LA ESCAPADA

Aquella tarde estaba realmente nerviosa, tenía el extraño presentimiento de que algo importante iba a ocurrir. Sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la espesura del bosque de la zona de la Valduerna, no podía dejar de pensar que en tan sólo unas horas nos reuniríamos con la tía de mi novio y su marido para pasar el fin de semana juntos. 

Estaba nerviosa y expectante a la vez, Carmela, su tía paterna, era una mujer muy especial, de mirada azul grisácea hipnótica y de una belleza misteriosa que seguía llamando la atención a sus casi sesenta años. Lo que más me apasionaba de aquella mujer, además de su estilo desenfadado y juvenil, y su pelo corto casi blanco, siempre fue su energía cálida y pacificadora. Sergio ya me lo advirtió camino de la casa de sus padres, antes de presentarme a toda la familia en aquel almuerzo por su cumpleaños, tan sólo un par de meses después de empezar a salir juntos. Los ojos plateados de aquella mujer me impactaron de un modo desconocido. Tan pronto como la tuve frente a mí, una sensación de calidez, de hogar, me recorrió de pies a cabeza, de un modo aún más acusado cuando la escuché decir mi nombre y tomó mi mano para llevarme al salón, donde todos esperaban. Durante aquel almuerzo no dejamos de hablar ni un segundo, su sonrisa me calmaba, la sentí ya familia a pesar de habernos conocido tan solo momentos antes. Cuando llegó el momento de despedirnos, me rodeó con sus brazos para darme un abrazo sentido, de esos que salen del corazón; en ese momento tuve la sensación de haberla conocido siempre, despertando en mí la necesidad de seguir aún más tiempo a su lado, sin saber por qué. Luego, después de besar mi mejilla en un gesto maternal, soltó aquellas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón para siempre: «¡Cuánto me alegro de habernos encontrado, niña!».

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UNA VEZ MÁS

Marga sale de la cafetería con lágrimas en los ojos y el corazón tan encogido en su pecho que teme que se olvide de dar algún latido. A pesar de ello, Marga camina erguida, con paso firme, aparentando una seguridad que ahora mismo no tiene, pero no quiere que él vea caer ni una de sus lágrimas, no quiere darle esa satisfacción. Siente cómo su estómago se revuelve al recordar esa sonrisa socarrona, de engreído orgulloso, cuando ha soltado esa última frase que reaparece ahora en su mente palabra por palabra, como en la pantalla de un telepronter: «…lo siento Marga, pero ya sabías que lo nuestro era esto, así, sin más. No es culpa mía que te hayas montado una película con un “nosotros”…». En cuanto esas palabras han salido de su boca, Marga ha tenido que mordisquear el interior de sus carrillos para no estallar, ha respirado hondo, se ha levantado muy despacio y le ha soltado con una frialdad fingida un: «mira, yo me voy a ir…».  Y ahora ahí está, camino de su casa, sintiéndose una estúpida, hecha pedazos una vez más por volver a enamorarse del amor, de ese cóctel de dopamina, endorfinas y oxitocina, que le hace tocar el cielo con la punta de los dedos cada vez que se deja llevar, lamentablemente esta vez, una vez más, con la persona equivocada.

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LA FLOR DEL LIRIO

El eco de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calzada llega hasta los oídos de Ofelia. Un nuevo viajero acaba de atravesar el arco de entrada a la ciudad que rompe la muralla en la calle de Carders, en plena almendra de la ciudad de Barcelona. Ofelia limpia las manos en su mandil, y agudiza el oído. Toda la calle está repleta de hostales, todos ansiosos y listos para recibir a los comerciantes, a los mercaderes, incluso a las amas de cría que ofrecen la leche caliente de sus repletos cántaros de carne y hueso a las familias de alta cuna, cuyas nobles madres no pueden amamantar a sus retoños. 

