«Hoy cumplo veintiún años». Ese es el primer pensamiento de María nada más despertar en su cama esta mañana. Tras un bostezo eterno, y a pesar del abrazo cálido de su edredón nórdico salpicado de flores en vivos colores, consigue salir de ella.
Ya en pie, María se despereza una vez más, como una cría pequeña, y comienza a caminar somnolienta hacia la cocina, donde tiene todo listo para preparar la cafetera como cada mañana. Tan pronto como comienza a sonar el borboteo del agua sobre el filtro, no puede evitar entornar los ojos y aspirar con una sonrisa el aroma a café recién hecho que lo envuelve todo. Vigila con la mirada el avance del nivel de la jarra de cristal que va llenándose gota a gota con el oro negro que se muere por beber, así tal cual, sin azúcar ni leche y un poco aguado de más, como los americanos. Cuando el piloto de la máquina se apaga, abre el armario sobre el fregadero para elegir su taza favorita. Satisfecha, con el café humeante entre sus manos, se dirige hacia el salón acompañada por el sonido bajo sus pies del crujir de los listones de madera maciza, que visten el suelo del pequeño piso de estudiantes del barrio del Húmedo de León, el mismo que lleva alquilando desde hace tres años, desde que comenzó la carrera de enfermería.
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