VEINTIÚN AÑOS

«Hoy cumplo veintiún años». Ese es el primer pensamiento de María nada más despertar en su cama esta mañana. Tras un bostezo eterno, y a pesar del abrazo cálido de su edredón nórdico salpicado de flores en vivos colores, consigue salir de ella.

Ya en pie, María se despereza una vez más, como una cría pequeña, y comienza a caminar somnolienta hacia la cocina, donde tiene todo listo para preparar la cafetera como cada mañana. Tan pronto como comienza a sonar el borboteo del agua sobre el filtro, no puede evitar entornar los ojos y aspirar con una sonrisa el aroma a café recién hecho que lo envuelve todo. Vigila con la mirada el avance del nivel de la jarra de cristal que va llenándose gota a gota con el oro negro que se muere por beber, así tal cual, sin azúcar ni leche y un poco aguado de más, como los americanos. Cuando el piloto de la máquina se apaga, abre el armario sobre el fregadero para elegir su taza favorita. Satisfecha, con el café humeante entre sus manos, se dirige hacia el salón acompañada por el sonido bajo sus pies del crujir de los listones de madera maciza, que visten el suelo del pequeño piso de estudiantes del barrio del Húmedo de León, el mismo que lleva alquilando desde hace tres años, desde que comenzó la carrera de enfermería.

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ESO

Introduce la llave en el contacto del coche, cierra la puerta con un golpe y permanece sentado, inmóvil. La adrenalina recorre todo su cuerpo hasta agolparse en sus sienes en un latido descontrolado. La presión en su pecho, la respiración acelerada, el sudor en las manos. Sus manos, Arturo se asusta al ver las manchas de sangre en ellas. Busca en la guantera del coche algo para limpiarlas, no puede conducir así. Encuentra un ajado paquete de kleenex junto a su arma reglamentaria. Recoge a tientas la botella de agua que lleva dando tumbos en el suelo desde ni recuerda cuándo, humedece un pañuelo y frota nervioso las manchas hasta dejar la piel enrojecida, los restos no acaban de salir. Con pulso aún tembloroso, gira el contacto y trata de controlar su respiración antes de incorporarse a la solitaria carretera comarcal que recorrió hace unas horas en sentido contrario con ella en el asiento de copiloto.

La luna llena ilumina la oscuridad de la noche con una claridad que le incomoda. Observa sus ojos acuosos en el retrovisor. No son los mismos que vio reflejados en las gafas de Ana hace unos minutos. Los que vio entonces eran aterradores, rabia en erupción. Ahora son los de un crío asustado al borde del llanto. Como los que veía en el espejo del baño de la academia de música donde se escondía tras sus clases con la Srta.Lobo, a los doce años. No había permitido que su recuerdo volviera a su mente hasta esa noche, hasta que Ana quiso hacerle eso, lo mismo que hacía su profesora con él, cuando era tan sólo un crío.

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COMO CADA MAÑANA

—¡Vamos Beatrice! La Señora llamará enseguida. ¡El desayuno tendría que estar listo!—Apuro a la chiquilla—. Date prisa con las tostadas, ¡y no las quemes!

Antes de que pueda acabar la frase, el repiqueteo de la campanilla seis inunda la cocina. Vierto el agua hirviendo en la tetera. Compruebo que el resto de doncellas y cocineras no me ven, y añado la pasiflora. Sé que la señora la necesitará, como cada mañana.

Arreglo mi cofia blanca y el mandil. Tomo la bandeja y subo las tres plantas que separan la cocina de los aposentos principales, recordando escalón a escalón cómo eran las mañanas antes de que el señor falleciera.

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SEVILLA II

Sara conecta el móvil con el cable a su portátil. Crea una carpeta en el escritorio, que protege con contraseña, y cambia el nombre genérico por las iniciales FM. Con los ojos inyectados en sangre, y una lágrima rabiosa que lucha por no precipitarse, observa como el archivo de vídeo se descarga. También cambia el nombre del archivo. Teclea con lentitud, saboreando el momento en el que sus dedos tocan el teclado con cada pulsación para escribir: “Día 1”. Pone el puntero del ratón sobre él y toma aire antes de hacer click para visionar en pantalla lo que acaba de grabar en directo. Con los primeros gritos de dolor de fondo, comienza a recordar todo el camino que ha recorrido hasta llegar a esto.

