LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

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LLUVIA

El sonido cada vez más cercano de las sirenas inunda el silencio de la noche, solo roto por los relámpagos de la tormenta que azota la ciudad. Marta parece una estatua empapada bajo la lluvia, no mueve ni un músculo. Observa las gotas golpeando el rostro inerte de Carlos, tumbado en la acera sobre un charco de agua roja, con su cabeza perdida en el estúpido pensamiento de cómo la lluvia siempre ha estado presente en los momentos más cruciales de la historia entre los dos.

Llovía a cántaros la tarde que conoció a Carlos en la cola de aquel concierto, cuando él tuvo el descaro de darle un papel con su número de teléfono después de la hora y media de espera para poder entrar, antes de que cada uno se perdiera entre la multitud con su grupo de amigos.

Una lluvia fina calaba su ropa el día que se besaron por primera vez, tras la primera cita, en la puerta de su casa, a escondidas de su padre, que vigilaba desde la ventana.

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EL RELOJ

Compruebo una vez más la hora en el móvil que descansa junto a mi café, sobre la mesa. Quizás debería haber escogido otro sitio para vernos, pero esta cafetería me envuelve y me tranquiliza. Adoro el burbujeo de la cafetera, el murmullo de las conversaciones de las personas que desayunan en las mesas contiguas, el tintineo de los platillos al chocar con las tazas, que los camareros se afanan en llenar de café al otro lado de la barra, y ese olor a tostadas recién hechas. 

Nuestra amiga Elena, bueno Helen para nosotros, aparece por la puerta corriendo como siempre, con su maraña de rizos negros flotando sobre sus hombros. Entorna los ojos con esa sonrisa rebelde que hace que deseches la idea de regañarla por llegar tarde, como siempre. Tira su bolso sobre la mesa y resopla mientras se quita su cazadora vaquera.

—Nacho, te juro que esta vez iba a salir con tiempo, pero no encontraba el otro pendiente y… —saluda con la respiración agitada, seguro que ha subido las escaleras del metro de dos en dos.

Helen se inclina sobre la mesa para darme dos besos, su olor a pachuli me abraza como ella, y luego toma asiento frente a mí. Levanto la mano para llamar al camarero, que no tarda en acudir para apuntar nuestra comanda. Ella pide un té americano, yo otro café solo.

—Bueno tío, qué pasa. ¿Qué es eso que me quieres contar de Alex? —Pregunta al tiempo que posa su mano sobre la mía unos segundos en un gesto reconfortante—. Ayer me dejaste preocupada.

Anoche, mientras Alex estaba fuera, Helen y yo estuvimos hablando más de una hora, sin terminar de contarle lo que en realidad quería decir. Sé que ella es la única persona en el mundo que puede entender lo que tengo en la cabeza, este es el momento de soltarlo, así que tomo aire y decido dejarme de rodeos.

Helen, Alex ha cambiado. No es el mismo de siempre, no sé qué le pasa—suelto del tirón antes de que pueda arrepentirme de haberlo dicho al fin en voz alta.

—¿Cómo que ha cambiado?… ¿Qué quieres decir?—Dice con su naricilla arrugada y los hombros alzados a modo de interrogación.

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LA RAZÓN

La luz del mediodía entra por la ventana de la cocina. Pablo baja el fuego de la vitro y da los últimos toques al plato favorito de su hija Ana. Se siente tan orgulloso de ella… Una Comandante Médico Militar, ni más ni menos y una de las primeras mujeres en misión humanitaria con el ISAF.

—Cariño, ¡cómo huele!…. Cuando pienso en las porquerías que debiste comer en Afganistán. 

Pablo habla sobre su hombro mientras da vueltas al guiso, no quiere que se pegue.

—Deberíamos abrir una botella de tu vino favorito para acompañar, ¿verdad cielo? He estado reservando un par para nosotros, voy a abrir una.

