LA CALETA

Sara baja del taxi y, con la mirada perdida en el pequeño edificio de apartamentos turísticos junto al que han estacionado, espera a que su amiga Lola salga también. Escucha la puerta del conductor y su charla amigable con Lola mientras saca su equipaje del maletero, pero está tan embobada observando la humilde fachada, que sólo reacciona con el sonido del motor del vehículo cuando arranca para seguir su camino. Sara recoge su maleta sin decir nada, su amiga tampoco habla, imagina que porque ella también se ha dado cuenta de que están al menos en décima línea de playa, a pesar de que el anuncio prometía vistas al mar. 

Con cierta sospecha de flagrante estafa creciendo poco a poco en su interior, Sara consigue localizar su casillero guarda llaves entre el enjambre de pequeñas cajetillas colgadas unas sobre otras, perfectamente alineadas a ambos lados del portal, en una especie de gymkana absurda a base de prueba y error con cada una de ellas, ya que el sol ha desgastado hace tiempo los números que marcan el apartamento correspondiente.

—Es que no falla, ¡joder!—exclama Lola por fin en un estallido que resuena en el eco del callejón—. Siempre que elijo yo el apartamento la cago. No aprendo… ¡Es que no aprendo! Y lo peor de todo es que sé que me lo vas a estar recordando cada día hasta el año que viene. 

Sara, deja la maleta junto a la puerta, y con la llave en la mano, sin mirar a su amiga, suelta con sorna:

—Hombre, dos semanas en Cádiz en pleno mes de agosto por ochocientos euros en un apartamento con dos camas, cuarto de baño, cocina americana y terraza, a un paso de la Playa de la Caleta, tal y como está la cosa, podría haberte hecho sospechar algo…

Después de un segundo de silencio mortal, su carcajada a dúo resuena en el barrio de pescadores de La Viña, que a pesar de estar rayando el mediodía, parece que comienza a despertar.

Lola, aún entre risas, seca con la mano el sudor que empieza a perlar su frente por la humedad.

—Odio estos sudores del primer día en la playa—protesta con media sonrisa mientras seca la palma de su mano sobre el bolsillo trasero de su short vaquero para limpiarla—. Me siento como una cerda hasta que consigo acostumbrarme.

—Venga anda princesa, cuélgate tu mochila de una vez y vamos a descubrir las maravillas que nos depara este palacio—responde Sara con una reverencia teatral para introducir la llave después en la cerradura.

Continuar leyendo «LA CALETA»

FELIZ VERANO

Esta semana como ves no traigo relato, pero paso por aquí para desearte un FELIZ VERANO.

Yo, tal y como probablemente vas a hacer tú, tomo unas semanas de descanso para seguir creando historias y trabajar en mi segunda novela. Prometo regresar el primer viernes de septiembre con nuevos escritos que espero te gusten tanto como los anteriores. 

No podía irme de vacaciones sin dejar un regalo para agradecer tu apoyo, tus comentarios y mensajes, y el tiempo que dedicas a leer cada una de mis historias. No sabes cuánto me animas a seguir escribiendo sólo por estar ahí. Si me sigues en Instagram, pasa por mi perfil para ver el reel de esta semana y votar por el tema sobre el que quieres que escriba el primer relato post vacacional. Además, podremos estar en contacto de vez en cuando por esa red.

Descansa, desconecta y lee mucho, sobre todo eso. Y si echas de menos un poquito mis historias, ya sabes que puedes bucear por ellas. Están siempre disponibles para ti.  

Volvemos a vernos en este mundo entremispáginas con las baterías cargadas a pleno rendimiento. Mientras tanto, cuídate mucho.

Un beso. Chao.

CAMPAMENTO DE VERANO

Respiro hondo antes de llamar a la puerta. La Srta. Roch, mi tutora en esta mierda de campamento, quiere verme. Sé lo que me va a decir, que la he cagado, pero no quiero saber las consecuencias, y menos que las sepa el capullo de mi abuelo.

Golpeo un par de veces con los nudillos. 

―¿Se puede? —Mi voz suena menos segura de lo que me gustaría.

―Pasa, Bruno. Adelante ―La suya es puro hielo en estos momentos.

