(Segunda Parte Completa)
Sara abre los ojos. La habitación sigue en penumbra, aunque sabe que tan pronto como haga el más mínimo movimiento, las persianas comenzarán a subir automáticamente por orden de Luis, quien seguramente llevará ya una hora despierto, observando de un modo obsesivo el monitor de seguimiento con su imagen en pantalla, o quizás haya salido a correr y lance alguna mirada entre zancada y zancada al Apple Watch de su muñeca, para saber si su precioso rehén ya se ha despertado.
Como cada mañana desde que se ha visto sumida en esta pesadilla, el primer pensamiento de Sara es para Lola, su querida Lola. Lo único que sabe es que aún sigue viva. El monstruo de Beni parece que no se ha cansado aún de ella, todo un récord para su hermano según Luis, pero a Sara no le ha extrañado, en absoluto. Lola siempre ha sido una guerrera, una luchadora que se ha pasado la vida entera sobreviviendo a todos y cada uno de los baches que el destino ha puesto en su camino, nunca nada tan abominable como lo que debe estar viviendo, presa de un depredador como ese despojo humano, agorafóbico y psicópata adicto al sexo de Beni, pero su Lola, su amiga, su hermana, le está dando una nueva lección. Sara no quiere pensar lo que ha debido hacer durante estos cuatro meses para mantenerse a salvo, no quiere pensar las cosas a las que ha debido acceder, y a las que se ha debido someter contra su voluntad y por la fuerza, porque si lo piensa, las arcadas se hacen con ella, su garganta se cierra y no puede respirar.
En estos más de ciento veinte días, Sara ha aprendido a controlar sus ataques de ansiedad, y a esconder su miedo, su pavor, tras una máscara de serenidad que también ha conseguido mantenerla con vida; con vida y a salvo de las manos de Luis, quien sorprendentemente ha cumplido con la promesa que hizo cuando la encerró en ese piso el pasado mes de agosto, nunca la ha tocado, nunca más allá de lo necesario en las primeras semanas para asearla, cuando aún la mantenía atada de pies y manos sobre la cama, y no la ha tocado porque sigue esperando que sea ella quien se entregue a él, sigue esperando que Sara se enamore. Enamorarse de semejante enfermo, eso nunca. Lo que sí reconoce es que los cuidados de Luis también la ayudaron a superar la angustia, está convencida de que ya desde aquellos primeros días, y para ayudarla a estar en calma, Luis le ha debido estar suministrando algún calmante. Al principio, debía diluirlo en el café con leche de su desayuno porque tan pronto como bebía media taza, sentía que sus músculos se relajaban, dejaba de temblar y se sumía en un duermevela que duraba prácticamente el día entero. Cuando el verano pasó, Luis comenzó a relajarse ante la aparente sumisión de Sara, y comenzó a adecuar el piso para ella como premio, fue entonces cuando, probablemente por falta de tiempo y exceso de confianza, empezó a traer el calmante en pastilla sobre la bandeja, Orfidal para los nervios, según le dijo, y se limitaba a esperar a que ella la tragase en su presencia. Lo que Luis no sabe es que Sara lleva ya dos meses guardando esa píldora bajo el labio superior, pegada a la encía. La esconde en un movimiento discreto y rápido, justo cuando la introduce en su boca para tomar después un sorbo de agua y dar una ligera sacudida de cabeza hacia atrás para simular aún mejor que la traga. De ese modo, cuando Luis la obliga a abrir la boca por completo y levantar la lengua, nunca encuentra nada. Comenzó a hacerlo cuando Luis dejó de atarla, aunque no se olvida de que las cadenas siguen ahí, colgando del somier, tapadas por el cobertor, no se olvida de que pueden volver a sus muñecas y tobillos si algo saliera mal.
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