Sin esperar respuesta, saca la botella de la cava de vinos, y dos copas de la vitrina. Coloca sus gafas de cerca sobre la punta de su nariz para ver bien la maniobra de descorche y justo cuando está sirviendo el vino en la segunda, el sonido del timbre le reclama en la puerta principal de su pequeño adosado junto al aeropuerto. Pablo limpia sus manos en el trapo que cuelga del mandil, retira las gafas que vuelven a colgar del cordón de su cuello, y camina hacia ella sin demasiada prisa. Después de comprobar por la mirilla que al otro lado espera un cartero, abre la puerta en un movimiento ágil.

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LA LUZ DE SU ABRAZO

Está atardeciendo y Velma, sentada con las piernas cruzadas en la loma del parque, perdida en el maravilloso espectáculo de un sol que se funde en el horizonte entre destellos dorados y rosas, ruega porque esta presión tan asfixiante en la boca de su estómago ceda y la deje respirar. Cierra los ojos y bucea entre sus recuerdos, tratando de buscar una pista que la guíe en su búsqueda, aquella primera vez que lo sintió, veinte años atrás, cuando aún era una niña en aquel colegio de religiosas.

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En aquel entonces, Velma siempre fue una niña alegre, a pesar de las burlas de las niñas mayores por su carita pecosa y sus coletas pelirrojas. A diario en el comedor, entre las clases de mañana y tarde, le gustaba sentarse cerca de la madre Otilia, la monja que las cuidaba en las comidas, una mujer cariñosa pero firme con las niñas más escrupulosas con los platos, y sobretodo con las más traviesas. El día que lo sintió por primera vez, Velma no pudo probar los macarrones con tomate, a pesar de ser su plato favorito. Sentía el estómago cerrado y una energía dentro de ella, en el centro de su pecho, que no comprendía muy bien. Asustada, se levantó del banco corrido en el que estaba y acudió en busca de su cuidadora con intención de pedir ayuda. Cuando estuvo delante de ella, y la miró a los ojos, esa corriente interior que tanto la confundía, estalló en la necesidad imperiosa de abrazarla fuerte, y así lo hizo. Simplemente la abrazó, la abrazó con infinita ternura y durante varios segundos, hasta que sintió que la madre Otilia, tensa en origen por la sorpresa de su gesto, respondió con una caricia suave de su mano sobre la espalda de la niña. Entonces, la pequeña sintió justo en ese momento, cómo la mujer fue relajando sus músculos poco a poco, hasta oírla suspirar. Con idéntica dulzura, Velma se separó de la religiosa sonriente, con un destello dorado en sus ojos color miel, brillantes y vivos, y con el alivio de la desaparición del nudo de su estómago y de esa fuerza interior que la inquietaba tanto. La mujer, conmovida, le preguntó la razón de ese gesto tan bonito, y ella respondió con su vocecita de cristal, que algo en su interior le dijo que lo necesitaba. La monja, con los ojos muy abiertos, y una lágrima luchando por escapar de ellos, sólo pudo asentir con la cabeza, acariciar con delicadeza su carita de muñeca y pedirla que volviera a su sitio. Poco tiempo después de ese abrazo, a penas dos semanas, la madre Otilia dejó de cuidarlas en el comedor, su sustituta les explicó que había subido al cielo.


Las risas de un grupo de niñatos que preparan su botellón en los bancos más cercanos a ella en el parque, devuelven a Velma al momento presente. Continúa sintiendo la presión en su interior. No ha desaparecido, al contrario, se torna más y más asfixiante. Intenta concentrarse, repasando mentalmente su lista de amigos y conocidos, intentando averiguar si al pensar en alguno de ellos, surge la necesidad imperiosa de llamarles, como ya le ha sucedido alguna vez, cuando ha presentido momentos difíciles, como diagnósticos de enfermedades, la pérdida de seres queridos o rupturas sentimentales, que necesitan de ella, de su presencia, aunque sea al otro lado de la línea telefónica. Incluso así, en la distancia, Velma siempre es capaz de hacerles llegar su luz, su paz. Ella suspira de nuevo, se concentra más y más pero nada, no identifica a ninguno de ellos.