Al entrar, encuentro a la Srta. Roch en pie junto a la ventana, de espaldas a mí. No puedo evitar pensar que para ser una treintañera está bastante potente. No se gira al oírme entrar, pero con un gesto de mano, me pide que me siente frente a su escritorio. Esto pinta mal.

―¿Sabes Bruno? Cuando llegaste aquí al comienzo del verano, nunca pensé que acabarías en esa silla, al menos no por estos motivos. El día que te di la bienvenida a XtremeGenius parecías un chaval tímido, hasta apocado, y ahora mírate, el gallo en el corral del campamento. Has superado con creces a los veteranos: botellas de alcohol robadas, escapadas nocturnas con tus secuaces, visitas al ala de las chicas por la noche. Te has convertido en toda una joya. 

Sé que debería mostrarme arrepentido, pero qué coño, todo eso lo he hecho yo. Sonrío en el peor momento. Ella se acaba de girar.

Continuar leyendo «CAMPAMENTO DE VERANO»

UN MAL DÍA

A pesar de que aún no ha salido el sol, acaba de amanecer un nuevo día realmente gris en la ciudad. El frío y la niebla calan los huesos, pero eso Ana aún no lo sabe. No lo sabe porque cuando suena el despertador a las seis en punto, ella saca su mano de debajo del edredón nórdico con la rapidez de un guepardo, para apagar el insultante pitido de la alarma en un movimiento certero, y volver a esconderla de nuevo bajo el cobertor con idéntica velocidad, en busca de calidez. 

—Mmm… Sólo cinco minutos más—murmura adormilada como cada mañana en la soledad de su cama, con la cabeza medio cubierta también por el tapadero.

«Joer, qué bien se está aquí calentita» piensa esta vez para sí, al tiempo que se abraza a su almohada y pasa lo que tiene que pasar.

—¡Mierda, ya me he dormido!—grita con los ojos abiertos como platos y se sienta en la cama en un movimiento enérgico, como si hubiera saltado un resorte en su espalda.

Continuar leyendo «UN MAL DÍA»

LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

Continuar leyendo «LOS AMANTES»

AL AMANECER

Mis párpados, aún cerrados, comienzan a detectar la claridad. Abro los ojos con dificultad, la luz del sol que entra por las rendijas de la persiana incide de lleno sobre ellos. Intento reconocer la habitación en la que me encuentro. Por unos segundos no sé dónde estoy. Alguien se mueve a mi lado, en la cama, giro la cabeza y veo su cabello negro, rizado y revuelto. «Dios, Lena, ¿qué has hecho?», me reprocho en silencio. Todo se aclara de repente. Siento como se mueve bajo las sábanas y gira su precioso rostro hacia mí con un ojo abierto y otro cerrado, el pequeño camaleón, como solía llamarla en la universidad.

—Mmmnnn, buenos días —saluda adormilada.

Reprimo mi mano, que desea acariciar su mejilla, y tapo mis ojos con ella.

—Esto no tenía que haber pasado —digo bruscamente como respuesta—. Tengo que irme.

Salgo de su cama lo más rápido que puedo, buscando mi ropa desperdigada por el suelo de la habitación.

—Lena. Lena, para un momento por favor. Mírame.

Intento ignorar sus palabras, no puedo mirarla, no quiero.

—¡Lena! —Insiste Lola alzando la voz.

Me giro hacia ella, aún desnuda, con la ropa que he conseguido recuperar en mis manos.

—Lena, por favor espera, vamos a hablar un segundo. Esto ha pasado, lo queramos o no. Bueno, yo lo he querido toda mi vida, ¿y tú? —Su voz suena calmada, pero detecto un pequeño quiebro que me hace pensar que está asustada, tanto como yo.

Consigo ponerme el vestido por la cabeza y me siento a su lado en la cama. Tiene razón, tenemos que hablar.

—Lola…, lo de anoche no debió ocurrir, esto no puede ocurrir. ¡Me caso la próxima semana! ¿Es que no lo ves? —pregunto tapando después mi boca con la mano.

Ella acerca su mano a la mía, y con gesto dulce la lleva sobre su regazo, para cubrirla con las dos. Me mira a los ojos, su mirada intenta encontrar en la mía una respuesta.

—Lena, no has respondido a mi pregunta. ¿Tú querías que esto pasara?

Aparto mi mano de las suyas y mi mirada también.