—¿Qué te apuestas a que hoy tenemos nuevo huésped?—Ofelia reta al cocinero que se afana en preparar el puchero del famoso guiso de carne del hostal para ponerlo al fuego—. Venga dí… ¿Cuánto apostamos?¿Medio croat?

El cocinero limpia el sudor de su frente con el mismo trapo con que repasa la cuchara de palo que mete después en el guiso para remover bien el tomillo y el romero que acaba de añadir, y mira a la gobernanta con cara de pocos de pocos amigos.

—Mira mujer, déjame de juegos y memeces. No estoy yo para murgas… Se nos acaba la carne, estas son las últimas piezas de cadera que teníamos—dice apuntando con su mano libre al puchero de barro que ya comienza a bullir en el fuego de la enorme chimenea de la cocina del Flor del Lirio—. Más nos vale que entre ese desgraciado y nos deje varios croats de su bolsa. Si no, a ver cómo diantres vas a conseguir tú más de esto. Te recuerdo que sacamos tantos dineros con mi guiso de carne como con las habitaciones que renta la señora, y si no hay carne no hay guiso, y si no hay guiso…

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LIBRES

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

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DESPERTAR

Laura busca como puede la llave de su coche en el bolsillo del pantalón. Lleva a su hija Kathia de la mano, ambas tratan de caminar controlando el bamboleo de las bolsas de viaje que cuelgan de sus hombros, bolsas en las que, en su desesperación por salir de la casa cuanto antes, la mujer sólo ha podido meter las cuatro cosas más importantes. No quiere pulsar el botón de apertura remota de su Golf para evitar que algún vecino curioso pueda escuchar algo y salga a su encuentro para para acribillarla a preguntas hasta conocer su destino. Quiere evitar dar explicaciones, necesita salir de allí cuanto antes. Con mano temblorosa, introduce la llave en la cerradura, abre el maletero, tira su bolsa al interior y anima a su hija a hacer lo mismo con un golpe de cabeza. Cierra el portón despacio perdiendo un tiempo que sabe que no tiene, para acompañar después a su hija al asiento del copiloto, ayudarla a acomodarse y cerrar la puerta con idéntica calma tensa. Antes de introducir la llave en el contacto, Laura la observa por un segundo cuando se sienta frente al volante. Kathia, su pequeña de trece años, tiene la mirada perdida y obedece a sus gestos sin expresión alguna, quiere creer que su apatía se debe a las pastillas que ha disuelto en el vaso de cacao de la merienda, algo que sabía era necesario no sólo por lo que pudiera pasar por el camino, sino para el momento en el que se reunieran con su madre.

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UN GOLPE SERIO

No dejo de dar vueltas por el salón, deambulo de un lado a otro sin dejar de pensar qué le voy a decir, cómo voy a conseguir aplacar su enfado después de haber enviado nuestro coche al taller por segunda vez este año, lo peor es que esta vez el golpe ha sido un poco más serio que el de hace unos meses, bastante más diría yo, al menos yo estoy bien, vamos es que no me duele nada, aunque cuando escuché el ruido de la carrocería al impactar con el coche que iba delante me temí lo peor, pero nada la verdad, ay madre cómo debe estar Héctor, hecho una furia, habrá ido al taller donde los de la grúa han debido llevar el León y seguro que viene que…

El sonido de la llave en la cerradura de nuestro piso me saca del bucle mental en el que llevo perdida no sé cuánto tiempo. Me quedo en silencio de pie, junto a la puerta del salón, esperando que la puerta de la calle se abra, para intentar averiguar por su cara el grado de su disgusto y lo que me va a costar sacarlo de ahí, y precisamente ahora que las cuotas de nuestra hipoteca casi se han duplicado. 

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RONDA

Mis manos tiemblan mientras palpan los bolsillos de mis vaqueros en busca de la tarjeta de mi habitación. En mi cabeza la misma imagen se reproduce una y otra vez en bucle, intento controlar mis lágrimas, necesito estar a solas para intentar exorcizar mi mente de todo ello.