Se tumba sobre la superficie del césped, algo húmedo bajo su espalda. Sus bucles pelirrojos se mezclan con las briznas verdes de la hierba. La temperatura comienza a bajar, pero ella no quiere moverse de allí, no hasta averiguar quién la está llamando, reclamando su energía liberadora. Las farolas del parque comienzan a encenderse una tras otra, aunque el sol aún deja algo de luz tras el horizonte. Saca su móvil con intención de comprobar la hora, pero al poner delante de sus ojos la pantalla negra, antes de poder desbloquearla, se encuentra con su reflejo, con sus propios ojos. Sus pulsaciones comienzan a acelerarse, la presión de su estómago sube ligeramente en intensidad, esa corriente que tan bien sabe identificar desde su infancia, la recorre de los pies a la cabeza, siente que estalla en su interior con tanta fuerza, que se incorpora en un movimiento rápido y deja caer el móvil en su regazo.

Velma lo ve al fin, ahora lo entiende, baja la mirada hasta sus propias manos, y en un movimiento pausado, abraza sus rodillas para apoyar la cabeza sobre ellas después. Poco a poco cierra los ojos e inspira profundamente; con su expiración, lenta y suave, comienza a sentir cómo la sensación de opresión va cediendo cada segundo un poco más y recibe a cambio, con cada nueva respiración, un poquito más de paz, de su propia paz, hasta sentirse en calma.

La primera versión de este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 22 de Mayo de 2022.

LA ESPERA

Eran las doce en punto de la mañana y Daniel no dejaba de mirar la pantalla de su teléfono móvil, sentado en una incómoda silla del enorme aeropuerto de Madrid. El tiempo volaba a la velocidad del rayo y la falta de noticias incrementaba, aún más, su terrible nerviosismo. Las manos le sudaban al darse cuenta de que faltaba menos de una hora para que su avión despegara y por más que miraba el acceso a la zona de embarque, Natalia no hacía acto de presencia.

Esa incómoda voz de su interior le decía que no perdiera más el tiempo esperándola, porque ella no iba a aparecer. Todo su plan era una auténtica locura y ese tipo de locuras, únicamente salían bien en las películas y ni siquiera en todas. Trató de calmar su ansiedad pasando una y otra vez sus manos por los cabellos, intentando silenciar esa maldita voz que amenazaba con consumir sus últimos gramos de esperanza.

Pensó que al menos lo llamaría o le enviaría algún mensaje de Whatsapp. Estaba convencido de que Natalia se pondría en contacto con él de una forma u otra. Una semana tan maravillosa no podía caer en el olvido, una historia como la suya no se merecía un final tan amargo como el silencio. Pero las dudas eran traicioneras, el tiempo pasaba sin remedio y la mujer no aparecía, tal y como había prometido, para coger ese avión junto a él rumbo a un nuevo horizonte.

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Con la mirada perdida en la línea que anunciaba su vuelo en el panel de salidas, mientras el agobio y la incertidumbre empezaban a hacer mella en su rostro, Daniel recordó el momento exacto en el que conoció a Natalia, en el congreso médico al que ambos habían asistido como directores de especialidad de sus respectivos hospitales. Aquella mañana, al escuchar su voz de sirena, sintió por primera vez en su vida que todas las piezas encajaban, se sintió como en casa, como si hubiera llegado por fin al lugar donde quería estar por el resto de su existencia.

Luego vinieron las presentaciones, las conversaciones apresuradas en los instantes de espera, los encuentros en los pasillos entre risas, las charlas en las mesas de exposición, los almuerzos compartidos con la comunidad médica y esa primera cena a solas, que él tuvo la valentía de proponer y ella de aceptar, donde tuvieron la oportunidad de conocerse mejor y contar su vida el uno al otro, acompañados por una botella de buen vino, a la que siguió una segunda, empujados por el encanto de la situación.