—Lola, eres mi mejor amiga. Yo no…, ¡esto es una locura! Faltan siete días para mi boda —contesto negando con la cabeza.

Evito mirarla, no puedo responder, me da miedo oír mi propia respuesta.

—¿De verdad que no vas a decir nada más? Ya sé que te casas, anoche celebramos tu despedida de soltera, la organicé yo, tu dama de honor. Pero también sé lo que ocurrió anoche. Sé que no haces el amor así con nadie por error, sé que lo de anoche no fue un error, y tú también. El error es que en una semana te cases con él, ¡ese es el error!

Lola se pone en pie, toma su camiseta del suelo y se la pone en un movimiento furioso y rápido. Me levanto y acabo de vestirme con la mirada baja, no quiero mirarla, porque si lo hago, todos mis planes, la vida que he planeado, todo, se irá a la mierda. Me va a estallar la cabeza, no se si por la resaca o por los pensamientos que cruzan mi mente a la velocidad de la luz. «¿Cómo voy a enfrentarme a Diego? ¿Cómo voy a decirle que no le quiero, que estoy enamorada de mi mejor amiga desde hace años ? ¿Y mi familia? Mis padres, ¿cómo van a enfrentarse a un golpe como este?». Anudo las cintas de mis cuñas mientras siento sus ojos clavados en mí. Tomo mi bolso en un movimiento rápido y, aún sin poder levantar la mirada, doy un par de pasos.

—Lola, por favor, no me lo hagas más difícil. Tengo que irme…, hay mucho que hacer. No puedo enfrentarme a esto ahora —farfullo intentando llegar a la puerta.

Ella me corta el paso. Está delante de mí, desafiante, erguida y firme. Sus ojos de azabache, me matarían ahora mismo si pudieran. Sus piernas infinitas, perfectas y torneadas, mantienen la postura en tensión.

—De acuerdo. Mírame a los ojos, ¡mírame! —ordena—. Dime que te arrepientes de lo de anoche. Dime que no me quieres, y te prometo que te dejo marchar, que en siete días seré tu dama de honor perfecta aunque me esté muriendo por dentro. ¡Vamos, dímelo!

La miro fijamente, me acerco a ella tanto que me veo reflejada en sus pupilas. Mi cabeza ordena a mi boca algo que el corazón no quiere permitir, patalea en su lucha dentro de mi pecho con tanta fuerza que creo que va a salir disparado. Mi garganta se anuda, para que las palabras no puedan ser pronunciadas. Siento que no puedo más.

Retrocedo hasta la cama y me siento en el borde con ímpetu. Lanzo el bolso contra el suelo con tanta fuerza, que el contenido se desparrama por toda la estancia. Abrazo mis rodillas y empiezo a llorar. Lola se acerca y agachada frente a mí, alza mi rostro con sus manos.

—Lena, habla conmigo por favor —susurra con dulzura—. Necesito saber qué sientes, lo necesito.

Observo como dos pequeños ríos de lágrimas comienzan a recorrer su rostro. Vence el corazón. Mi garganta abre paso, no puedo seguir negando lo evidente.

—No puedo más Lola. No puedo seguir siendo la hija que mis padres desean, la mujer perfecta que espera Diego. Llevo treinta años viviendo la vida según las normas de otros, anulando mi yo por miedo a decepcionar a los que quiero.

Me dejo caer a su lado en el suelo, apoyando mi espalda en el somier. Sonrío con un ligero suspiro, ya no quiero dejar de hablar.

—¿Sabes? Me enamoré de tí el primer día de facultad. Aún hoy recuerdo el peto que llevabas puesto, ahí de pie, en la puerta de la habitación de la residencia y aquel lápiz en el moño. He soñado con lo que pasó anoche desde entonces. He luchado por no soñar con ello cada día desde que te conocí. He tenido miedo, mucho miedo. Miedo al rechazo de mi familia, a reconocer quién soy. Pero anoche…, lo de anoche fue lo que tenía que ser.

Beso sus labios con dulzura, luego su frente y comienzo a recoger las cosas del suelo, giro mi cabeza hacia ella con una sonrisa.

—Vamos, ayúdame a recoger esto boba, no te quedes ahí.

— ¿Cómo? ¿Te vas? Pero… —protesta confusa, no la dejo continuar.

