VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea. La pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria viaje hasta la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940. Entonces tenía tan solo dieciséis años, hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

«Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, el olor a vinagre de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, de la parada de la familia de mi amigo Quique. 

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EL ANIVERSARIO

Claudia observa satisfecha su imagen en el espejo. Nunca ha sido la más guapa, ni la más delgada, pero siempre ha sabido combinar bien las prendas, y hacer que un modelo de menos de treinta euros luzca mejor que uno de trescientos. Hoy no es precisamente una ganga lo que lleva, el modelo de hoy es un Armani, ni más ni menos que un Armani. La cena de su vigésimo aniversario no merecía menos. 

El vestido que ha estado reservando especialmente para esta noche, y que compró hace unos meses en aquella cadena de outlets a las afueras de la ciudad, le sienta como un guante. Gira sobre sí misma despacio, recorriendo sus curvas con la mirada, se ajusta a la perfección a todas y cada una de ellas, nunca antes había sentido una tela como esa, tan suave, ligera y pesada a la vez, acariciando su piel de un modo casi orgásmico. Posa las manos en sus caderas, y alza la barbilla con un gesto que viste de inmediato su rostro sereno de seguridad, por primera vez en mucho tiempo. 

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NOCHE DE REYES

Como cada año en los primeros días de enero desde que nació su primer hijo, en la casa de los Prieto se palpaba la ilusión. Pepa se afanaba en preparar el chocolate de la merienda a fuego lento en la cocina. Su pequeño Jaime se había levantado aquella mañana con décimas de fiebre, provocadas por un catarro tonto, y con una temperatura exterior de menos cinco grados, lo más sensato era ver la cabalgata de la capital en la televisión, refugiados bajo la manta en el sofá frente a la chimenea, en lugar de esperar junto al resto de los niños y padres del pueblo en cualquiera de las calles de Villalpando, donde vivía la familia, y arriesgarse a que el enfriamiento del pequeño terminase por convertirse en algo más serio. Además, por primera vez en los últimos años, Pepa y Jaime estarían solos aquella tarde, su marido no iba a poder bajar de la fábrica metalúrgica en la que trabajaba, en las montañas de León, la nieve que había comenzado a caer a media mañana terminó por cubrir la carretera de bajada con un manto de más de veinte centímetros de espesor. Pepa no podía evitar que la tristeza se dibujase en su rostro al pensar que aquella iba a ser la primera Noche de Reyes en la que los tres estarían separados, además tampoco podía olvidar la mirada de decepción del pequeño después de explicarle la situación, justo antes de entrar en la cocina. 

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LA CALETA II

Sara abre los ojos. La habitación sigue en penumbra, aunque sabe que tan pronto como haga el más mínimo movimiento, las persianas comenzarán a subir automáticamente por orden de Luis, quien seguramente llevará ya una hora despierto, observando de un modo obsesivo el monitor de seguimiento con su imagen en pantalla, o quizás haya salido a correr y lance alguna mirada entre zancada y zancada al Apple Watch de su muñeca, para saber si su precioso rehén ya se ha despertado.

Como cada mañana desde que se ha visto sumida en esta pesadilla, el primer pensamiento de Sara es para Lola, su querida Lola. Lo único que sabe es que aún sigue viva. El monstruo de Beni parece que no se ha cansado aún de ella, todo un récord para su hermano según Luis, pero a Sara no le ha extrañado, en absoluto. Lola siempre ha sido una guerrera, una luchadora que se ha pasado la vida entera sobreviviendo a todos y cada uno de los baches que el destino ha puesto en su camino, nunca nada tan abominable como lo que debe estar viviendo, presa de un depredador como ese despojo humano, agorafóbico y psicópata adicto al sexo de Beni, pero su Lola, su amiga, su hermana, le está dando una nueva lección. Sara no quiere pensar lo que ha debido hacer durante estos cuatro meses para mantenerse a salvo, no quiere pensar las cosas a las que ha debido acceder, y a las que se ha debido someter contra su voluntad y por la fuerza, porque si lo piensa, las arcadas se hacen con ella, su garganta se cierra y no puede respirar. 

En estos más de ciento veinte días, Sara ha aprendido a controlar sus ataques de ansiedad, y a esconder su miedo, su pavor, tras una máscara de serenidad que también ha conseguido mantenerla con vida; con vida y a salvo de las manos de Luis, quien sorprendentemente ha cumplido con la promesa que hizo cuando la encerró en ese piso el pasado mes de agosto, nunca la ha tocado, nunca más allá de lo necesario en las primeras semanas para asearla, cuando aún la mantenía atada de pies y manos sobre la cama, y no la ha tocado porque sigue esperando que sea ella quien se entregue a él, sigue esperando que Sara se enamore. Enamorarse de semejante enfermo, eso nunca. Lo que sí reconoce es que los cuidados de Luis también la ayudaron a superar la angustia, está convencida de que ya desde aquellos primeros días, y para ayudarla a estar en calma, Luis le ha debido estar suministrando algún calmante. Al principio, debía diluirlo en el café con leche de su desayuno porque tan pronto como bebía media taza, sentía que sus músculos se relajaban, dejaba de temblar y se sumía en un duermevela que duraba prácticamente el día entero. Cuando el verano pasó, Luis comenzó a relajarse ante la aparente sumisión de Sara, y comenzó a adecuar el piso para ella como premio, fue entonces cuando, probablemente por falta de tiempo y exceso de confianza, empezó a traer el calmante en pastilla sobre la bandeja, Orfidal para los nervios, según le dijo, y se limitaba a esperar a que ella la tragase en su presencia. Lo que Luis no sabe es que Sara lleva ya dos meses guardando esa píldora bajo el labio superior, pegada a la encía. La esconde en un movimiento discreto y rápido, justo cuando la introduce en su boca para tomar después un sorbo de agua y dar una ligera sacudida de cabeza hacia atrás para simular aún mejor que la traga. De ese modo, cuando Luis la obliga a abrir la boca por completo y levantar la lengua, nunca encuentra nada. Comenzó a hacerlo cuando Luis dejó de atarla, aunque no se olvida de que las cadenas siguen ahí, colgando del somier, tapadas por el cobertor, no se olvida de que pueden volver a sus muñecas y tobillos si algo saliera mal.