Antes de que esa noche acabara, Daniel sintió que se había enamorado como un colegial de esa mujer única, y decidió aprovechar el resto de la semana de congreso para usar todas sus armas de seducción, con el fin de conquistar a Natalia. Poco le importaba que estuviera casada, porque para él la puerta sí que estaba abierta, ya la cerraría ella si lo consideraba oportuno. Pero ella no la cerró anoche, cuando la acompañó hasta su habitación en el hotel y pudo entrar en el paraíso.

En esa noche mágica, no durmieron, gastaron las horas entre besos ardientes, caricias apasionadas, y planes de una vida futura, totalmente diferente a la que habían llevado hasta ahora. Con los primeros rayos del sol, abandonaron su refugio bajo las sábanas, Daniel volvió a su habitación para recoger sus cosas y acordaron encontrarse posteriormente en el aeropuerto. Era importante que no los vieran salir juntos de allí. Desde esa rápida despedida, desde ese último beso tras la puerta de la habitación, habían pasado muy pocas horas, pero Daniel sentía que había transcurrido toda una vida.

El sonido metálico de los altavoces, anunciando la apertura del embarque de su vuelo, devolvió a Daniel a la triste sala de espera. Miró una vez más el reloj, ese maldito reloj que no detenía su avance y que corría incansable hacia la hora en la que las puertas de embarque se cerrarían. El nerviosismo había dejado paso a la preocupación. ¿Le habría pasado algo a Natalia? Buscando valor en su agitada mente decidió llamarla, para poner punto final a la incertidumbre, pero lo único que escuchó fueron los áridos tonos de llamada, hasta que un triste buzón de voz le dio las instrucciones por si quería dejar algún mensaje.

El mundo pareció explotar a su alrededor, el silencio se apoderó de la sala de espera y el alma cayó a sus pies con estrépito de derrumbe, entre rumores negros de fracaso martilleando en sus oídos. La certeza de que Natalia no iba a acudir se hizo palpable en su corazón y una profunda tristeza lo embargó por completo. Quizás para ella sólo hubiera sido una aventura, una muesca más en su revólver. Quizás, simplemente, se hubiera divertido un poco con él.

Había sido un loco por pensar que una mujer de su posición fuera a abandonarlo todo por amor. Había sido muy inocente al imaginar que Natalia dejaría a su marido, su hogar y su trabajo, por una historia romántica por estrenar. Se maldijo por haber sido tan crédulo, tan estúpido y por seguir creyendo en los cuentos de hadas.

Angustiado por esos lúgubres pensamientos, el sonido de su móvil lo sacó de su parálisis y, tras desbloquearlo con dedos temblorosos, vio que tenía nuevos mensajes de Whatsapp por leer. ¿Serían de Natalia? Sintiéndose como un condenado a muerte y conteniendo la respiración sin darse cuenta, Daniel abrió la aplicación para comprobarlo, con un suspiro en el filo del abismo de los latidos de su corazón.

Un nudo se asentó alrededor de su garganta al ver el indicador verde con los mensajes pendientes, junto a la foto de perfil de Natalia. Sus ojos pudieron ver el comienzo del primer mensaje por leer: «Daniel, no he tenido el valor de…». No pudo continuar, no pudo seguir leyendo, estaba claro al fin, ella no iba a acudir a la cita. Todo lo que sintió, todo lo que vivió en esos días junto a ella, todo, fue un espejismo, algo que sólo existió en su cabeza, y nada más. Y dolía, claro que dolía. Dolía haber sido un juguete para ella, algo que contar a sus amigas cuando regresase a Barcelona en el primer vermut de fin de semana, para volver después junto a ese tipo que seguro que no era tan frío con ella como le había hecho creer, en ese hogar que ahora estaba convencido de que no debía estar tan vacío, si no había sido capaz de renunciar a él para vivir la aventura de sus vidas.