—Claro. Tengo que irme, ya te dije que hay mucho que hacer. Hay una boda que anular, y un par de conversaciones muy duras que afrontar —contesto sin apartar mis ojos de los suyos, que empiezan a brillar con fuerza.

MIDSOMMAR

Son las ocho de la mañana. Roberto suspira con resignación cuando las puertas del ascensor se abren en la planta diez de la Torre de Cristal, justo frente al pasillo que desemboca en la elegante recepción del bufete de abogados en el que lleva ya tres años trabajando, Svensson & Partners. María, la joven recepcionista, le recibe con su mejor sonrisa en cuanto le ve aparecer al otro lado de la puerta transparente.

—Buenos días Sr. Aguilar—saluda con dulzura junto a un llamativo jarrón de flores frescas, que inundan el recibidor de un agradable aroma a eucalipto, lavanda, jazmín y rosas—. ¿Ha visto qué flores tan bonitas hemos encargado este año?

Roberto se ve obligado a detener sus pasos unos segundos para corresponder a su saludo, y prestar algo de atención a las flores, que a pesar de ser preciosas, ya ha decidido que detesta solo por lo que significa su presencia en ese jarrón.

—Buenos días María, sí son preciosas, muy bonitas—suelta casi en un murmuro.

—¿No es encantador que el Sr. Svensson se empeñe cada año en celebrar el Midsommar todos los veranos? ¡Con la de años que lleva ya fuera de Suecia! —exclama la chica con sus ojos azules brillantes contagiada por la emoción del significado de esta fecha para el bufete—. No se imagina todo lo que han preparado el Sr. Svensson y su esposa para la fiesta de esta noche.

Una risa cantarina cierra su última frase.

—Será genial, seguro… —contesta él con desgana, dispuesto a retomar el camino hacia su despacho.

—Sr. Aguilar, disculpe que insista pero…

Roberto sabe perfectamente lo que va a preguntarle, lleva dando vueltas a lo mismo en su cabeza desde que se enviaron las invitaciones. El hombre gira de nuevo sobre sus talones y se acerca a la mesa despacio. María se pone en pie, la verdad es que está realmente preciosa con su vestido corto de algodón blanco y su melena pelirroja ligeramente ondulada.

—Perdone, pero… ¿Sabe ya si vendrá acompañado esta noche? Es que… tengo que confirmar los asistentes totales a la empresa de cátering y…—María baja la mirada a sus manos, que juguetean nerviosas con el Pilot azul con el que suele garabatear en su libreta, seguramente tiene miedo de ser demasiado insistente con su pregunta.

—Verás…, aún no lo tengo claro, dame un par de horas más y te digo. De todos modos, aunque fuera acompañado, no creo que nos quedemos mucho, así que no te preocupes por los canapés, habrá de sobra para todos—responde de carrerilla para que no pueda interrumpir el discurso que ha ido ensayando desde que puso un pie en el ascensor—. Y una cosa más, por favor deja ya de llamarme Sr. Aguilar, nos conocemos desde hace casi tres años, además tengo la impresión de que estás llamando a mi padre cuando te escucho. Llámame Roberto, ¿ok?

María asiente con la cabeza y sonríe mientras dibuja un interrogante junto al nombre de Roberto, en el listado impreso de invitados que descansa junto a su libreta. El único signo de interrogación que ha podido ver, al menos en la primera página, parece que todo el mundo va a llevar pareja.

De camino a su despacho, saluda con la cabeza al resto de asociados y a sus asistentes, que tan pronto como responden a su gesto, vuelven sus cabezas a las pantallas de sus ordenadores o teléfonos. Elvira, su secretaria, no está en su mesa. Hoy está dedicada a los preparativos de la fiesta junto con la asistente del Sr. Svensson. Abre la puerta de su cubículo y piensa en cuánto agradece no tener que aparentar tranquilidad en su presencia, ella le conoce demasiado bien, de hecho es la única de todo el bufete que sabe que es gay. 