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TURNO DE NOCHE

Adrián aparca su moto en la zona designada a los empleados de seguridad, dentro del muelle de carga de la gran torre de oficinas, su nuevo lugar de trabajo. Guarda los guantes y el casco en su baúl trasero, mientras intenta controlar las hormigas que corretean por su estómago, no puede evitar los nervios de su primer día. A sus veinticinco años, necesita un trabajo que le ayude a pagar sus estudios en criminología, así que no lo ha pensado dos veces cuando uno de sus profesores le ha puesto en contacto con esta empresa.

Antes de seguir las instrucciones para tomar el montacargas que lo llevará a la sala de control, observa por un segundo los muelles totalmente vacíos. Los toros de descarga de material esperan aparcados a que comience un nuevo día para ponerse en marcha, las motocicletas de vigilancia, que seguramente deberá usar en algún momento de la noche para controlar que todo está en orden, en las más de dos mil plazas de estacionamiento para empleados, también esperan perfectamente aparcadas en batería con el logo de SegurDetect bien visible en el chasis, con los colores corporativos, gris y azul. Con un escalofrío, Adrián sube un poco más la cremallera de su chaqueta touring de invierno y acomoda la braga de cuello que aún no se ha quitado, el aire helado del invierno se cuela por todas las verjas de acceso, cerradas ahora por seguridad. El silencio es absolutamente sobrecogedor, sólo interrumpido por el silbido del viento que se cuela por las rendijas de las puertas y las rejas, la impresión se acentúa cuando cae en la cuenta de que se encuentra en el sótano de la gran mole de acero, cemento y cristal de veintitrés plantas de altura, construida sobre las cenizas del edificio Windsor, aquella enorme mole que ardió hasta sus cimientos allá en el dos mil cinco, cuando tan solo era un crío.

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VENGANZA

(Relato Completo)

El inspector Martínez, conducía bajo la torrencial lluvia a toda velocidad. Hacía apenas unos minutos que su cerebro se había iluminado como una bombilla, descubriendo la explicación al caso que había estado atormentándolo, con saña, durante el último mes. El limpiaparabrisas se movía frenéticamente, tratando de expulsar las gotas de lluvia del cristal, y el vehículo se deslizaba por el asfalto de forma temeraria, impulsado por la urgencia con la que el policía pisaba el gastado acelerador de su coche de alta gama. El tiempo se agotaba. Si no reaccionaba ya, el sospechoso podría escapar en cualquier momento. Ahora lo comprendía al fin. ¿Cómo no se le había ocurrido buscar ahí antes? ¿Cómo había podido estar tan ciego? Con la mirada perdida en la sinuosa carretera, no pudo evitar que su intrépida mente viajase al momento en el que estalló todo.

Aquella noche el inspector estaba a punto de pedir la cuenta en el restaurante donde había tenido una magnífica cena con su último ligue, la tremenda rubia que trabajaba como recepcionista en el turno de mañana de la consulta de su odontóloga. Una mujer con unas curvas monumentales que compensaban con creces su intensa verborrea, la cual Martínez se moría por acallar de mil maneras en cuanto salieran de allí, todas ellas sobre la enorme cama de su apartamento. Antes de poder levantar el brazo en busca del camarero, el sonido estridente de su móvil rompió el silencio, y al ver el número de uno de sus subordinados en la pantalla, la promesa de un memorable fin de fiesta se esfumó ante sus ojos como por arte de magia. Supo que la noche de buen sexo tendría que esperar en cuanto contestó a la llamada y escuchó los balbuceos del pobre chaval, que además de disculparse por haber tenido que molestarlo en su día libre, le comunicaba que necesitaban su presencia en la escena de un crimen que acababan de descubrir hacía pocos minutos.

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PADRES DEL 2050

—Hugo, Hugo no te duermas ¡Hugo! 

El último grito de su crush, termina por espabilar a Hugo. Y eso que ya había empezado a roncar.

—¡Joder! ¡¿Qué?! —Responde en un gruñido.

—¿Cómo que qué?…Es que ya ni me esperas —contesta Paula enfurruñada al tiempo que aprieta el botón de descapotado de su lado de la cabina de matrimonio.

—¿Pero qué quieres, bro?…. —responde Hugo.

La luz del cubículo de Paula, a pesar de estar en modo chill, le deslumbra. «En momentos como éste es cuando me arrepiento de no haberme shippeado en separación de bienes y cápsulas» piensa. Da dos palmadas con el envés de su mano y dice «fantasía» para encender la luz de su cubículo con idéntica intensidad. Emite un silbido adicional para elevar un poco el respaldo, alineándolo al de ella.

Paula da dos silbidos adicionales para dejar su respaldo totalmente erguido, mala señal. La conversación va para largo.

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