Qué estúpido se sintió justo entonces al mirar su billete de avión, que asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Pero cómo había sido tan tonto como para creer que ella iba a dejar todo su mundo atrás por él, cómo pudo pensar que ella recogería el billete que había dejado a su nombre, en el mostrador de la compañía, con destino a El Cairo, y se uniría a él en esa puerta de embarque. Pero desde cuándo se había visto a sí mismo como un protagonista de una de esas películas románticas de sobremesa.

Daniel no tuvo ganas de seguir leyendo sus mensajes, no en ese momento. Para qué gastar más energías en esa historia, para qué gastar más energía en ella. Mientras apagaba su teléfono para guardarlo en el bolsillo de su pantalón, la megafonía volvió a sonar con el último aviso para los viajeros con destino a El Cairo. Daniel se levantó despacio del asiento donde había estado esperándola durante horas. Observó cómo las azafatas de la línea recibían sonrientes a los más rezagados en el control. Dudó por un segundo si abandonar esa estúpida idea de hacer ese viaje a Egipto él solo, a pesar de lo mucho que deseó hacerlo durante toda su vida, sobre todo ahora que la locura de cumplir ese sueño junto a Natalia se había ido al garete. Una de las azafatas le sonrió con apremio, tenían que cerrar pronto el acceso y le estaba invitando claramente a decidirse. Miró una última vez sobre su hombro y, con una sonrisa triste, comenzó a caminar con decisión hasta la puerta, con el billete tendido firmemente en su mano, delante de él.

Tan pronto como entró en la cabina de su vuelo, y anduvo unos metros hasta su asiento, hasta sus asientos en realidad, aunque ahora sólo iba a ser el suyo, no tardó en comprobar que los pasajeros que habían embarcado antes que él ya habían ocupado todas las cabinas superiores para el equipaje de mano. Lanzó la chaqueta sobre su asiento con una sonrisa tan cansada como él, y con la mirada baja, dio media vuelta en busca de una azafata que le ayudase a solucionar el problema, pero chocó con otro viajero, otro tardío seguramente. Antes de que pudiera levantar la mirada para pedir disculpas, creyó reconocer los tobillos que flotaban con elegancia sobre unos magníficos stilettos negros, y entonces volvió a escuchar su voz.

—¿No te han enseñado que hacer ghosting es de mala educación?

Daniel levantó la cabeza en un movimiento rápido, no podía ser cierto lo que estaba viendo. Natalia estaba plantada en medio del pasillo con los brazos cruzados y una ceja levantada a modo de interrogación. Daniel quiso abrir la boca, pero ella levantó levemente una de sus manos, dejando claro que era ella quien quería hablar primero.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tuve el valor de huir de esta manera sin hablar antes con él.—Natalia soltó la frase al tiempo que tomaba la maleta de las manos casi inertes de Daniel, para dársela a la azafata que observaba la escena junto a ellos con toda la atención, antes de continuar su discurso—. Si los hubieras leído, habrías sabido que necesitaba unos minutos para hablar con mi marido y para decirle sin rodeos que no iba a volver.

Daniel no podía creer que aquello estuviera sucediendo de verdad, sólo quería abrazarla, necesitaba abrazarla, pero ella pareció notarlo, y frenó su impulso apoyando su mano suavemente en su pecho, acompañando el gesto con una negación de cabeza tan firme como sexy. Él sentía que se derretía por dentro, mientras su cabeza no podía salir de aquella espiral de confusión. Las azafatas esperaban junto a ellos, intrigadas, expectantes, con la esperanza de poder ver el desenlace antes de despegar, y la maleta de Daniel a sus pies. Varios de los viajeros de las filas adyacentes empezaron a darse cuenta de lo que estaba sucediendo en ese avión, y crearon poco a poco con su silencio una atmósfera realmente teatral.