Después de dejar la mochila con su portátil sobre el escritorio, sale de nuevo camino del office, en busca de una taza de café que le ayude a afrontar el día, sin apartar de su cabeza la maraña de sentimientos encontrados que lo abotargan por completo, desde que despertó esta mañana junto a Noa, al darse cuenta de que hoy debe confirmar si finalmente va a asistir a la dichosa fiesta junto a él. Roberto toma una taza del mueble sobre la cafetera, introduce una cápsula en la máquina, y pulsa el botón de «carga doble». Algo más animado por el borboteo del café, que ya empieza a despertarle con su aroma, decide volver a su refugio con la taza humeante en la mano y hablar con él. Después de cerrar la puerta, da un primer sorbo reconfortante al café, y toma aire, mientras busca el contacto de Noa en la pantalla de su móvil.

—Hola amor.—Tras el primer tono de llamada, la voz varonil de su novio suena al otro lado, solo con escucharla todos sus nervios se relajan—. No me digas más, sigues dando vueltas a lo mismo…

Roberto suelta un bufido casi sonriente antes de responder.

—Veo que estás perfeccionando tus dotes telepáticas—contesta con sorna.

—¡Qué bobo eres!—Exclama Noa al otro lado—. No necesito nada de eso. Has estado moviéndote toda la noche, dudo que hayas podido dormir…

Touché.

Un par de segundos de silencio se cuelan en la conversación, hasta que Roberto decide continuar.

—Joder Noa, ya sabes que mis dudas no son por ti, no puedo estar más orgulloso de compartir mi vida contigo, de hecho ya sabes que no había convivido con nadie hasta que te conocí—dice al tiempo que su mente vuela diez meses atrás por un instante, a aquella tienda de ropa masculina donde conoció a Noa como dependiente, al día en que le pidió su número y todo comenzó entre ellos—. Pero es que aquí nadie sabe que…

—Que tienes novio—suelta su pareja sin una pizca de reproche, solo como una confirmación del propio hecho en sí.

Roberto, que camina por su despacho como un león enjaulado desde que comenzó la conversación, decide sentarse en su silla y girar el respaldo para poder contemplar el tráfico infinito de Madrid, desde la enorme cristalera con vistas a la Castellana. 

—Pues sí, justo eso… Pero es que me jode tener que dar explicaciones sobre con quién me acuesto, ¿acaso alguno de mis compañeros van diciendo que son heteros?—Pregunta con tanta rabia que es consciente de haber elevado el tono de su voz, que reconduce antes de continuar, ante el silencio de su chico—. Perdona, perdona cariño… Yo…

Roberto puede escuchar el suspiro de Noa al otro lado. Si supiera cuánto le ayuda poder hablar con él.

—A ver Rober, ¿te has planteado que puedes estar creando en tu cabeza un problema que no existe? Quiero decir…—intenta explicarse—. Todos sabemos que el entorno de tu bufete es de lo más clásico y tradicional. Pero dime una cosa, estamos en 2023, ¿de verdad crees que vas a perder tu empleo por ir de la mano de un chico a la cena de tu jefe?

Se crea un breve silencio en la conversación.

—No. Ya sé que no pueden hacer eso, pero ¿y si empiezan a tratarme de otra manera? ¿Y si llega el vacío?—Por fin sale el lastre que Roberto lleva anclado a esa angustia que siente ante la situación, el miedo al rechazo, el mismo miedo que le ha perseguido desde que era un crío.

—Mi amor, si eso sucede, ¿de verdad querrías seguir trabajando allí?—pregunta con calma. 

Roberto respira hondo. La decisión está tomada. 

—¿Sabes qué, cariño?—Escucha el «dime» de su pareja antes de continuar—. Ve preparando esa camisa blanca que tanto te gusta, esta noche vamos de cena.

—Perfecto amor, luego nos vemos.— Noa responde sin ningún aspaviento, como si hace tiempo que supiera que ese iba a ser el plan, como si solo estuviera esperando que Roberto llegara a esa conclusión.

—Y gracias…—dice Roberto antes de despedirse con un sonoro beso.

Tan pronto como cuelga la llamada, sale de su despacho camino de recepción. Podría contestar a María con un email o una llamada, pero quiere confirmar su asistencia en persona. Al llegar a su altura, María deja de teclear en su ordenador y levanta la mirada algo sorprendida.

—¡Sr. Aguilar!… Uy, perdón, Roberto. ¿Necesitas algo?—pregunta al tiempo que se pone en pie.

—María, sólo quería confirmarte que seremos dos esta noche. Por favor apunta el nombre de mi pareja: Noa León Ramírez—informa a la chica sintiendo orgullo en su interior al pronunciar su nombre.

