Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.
Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos.
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