Aquella tarde estaba realmente nerviosa, tenía el extraño presentimiento de que algo importante iba a ocurrir. Sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la espesura del bosque de la zona de la Valduerna, no podía dejar de pensar que en tan sólo unas horas nos reuniríamos con la tía de mi novio y su marido para pasar el fin de semana juntos.
Estaba nerviosa y expectante a la vez, Carmela, su tía paterna, era una mujer muy especial, de mirada azul grisácea hipnótica y de una belleza misteriosa que seguía llamando la atención a sus casi sesenta años. Lo que más me apasionaba de aquella mujer, además de su estilo desenfadado y juvenil, y su pelo corto casi blanco, siempre fue su energía cálida y pacificadora. Sergio ya me lo advirtió camino de la casa de sus padres, antes de presentarme a toda la familia en aquel almuerzo por su cumpleaños, tan sólo un par de meses después de empezar a salir juntos. Los ojos plateados de aquella mujer me impactaron de un modo desconocido. Tan pronto como la tuve frente a mí, una sensación de calidez, de hogar, me recorrió de pies a cabeza, de un modo aún más acusado cuando la escuché decir mi nombre y tomó mi mano para llevarme al salón, donde todos esperaban. Durante aquel almuerzo no dejamos de hablar ni un segundo, su sonrisa me calmaba, la sentí ya familia a pesar de habernos conocido tan solo momentos antes. Cuando llegó el momento de despedirnos, me rodeó con sus brazos para darme un abrazo sentido, de esos que salen del corazón; en ese momento tuve la sensación de haberla conocido siempre, despertando en mí la necesidad de seguir aún más tiempo a su lado, sin saber por qué. Luego, después de besar mi mejilla en un gesto maternal, soltó aquellas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón para siempre: «¡Cuánto me alegro de habernos encontrado, niña!».
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