—Ay, Noa… ¡Qué nombre tan bonito!—Contesta ella mientras tacha el interrogante junto a sus datos y apunta a mano los de su pareja—. Ya teníamos ganas de conocer a la chica misteriosa.

Roberto sonríe de medio lado y chasquea la lengua a modo de negación, captando la atención de la recepcionista.

—Al chico misterioso…—afirma recalcando la entonación en la palabra «chico», esperando ver la reacción de la joven.

María acentúa su sonrisa antes de contestar.

—Ah, ¡pues genial!. Por favor asegúrate de decirle que el blanco debe predominar en el outfit—advierte con total naturalidad, sin hacer comentario alguno al respecto—. Otra cosa, ¿ninguna alergia o intolerancia, verdad?

Roberto ríe por lo bajo y niega con la cabeza, al tiempo que responde con un «nada» antes de regresar a su despacho, con un extraño sentimiento de calma en su interior. No ha resultado tan difícil después de todo. Quien sabe si pensará lo mismo dentro de diez horas más, cuando el Uber se detenga delante de la puerta de los Svensson.

Roberto sonríe con toda la tranquilidad que puede a Noa, cuando este aprieta su mano en el asiento trasero del coche que está a punto de llegar a destino. Ven un aparcacoches con un chaleco reflectante en la entrada a la finca que rodea la casa de su jefe, en la zona más tranquila de La Moraleja. Al ver que se trata de un Uber, el hombre indica al conductor que puede acercarse hasta el acceso principal y regresar hasta la salida. 

—¿Nervioso?—pregunta Noa cuando bajan del vehículo.

—Un poco, no te voy a engañar—responde Roberto con una ligera sacudida de hombros—. Pero estoy bien cariño, no te preocupes. Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapo que estás esta noche?

Noa agradece el comentario con un beso suave en los labios de su pareja.

—Tú sí que estás impresionante, amor—susurra sugerente en su oído—. Vamos, ¡a por ellos!

Ambos esperan su turno de acceso a la casa, en la fila que discurre a lo largo del camino de gravilla que lleva hasta la entrada del jardín, flanqueado por antorchas de suelo encendidas, salteadas con postes vestidos de flores frescas de vivos colores, a buena distancia entre ellas. Según se van acercando, Roberto reconoce la voz femenina que llega hasta ellos, responsable de dar la bienvenida y entregar las preciosas coronas de flores con las que todos deben vestir sus cabezas durante la fiesta, tal y como indica la tradición sueca. 

—Esa es la voz de tu secre, ¿no?—pregunta Noa.

Aunque no ha tenido ocasión de presentarlos, sí que han hablado muchas veces por teléfono, sobre todo desde que viven juntos.

—Sí, ella es Elvira, no sabes cuánto me alegro de que sea quien nos dé la bienvenida hoy—responde con sinceridad sin esconder su alivio.

Después de cuatro o cinco parejas más, llega el turno de Noa y Roberto. Elvira sale de detrás de su mesa, camina directamente hacia Noa y le regala un abrazo cariñoso como saludo, que él corresponde a pesar de la sorpresa, ante la mirada complacida de Roberto.

—¡No sabes cuánto me he alegrado al ver tu nombre en la lista de invitados junto al de Roberto!—Exclama la chica con sinceridad, mientras dedica una mirada cómplice a su jefe con sus ojos oscuros, que hoy tienen un brillo especial—. Os he guardado las coronas más bonitas.

La chica les entrega a cada uno un precioso tejido de flores de lavanda, otras pequeñas  silvestres y alguna hoja de eucalipto, que ambos colocan sobre sus cabezas obedientes. Roberto, antes de entrar al recinto desde el que ya salen los acordes de música y las risas de los invitados, se acerca a su asistente, la toma de las manos y dice sin apartar su mirada de la suya:

—Gracias Elvi, gracias de verdad.

Ella se sonroja ligeramente cuando su jefe deja un beso en su mejilla como despedida.

—¡Venga, circula!¿No ves la que estás liando en la entrada?—protesta ella bromista pero visiblemente emocionada por el brillo especial de sus ojos.

