manos. Sus manos, Arturo se asusta al ver las manchas de sangre en ellas. Busca en la guantera del coche algo para limpiarlas, no puede conducir así. Encuentra un ajado paquete de kleenex junto a su arma reglamentaria. Recoge a tientas la botella de agua que lleva dando tumbos en el suelo desde ni recuerda cuándo, humedece un pañuelo y frota nervioso las manchas hasta dejar la piel enrojecida, los restos no acaban de salir. Con pulso aún tembloroso, gira el contacto y trata de controlar su respiración antes de incorporarse a la solitaria carretera comarcal que recorrió hace unas horas en sentido contrario con ella en el asiento de copiloto.

La luna llena ilumina la oscuridad de la noche con una claridad que le incomoda. Observa sus ojos acuosos en el retrovisor. No son los mismos que vio reflejados en las gafas de Ana hace unos minutos. Los que vio entonces eran aterradores, rabia en erupción. Ahora son los de un crío asustado al borde del llanto. Como los que veía en el espejo del baño de la academia de música donde se escondía tras sus clases con la Srta.Lobo, a los doce años. No había permitido que su recuerdo volviera a su mente hasta esa noche, hasta que Ana quiso hacerle eso, lo mismo que hacía su profesora con él, cuando era tan sólo un crío.

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PESADILLA

Mi propio grito me despierta sobresaltado. La misma pesadilla. Abro mi cápsula hiperbárica y observo como el vidrio de las paredes de mi habitación va perdiendo su opacidad para dejar que la imagen del amanecer aparezca poco a poco en ella. Mi cuerpo desnudo está empapado en sudor, y noto mis pulsaciones aún disparadas. El led subcutáneo en mi muñeca izquierda parpadea en rojo, con la alerta de stress brillando  bajo mi piel. Los primeros compases de música zen comienzan a sonar en los altavoces de toda la casa.

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LA MUÑECA

El Dr. Ibor acomoda las sillas de su escritorio frente al monitor de la pared. Quiere enseñarme la sesión que mantuvo ayer con mi madre. Está más serio de lo habitual. Me pregunto qué es lo que voy a encontrarme.

    —Alma, tome asiento por favor —la voz grave del doctor frena en seco mis pensamientos.

    —Doctor, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado con mi madre? —pregunto sin poder ocultar mis nervios. 

    —Tranquila. Su madre está bien —contesta con un tono calmado que no consigue serenarme—. Verá, ayer intentamos algo distinto con ella, la hipnosis regresiva. De este modo, intentamos ahondar en los recuerdos que hubieran podido quedar ocultos en la mente de nuestros pacientes, sobre todo relacionados con su infancia, y que quizás puedan explicar sus patologías. En el caso de su madre, esa desconexión con la realidad y los brotes de llanto, que no hemos conseguido controlar desde que ingresó en nuestro centro, hace ya casi un año.

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