Consigo entrar al fin, lo hago como un muerta viviente con la mirada perdida y vacía. Dejo caer el bolso al suelo y me descalzo, dejando las zapatillas tiradas como caen. Siento la respiración agitada y un pinchazo en la boca del estómago, reconozco los síntomas, voy a tener un ataque de ansiedad. Me dejo caer sobre la cama, cierro los ojos, me obligo a tomar aire con una respiración lenta y profunda, e intento recordar los pasos para controlarlo, «cinco cosas que puedas ver, cuatro sonidos, tres cosas que puedas tocar, dos olores, algo que puedas saborear». Abro los ojos y recorro la habitación del hotel con la mirada:

—Televisor, silla, espejo, armario…, zapatillas —digo en voz alta haciendo el barrido a la vez.

Al ver las zapatillas con las que he salido esta mañana de aquí, todo vuelve a mi cabeza y no puedo continuar. Las lágrimas brotan en cascada en un llanto silencioso sin poder evitar recordar cómo he acabado siendo testigo de algo así, maldiciendo el azar que me llevó a esta ciudad, precisamente a esta.

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EL PISO

María trabaja en una empresa de limpieza a domicilio, siempre en turno de noche desde que se quedó sola. Hoy toca limpiar a fondo un ático de cuatro habitaciones, dos baños, cocina y salón, debe dejarlo a punto para la entrada de sus nuevos inquilinos. Está contenta, pagan el doble por cada hora de trabajo, algo excepcional en los días que corren y en estos turnos de mierda. El trabajo ha surgido con cierta urgencia. Los nuevos inquilinos han adelantado su mudanza y el casero, amigo personal de su jefe, le ha pedido este favor.

Son las once de la noche, hace frío, mucho frío, normal en pleno mes de diciembre en Madrid. María acomoda la bufanda de lana gruesa sobre su cuello y camina con cierta inquietud. Sus pasos resuenan sobre los adoquines de piedra de la Calle del Almendro. Es un lunes, y el Barrio de la Latina, siempre atestado de gente de miércoles a domingo, se muestra ahora solitario y vacío. Tiene que acudir a la Calle del Pretil de Santisteban, al número cuatro para ser exactos. Se supone que Fabián, el amigo de su jefe, debería esperarla en el portal para acompañarla hasta la vivienda. Nada más girar la calle, lo encuentra fumando junto a la puerta, encogido bajo su chaquetón acolchado.

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LA CURA

Los pasos de Thea resuenan en la noche. La ciudad duerme pero ella no puede parar de correr. Trata de tapar como puede el camisón de interna entre zancadas. Sólo ha tenido tiempo de coger abrigo y calzado de la taquilla de su habitación, antes de salir por la escalera de emergencia.

La adrenalina corre por sus venas, late en sus sienes. Sólo piensa en huir. Respira agitadamente, no se permite llorar. Sus pies no dejan de moverse, embutidos en las botas con las que llegó hace una semana al hospital, convencida de que le esperaba simplemente otro chequeo semestral: analítica, biopsia de médula, cardiograma, encefalograma, sueros, resonancia. Todo para controlar una leucemia durmiente que la acompaña desde niña. Una leucemia que esta noche, hace unos minutos, acaba de descubrir que nunca ha existido. Acaba de saber que todas esas pruebas, todos estos años, han supuesto el estudio de un experimento que ha estado girando en torno a ella. 