Daniel intentó una vez más abrir la boca para hablar, pero ella puso su índice sobre sus labios para impedirlo, de forma seductora.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tenía ninguna duda de que lo que íbamos a hacer, de lo que estamos haciendo—afirmó con un quiebro en su voz que delataba la emoción que corría por todo su cuerpo, aunque quisiera esconderlo con su actitud—. ¿Y sabes una cosa más? Si hubieras leído mi último mensaje, habrías sabido que, aunque te pudiera parecer una locura, aunque nos hayamos conocido hace apenas unos días, siento que estoy enamorada por completo de ti y que quiero vivir esta locura a tu lado, hasta el final.

Un silencio sepulcral invadió todo por unos segundos, silencio que Daniel se atrevió a romper con una única frase, mientras sentía cómo unos fuegos artificiales llenaban su pecho por completo.

—Perdone señorita, pero creo que está usted ocupando el pasillo, y este vuelo tiene que despegar si quiere que empecemos a vivir el resto de nuestras vidas juntos.

Daniel abrazó a Natalia con todas sus fuerzas, para sellar después con un beso largo y tierno el comienzo de la mayor aventura que había vivido nunca. Cuando tomó asiento junto a ella, con los aplausos del resto de viajeros sonando a su alrededor, Daniel comenzó a reír ante la mirada atónita de Natalia, mientras se prometía a sí mismo no volver a despreciar nunca más los guiones de esas películas ñoñas, que solía poner de fondo los fines de semana a la hora de la siesta.

Relato creado a dos manos con el magnífico escritor Ramón Martínez Martín, registrado al cincuenta por ciento de autoría.

TENEMOS QUE HABLAR…

—Es mejor que nos vayamos, estás temblando —dice Jose mirando a Eva.

Ella, acurrucada bajo su brazo, blanca como la nieve, asiente con la cabeza sin decir nada. No se atreve a mirarle a los ojos para contestar, sabe que está molesto. Otro fin de semana arruinado por sus rarezas. Sabe que acaba de tumbar otro momento especial, y todo por no ser sincera con él. Después de tanto tiempo preparando este viaje a Mérida, y la visita al Circo Romano que Jose se moría por ver, ni siquiera han podido acabarla, y esta vez también ha sido por su culpa.

—Ven, mejor salimos por aquí —dice Jose sin poder evitar que el tono de su voz muestre la resignación que trata de esconder con sus gestos, y señala con su mano el pasillo oscuro bajo las gradas superiores del Circo.

Eva siente cómo sus músculos se tensan ante la sola idea de tener que atravesar las sombras que han provocado en ella esa reacción.

—No, por favor. Prefiero bajar por las gradas y volver por donde hemos entrado —contesta con un hilo de voz sin atreverse a levantar la mirada.

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Con cada escalón de bajada, Eva da una vuelta más al mismo pensamiento en su cabeza. Sabe que le debe una explicación, sabe que tendrá que hablar con él y contarle todo, pero le asusta enormemente su reacción. Ha intentado dilatarlo en el tiempo todo lo posible durante estos seis meses, pero después de lo ocurrido hoy, sabe que ya no puede esperar más, no si quiere salvar lo que hay entre los dos.

Jose continúa rodeando sus hombros con su brazo protector, pero recorre en silencio el camino de regreso al hotel, con la mirada perdida en el suelo de ladrillos de granito. Al llegar a la Plaza junto al Parador, Eva por fin se atreve a romper la atmósfera de tensión que lo envuelve todo.

—Amor, ¿tomamos algo?—pregunta con voz temblorosa—. Creo que tenemos que hablar.

Él no contesta, pero dirige sus pasos hacia la misma terraza en la que desayunaron unas horas antes. Después de tomar asiento en la mesa con mejor sombra, el camarero no tarda en acudir a tomar nota. Eva pide un té. Jose un café cortado. Ambos observan en silencio los pasos del chico de vuelta a la barra, con la comanda en la mano. Ella toma aire y decide hablar.

—Jose, hay algo que quiero contarte, pero no sé por dónde empezar. Quizás si te explico lo que ha ocurrido antes…

—Antes dice…, ¿sólo antes? —la interrumpe con un tono de voz que denota el cansancio y la confusión que pueblan la cabeza del chico, desde hace ya demasiado tiempo—. No es sólo lo de antes, Eva. De verdad, no sé qué está pasando. 