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LO QUE NO ESPERABA

Los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana a medio bajar de la ventana de la habitación. El visillo, que en algún momento fue blanco, baila colgado en ella con la brisa de la mañana, fresca y limpia, con ese olor a salitre que el mar regala a cada rincón del pequeño pueblo costero. Ella se despereza en la cama y le observa tendido a su lado, boca arriba, aún dormido. La sábana sólo cubre su cuerpo hasta la cintura. Desliza su mano con delicadeza por su vientre, no quiere despertarlo, quiere disfrutar del momento, observarlo rendido junto a ella, recorrer con las yemas de sus dedos su piel tersa y suave, sus abdominales marcados, los pectorales firmes y duros en los que clavó sus uñas anoche mientras le tuvo sobre ella, su cuello esbelto pero varonil, su mentón fuerte y anguloso. Antes de que pueda llegar a hundir los dedos en sus rizos negros, él se despierta.

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EL VUELO

Tirada sobre la cama de mi cuarto, mirando el techo, con el móvil aún en la mano, no puedo evitar sentir vértigo ante el cambio de vida que me espera, aunque sé que esta es la oportunidad que he estado esperando.

Mis padres acaban de llegar de hacer la compra. La puerta de la calle se cierra sobre el sonido insoportable de la voz de mi madre, que llega hasta mi habitación en su queja constante.

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LA MUÑECA

El Dr. Ibor acomoda las sillas de su escritorio frente al monitor de la pared. Quiere enseñarme la sesión que mantuvo ayer con mi madre. Está más serio de lo habitual. Me pregunto qué es lo que voy a encontrarme.

    —Alma, tome asiento por favor —la voz grave del doctor frena en seco mis pensamientos.

    —Doctor, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado con mi madre? —pregunto sin poder ocultar mis nervios. 

    —Tranquila. Su madre está bien —contesta con un tono calmado que no consigue serenarme—. Verá, ayer intentamos algo distinto con ella, la hipnosis regresiva. De este modo, intentamos ahondar en los recuerdos que hubieran podido quedar ocultos en la mente de nuestros pacientes, sobre todo relacionados con su infancia, y que quizás puedan explicar sus patologías. En el caso de su madre, esa desconexión con la realidad y los brotes de llanto, que no hemos conseguido controlar desde que ingresó en nuestro centro, hace ya casi un año.

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LA PRUEBA

—Querido, la cena casi está lista. Por cierto, mañana voy a necesitar el coche todo el día, ¿puedes conseguir que te envíen un chófer del bufete? —Pregunta Cuca desde la puerta del despacho—. Si estás muy ocupado, puedo llamar a tu secretaria y pedírselo.

Espera unos segundos. Su marido sigue con la cabeza enterrada entre los papeles, perfectamente dispuestos sobre el escritorio de caoba.

—¿Querido? —Insiste.

El hombre gruñe mientras se quita las gafas.

—Cuca, estoy liado con este caso, ya sabes que no me gusta que me molesten —contesta con desgana, mirándola por fín—. ¿Para qué quieres tú el coche todo el día?

—Ya sabes que mañana empiezan las obras en casa de mi madre, tengo que recoger las últimas cosas, y además… 

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EL ANDÉN NÚMERO DOS

El hall de la estación es un deambular constante de gente. Las conversaciones se mezclan con los avisos de la voz metálica que anuncia las próximas salidas y las llegadas inminentes, desencadenando oleadas de personas hacia un andén u otro. En una situación distinta, en una de tantas en las que ha venido a esperarle, Anna se hubiera dejado llevar por el olor a café y bollería recién hecha, y hubiera tomado asiento en alguna de las mesas altas con un capuccino y un brioche, sin quitar la vista de los paneles, con los ojos brillantes, esperando ver su tren anunciado para correr a abrazarle. Pero hoy no. Hoy tiene un nudo en el estómago que le provoca náuseas.

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