Roberto sonríe y se despide con un gesto de su mano, gesto que imita Noa, para luego entrelazar ligeramente sus dedos con los de su pareja, antes de entrar con timidez al recinto donde los demás esperan, bebiendo y riendo alrededor de la piscina, y del maypole, el típico poste alto con forma de flecha en su punta y dos coronas, una a cada lado de su cabecera, alrededor del que bailarán y cantarán durante toda la noche. Roberto siente que los nervios comienzan a cerrar la boca de su estómago cuando observa las miradas de algunos compañeros, y los codazos de algunas parejas. Sin embargo, son muchos los que se acercan con naturalidad a saludarles y presentar a sus propias parejas, gesto que ayuda a Roberto a relajar un poco los nervios. Observa orgulloso cómo Noa se desenvuelve con maneras exquisitas al presentarle a algunos de los socios más veteranos y que, curiosamente, son los que mejor han recibido a su chico.

—¡Roberto!—La voz fuerte y grave del Sr. Svensson suena a su espalda—. ¡Qué bien que hayas llegado ya!

La figura de su jefe resulta imponente, con sus casi dos metros de estatura, su cabello blanco como la nieve y esos ojos azules casi transparentes, vivos y penetrantes. El hombre llega a su altura con dos chupitos bien fríos de snaps en las manos, ese aguardiente sueco abrasador y dulce a la vez. Cuando llega a su altura, tiende el primero a Noa y el siguiente a su empleado.

—Sr. Svensson, déjeme presentarle a…—Comienza a decir Roberto con voz algo temblorosa.

—Tú debes ser Noa, la pareja de Roberto, ¿verdad? Bienvenido a nuestro Midsommar—interrumpe su jefe con ímpetu, al tiempo que tiende su mano a su pareja.

—Sí eso es, encantado, y gracias por la invitación—responde Noa con su mejor sonrisa al estrechar su mano, con una seguridad en su postura que Roberto no puede dejar de admirar.

—Nada, tonterías—contesta el gigante sueco—. Me he alegrado mucho al ver tu nombre junto al de Roberto al repasar esta tarde la lista de invitados con mi asistente. ¡Disfrutad de la noche! Y mucho cuidado con el snaps, entra bien, pero se sube a la cabeza mucho mejor.

Su risa ronca y salvaje contagia a todos los que están alrededor.

Los ojos de Noa se clavan en los de Roberto, que brillan felices y aliviados después de la presentación. 

—Y ahora ¿qué se supone que hay que hacer con ésto?—pregunta con picardía mientras da un par de pasos hacia él.

—Pues, como eres nuevo en estas reuniones, debes esperar que uno de los veteranos te invite a brindar mirándote a los ojos diciendo «sköl!»—responde Roberto alzando el vaso ante su novio y bebiendo su contenido de un sorbo, para cerrar los ojos con fuerza después y resoplar por la graduación alcohólica del aguardiente—. Venga, te toca. Responde con la misma palabra y bebe sin apartar la mirada.

Noa bebe obediente después de repetir el gesto. Cuando el líquido comienza a bajar por su garganta, Roberto no puede evitar reír con ganas al ver los aspavientos de su pareja, que terminan con la típica tos nerviosa que consigue controlar a los pocos segundos. 

—¡Joder con los suecos!—exclama Noa entre risas.

—Anda, vamos a por una cerveza, a ver si consigues suavizar ese gaznate—propone Roberto con una palmadita en la espalda—. Eso sí ya puedes ir preparándote, aquí hay mucho capullo suelto, y cuando saben que hay alguien nuevo, atacan con un snaps, y no podrás rechazar el brindis, es una ofensa y está prohibido.

Roberto no puede parar de reír cuando ve a Elvira con dos chupitos en la mano, caminando decidida hacia Noa. Observa nuevamente el ritual al que su secretaria somete a su pareja, mientras piensa que no sabe cómo será su vida en el bufete a partir de ahora, pero la verdad es que ya no le importa, lo único importante es que esta noche está celebrando la llegada del verano junto al hombre más maravilloso del mundo, la llegada del primer verano juntos. 

De lo que sí está seguro, es que después de este, vendrán muchos veranos más. 

LLUVIA

El sonido cada vez más cercano de las sirenas inunda el silencio de la noche, solo roto por los relámpagos de la tormenta que azota la ciudad. Marta parece una estatua empapada bajo la lluvia, no mueve ni un músculo. Observa las gotas golpeando el rostro inerte de Carlos, tumbado en la acera sobre un charco de agua roja, con su cabeza perdida en el estúpido pensamiento de cómo la lluvia siempre ha estado presente en los momentos más cruciales de la historia entre los dos.