La chica siente que se encoge un poco sentada en su silla, a pesar de que no le ha pillado por sorpresa, en su imaginación esa ha sido siempre la reacción que ha esperado. Decide dejar que sea él quien lo suelte todo, quien saque todo lo que tiene dentro y se limita a asentir con un movimiento ligero de cabeza, en silencio.

—Eva, llevamos juntos medio año, y en ocasiones como estas siento que no te conozco.—Jose habla arrastrando un poco las palabras, parece incluso decepcionado y eso realmente asusta a Eva, quizás ya sea tarde para evitar el desastre—. ¿Sabes? Al principio pensé que era timidez, como la primera noche que pasaste en mi casa, estabas tan incómoda… Luego, algo cambió en ti, las siguientes noches comenzaron a ser normales, y me relajé. Y esa sensación de calma se rompió de nuevo en nuestro primer viaje de fin de semana… 

—Por favor…—intenta explicarse ella, pero Jose levanta levemente la mano pidiendo continuar.

—No ha habido un solo viaje en el que no hayamos tenido algún episodio de los tuyos. En el barrio de Santa Cruz, en la Mezquita de Córdoba, en la Judería de Toledo, de vinos por Vitoria… Y ya si hablamos de las primeras noches en los hoteles, puff —exclama y acompaña el sonido con un aspaviento—. La mayoría son una pesadilla, y luego al día siguiente estás como si nada. Joder Eva, ¿vas a contarme qué coño te pasa?

El camarero deja sobre la mesa las consumiciones casi con una disculpa por la interrupción, Eva espera a que se marche antes de contestar.

—Jose, yo… Verás… Yo veo cosas, siento cosas —suelta Eva casi en un susurro.

—¿Qué?, venga Eva… ¿Estás de broma?—pregunta con los ojos abiertos por completo y las cejas levantadas a modo de interrogación.

—Por favor, déjame explicarte, luego me dices lo que quieras —responde ella antes de tomar aire por un segundo—. Verás… Algunas mujeres de mi familia tenemos este don, salta una generación. Yo lo heredé de mi abuela, sin embargo mi madre no lo tiene. Lo descubrí de niña.

Hace otra pequeña pausa para dar un sorbo al té con manos temblorosas. Siente la boca seca por los nervios, nunca pensó que contarle todo esto fuera a ser tan difícil.

—Antes, en el Circo Romano, no pude entrar en la galería, sentí algo terrible, allí asesinaron a alguien con una violencia desgarradora hace siglos, y no estoy hablando de gladiadores ni romanos —continúa a pesar de la mirada de incredulidad de él—. Cuando voy a sitios que no conozco, estas energías se manifiestan violentamente, sin tiempo de bloquearlas, por eso reacciono así. Después, cuando ya me son familiares, sé cómo evitar que me afecte su presencia. Por eso en ocasiones nuestros viajes son… difíciles. Por eso la primera noche en tu casa fue…

—¿Qué me estás contando?¿Que en mi casa hay fantasmas? —interrumpe socarrón.

—Fantasmas…no. Pero… Jose, la cosa es que… tu madre te acompaña.

La taza de Jose se queda a medio camino entre la mesa y su boca, para volver a la mesa en un movimiento furioso.

—Venga Eva, no me jodas. Mi madre dice… ¿Mi madre? Si no le importé en su puta vida cuando estaba viva, ¿de verdad piensas que voy a creer que le importo ahora que está muerta?

El dolor se palpa en las palabras de Jose, quien se levanta arrastrando la silla enfadado. Eva atrapa su mano con la suya aún sentada, evitando que dé un paso más.