Thea nota el frío en su rostro mientras corre y recuerda el momento en que todo ha quedado expuesto. Había salido al pasillo desierto de la fría clínica, nerviosa por tener que pasar una noche más allí. Los chequeos anteriores nunca habían pasado de cuarenta y ocho horas, pero esa era ya la sexta noche que tenía que dormir allí, no entendía porqué aún no la dejaban volver al orfanato. Vio a la Dra. Díaz hablando por teléfono en el control, así que pensó en acercarse a ella para preguntarle y salir de dudas, pero entonces vió su tablet sobre el mostrador del puesto de enfermeras, con su foto en pantalla, estaba segura de que ese era su expediente. Le pudo la curiosidad y se acercó a leerlo. Cuando puso sus ojos en la pantalla un escalofrío recorrió su espalda. En lugar de su nombre y edad, unos códigos la identificaban como: «SUJETO F001-2007-16 años». Más abajo: «Eficacia Blincytos >100%. Células maduras. Fase de extracción». Las palabras de la Dra. Díaz, que escuchó agazapada en el control de enfermeras, resuenan en su cabeza al ritmo de sus zancadas:  «No estoy preparada… ¡Sólo es una niña!… No podemos hacer eso, ¡no! Ya sé que estamos a un paso de tener la cura, pero no voy a hacerlo… ¡No es una cobaya!…». 

Thea con la respiración entrecortada y lágrimas en los ojos, se detiene frente al orfanato, el único hogar que ha conocido. Necesita ver a Tamis, ella es lo más parecido a una hermana pequeña que ha tenido nunca. Tamis entró en el orfanato tres días después de Thea con sólo cuatro años, Thea tenía entonces siete, y desde aquel día no se separó de ella ni un segundo, protegiéndola a diario, siempre le enterneció su aspecto de pajarillo, tan delgada, tan frágil. Hoy es ella quien necesita su ayuda.

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GOLPE DE EFECTO

Cierro la puerta de casa tras él y me quedo allí, con la espalda apoyada contra el frío  metal blindado pintado de falsa madera, su gélido tacto se cuela fácilmente a través de la fina camiseta de tirantes que llevo puesta. Esa ha sido la única prenda que me ha dado tiempo a recoger del suelo de la habitación para cubrirme en cuanto le he visto casi totalmente vestido de pie frente a mí, usando una vez más la excusa habitual de sus interminables reuniones para salir corriendo. Esa ha sido la única prenda que he tenido tiempo de ponerme encima para acompañarle hasta la salida y volver a mi soledad, como ya hice innumerables veces antes de esta tarde, pero con una sensación diferente en mi interior, diferente al vacío que me invadía entonces por completo tras cada uno de sus besos de despedida.

Lleno mis pulmones en una inspiración profunda, seguida de una exhalación pacificadora y relajante. Comienzo a caminar descalza hasta la habitación que hemos ocupado hasta hace un momento, en la que durante un par de horas nos convertimos en una maraña de brazos, piernas, piel y sudor. El olor a sexo mezclado con su perfume caro de Hugo Boss, me recibe como una bofetada inundando mis fosas nasales en el momento en que pongo un pie en ella. Arrugo la nariz en un acto reflejo y me dirijo a la ventana con paso decidido para subir la persiana y abrir las hojas de par en par, me obsesiona pensar que su olor haya quedado impregnado en el algodón de mis sábanas, sábanas que comienzo a retirar en silencio, mientras los visillos blancos bailan mecidos por la brisa que lo llena todo, que renueva todo.

Saco sábanas limpias del armario para vestir mi cama de nuevo, no puedo evitar que mi mente se pregunte cómo es posible después de tanto tiempo que nada haya cambiado en él, cómo es posible que siga comportándose como el ególatra que siempre fue, convencido una vez más de tenerme rendida a sus pies. Ese ha sido el mensaje que ha querido dejar con la sonrisa que ha dibujado en sus labios mientras abrochaba su camisa botón a botón, recorriendo con su mirada lasciva las curvas de mi cuerpo aún tendido sobre la cama, seguramente paladeando el sabor de cada centímetro de mi piel aún en su lengua con esa mirada sorpresiva y triunfal a partes iguales. No cabe duda de que hacía tiempo ya que había dejado de contemplar la posibilidad de volver a meterse en mi cama, de volver a estar entre mis piernas, sobre todo después de cómo acabó nuestra historia.

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