Llovía a cántaros la tarde que conoció a Carlos en la cola de aquel concierto, cuando él tuvo el descaro de darle un papel con su número de teléfono después de la hora y media de espera para poder entrar, antes de que cada uno se perdiera entre la multitud con su grupo de amigos.

Una lluvia fina calaba su ropa el día que se besaron por primera vez, tras la primera cita, en la puerta de su casa, a escondidas de su padre, que vigilaba desde la ventana.

Continuar leyendo «LLUVIA»

EL RELOJ

Compruebo una vez más la hora en el móvil que descansa junto a mi café, sobre la mesa. Quizás debería haber escogido otro sitio para vernos, pero esta cafetería me envuelve y me tranquiliza. Adoro el burbujeo de la cafetera, el murmullo de las conversaciones de las personas que desayunan en las mesas contiguas, el tintineo de los platillos al chocar con las tazas, que los camareros se afanan en llenar de café al otro lado de la barra, y ese olor a tostadas recién hechas. 

Nuestra amiga Elena, bueno Helen para nosotros, aparece por la puerta corriendo como siempre, con su maraña de rizos negros flotando sobre sus hombros. Entorna los ojos con esa sonrisa rebelde que hace que deseches la idea de regañarla por llegar tarde, como siempre. Tira su bolso sobre la mesa y resopla mientras se quita su cazadora vaquera.

—Nacho, te juro que esta vez iba a salir con tiempo, pero no encontraba el otro pendiente y… —saluda con la respiración agitada, seguro que ha subido las escaleras del metro de dos en dos.

Helen se inclina sobre la mesa para darme dos besos, su olor a pachuli me abraza como ella, y luego toma asiento frente a mí. Levanto la mano para llamar al camarero, que no tarda en acudir para apuntar nuestra comanda. Ella pide un té americano, yo otro café solo.

—Bueno tío, qué pasa. ¿Qué es eso que me quieres contar de Alex? —Pregunta al tiempo que posa su mano sobre la mía unos segundos en un gesto reconfortante—. Ayer me dejaste preocupada.

Anoche, mientras Alex estaba fuera, Helen y yo estuvimos hablando más de una hora, sin terminar de contarle lo que en realidad quería decir. Sé que ella es la única persona en el mundo que puede entender lo que tengo en la cabeza, este es el momento de soltarlo, así que tomo aire y decido dejarme de rodeos.

Helen, Alex ha cambiado. No es el mismo de siempre, no sé qué le pasa—suelto del tirón antes de que pueda arrepentirme de haberlo dicho al fin en voz alta.

—¿Cómo que ha cambiado?… ¿Qué quieres decir?—Dice con su naricilla arrugada y los hombros alzados a modo de interrogación.

Continuar leyendo «EL RELOJ»

LA RAZÓN

La luz del mediodía entra por la ventana de la cocina. Pablo baja el fuego de la vitro y da los últimos toques al plato favorito de su hija Ana. Se siente tan orgulloso de ella… Una Comandante Médico Militar, ni más ni menos y una de las primeras mujeres en misión humanitaria con el ISAF.

—Cariño, ¡cómo huele!…. Cuando pienso en las porquerías que debiste comer en Afganistán. 

Pablo habla sobre su hombro mientras da vueltas al guiso, no quiere que se pegue.

—Deberíamos abrir una botella de tu vino favorito para acompañar, ¿verdad cielo? He estado reservando un par para nosotros, voy a abrir una.

Sin esperar respuesta, saca la botella de la cava de vinos, y dos copas de la vitrina. Coloca sus gafas de cerca sobre la punta de su nariz para ver bien la maniobra de descorche y justo cuando está sirviendo el vino en la segunda, el sonido del timbre le reclama en la puerta principal de su pequeño adosado junto al aeropuerto. Pablo limpia sus manos en el trapo que cuelga del mandil, retira las gafas que vuelven a colgar del cordón de su cuello, y camina hacia ella sin demasiada prisa. Después de comprobar por la mirilla que al otro lado espera un cartero, abre la puerta en un movimiento ágil.

Continuar leyendo «LA RAZÓN»