—Escúchame por favor. Sé que es difícil de creer, pero ella está aquí ahora, con nosotros.—Jose intenta liberar su mano de la suya en una sacudida, pero ella la toma con más fuerza aún, necesita que la escuche, ya no puede parar—. Ella me pide que te pregunte si recuerdas lo que hacías cuando tenías tres años, y ella llegaba por la tarde a casa muerta de cansancio, después de limpiar todo el día en el hospital.

Él ya no sacude su mano, se ha quedado congelado ante sus palabras, gira la cabeza despacio, está pálido. Solo alcanza a asentir en silencio, con los ojos vidriosos. Eva, le atrae con dulzura y consigue que vuelva a tomar asiento, esta vez junto a ella. Ambos saben que Jose nunca ha dado ningún detalle a Eva sobre su madre, más allá de la mala relación que siempre hubo entre ambos y su sentimiento de abandono, eso y que falleció hace dos años víctima de un cáncer fulminante, mucho antes de conocerse. Eva pone su mano sobre la del chico, que está destemplada y fría, antes de seguir con lo que tiene que contarle.

—Tu madre dice que el recuerdo de aquellas tardes la acompañó cuando tuvo que irse. Que aquella noche, conectada a tanto aparato en su cama de hospital, volvió a sentir que se tumbaba a tu lado, en el sofá marrón del salón de vuestra antigua casa, mientras veías los dibujos en la tele. Le pareció hasta sentir tu olor a Nenuco. —Dos lágrimas comienzan a rodar por el rostro de Jose—. Aquella noche, mientras se dejaba ir en brazos de la morfina, deseó volver a sentir tus manitas levantando sus párpados despacio, que en aquel entonces caían vencidos por el cansancio de la jornada de trabajo, y oír tu vocecita de niño diciendo con media lengua que tenía que despertar.

Jose mira a Eva sorprendido, pero no habla. Eva acaricia con su mano el rostro de su pareja, quien se rompe en un llanto desconsolado. Lucía se levanta y le abraza con delicadeza, mojando su nuca con sus propias lágrimas. Sabe que Jose por fin la cree. Quizás después de todo, haya esperanza, quizás después de todo, él pueda entenderla y aprender a vivir con las sombras que la rodean, al menos ella está dispuesta a enseñarle, ahora sí.

ZORRA

Marta sale del ascensor, con los nervios convertidos en un nudo que agarrota la boca de su estómago. 

Se detiene unos segundos delante la puerta de la consulta, con sus ojos fijos en el reflejo de su propia imagen, sobre la placa dorada con el nombre de esa zorra. Con una inspiración profunda, consigue controlar las lágrimas que comienzan a asomar en sus ojos, y adelanta su dedo índice para tocar el timbre por última vez, después de haberlo hecho cada jueves estos últimos dos meses. 

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EL CONFESOR DE PIEDRA

El sol vuelve a estar en lo más alto, su presencia ya me acompaña durante la mayor parte de la jornada. Los humanos que pasean por mi calzada de viejos cantos desgastados, por el tiempo y el uso, llevan menos ropa cubriendo sus cuerpos. Seguro que ellos pueden sentir los rayos de esa estrella de fuego tanto como yo los noto sobre las piedras que forman mis arcos y mi calzada, hasta sentirlas arder. Al menos yo tengo la compañía constante de la corriente del río entre mis pilares, abundante, clara y fresca incluso en esta época del año. Quizás por eso ella siempre ha buscado refugio en mí de estas temperaturas, siempre, desde que era una pequeña humana.

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LA CAZA

El sonido del despertador me sobresalta. Abro los ojos adormilada y aprieto el botón de apagado, los números se iluminan. Las seis de la mañana, es la hora.

La ropa de caza, que dejé anoche perfectamente dispuesta sobre la silla de mi habitación, espera a que me duche. Siento el nudo en el estómago de los días de cacería, de un modo especial hoy, por ser la primera de la temporada. Sé que soy incapaz de ingerir nada sólido, pero mis pasos me llevan hacia la cafetera directamente, pulso el botón de encendido en modo automático, siempre necesito despejarme con un buen carajillo para templar los nervios.

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