HUGO

Erika hubiera sido una compañera más de primero de Psicología para Hugo, si no le hubiera sonreído en la cafetería de la Facultad aquella tarde; pero lo hizo, y desde ese preciso instante, él decidió pasar todo el tiempo posible cerca de ella. Quería saber todo de esa chica preciosa y sonriente, de melena rubia y ojos castaños, de cuerpo menudo pero contorneado.

Desde aquella sonrisa, solo necesitó un par de días más para reunir el coraje necesario y dar el paso de acompañarla hasta su casa. A pesar de ser una fría tarde de finales de octubre, no le importó esperar en la acera de enfrente a que ella entrase en su portal. Esperó incluso hasta ver encendida a su llegada la luz del cuarto piso del pequeño bloque de apartamentos para estudiantes en el que la chica vivía.

A la mañana siguiente, sentado en su rincón habitual de la cafetería, delante de su café americano sin azúcar y su croissant, y muy cerca de Erika, pudo escuchar como su amor invitaba a todo el grupo de chupópteros que babeaban continuamente a su alrededor, a la fiesta que daba esa misma noche en su piso. Al parecer, la compañera con la que convivía decidió viajar a su pueblo para aprovechar el puente de Todos los Santos, así que tenía el apartamento para ella sola. Las únicas condiciones para asistir al evento, fueron llevar algo de alcohol e ir disfrazado. Tan pronto como sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases, Hugo apuró de un sorbo lo que quedaba de café, y en un par de zancadas de sus piernas largas y delgadas, consiguió tomar la posición perfecta para poder caminar hacia el aula detrás de Erika y su amiga sin llamar la atención, y menos mal que pudo hacerlo, de otro modo no se habría enterado de que ella pensaba disfrazarse de ángel. En ese momento, una mueca en forma de sonrisa se dibujó en el rostro de Hugo, marcado por un acné agresivo que no terminaba de darse por vencido, mientras colocaba su portátil sobre la mesa en la que tomó asiento una fila más atrás de las chicas. Cerró los ojos un segundo para inspirar profundamente el perfume suave de su amada, que llegaba tenue hasta su nariz, para abrir después el buscador y comenzar a idear su disfraz, tenía que ser rápido si quería tenerlo listo en tan solo unas horas.

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PUNTO DE PARTIDA

El sonido del timbre de la puerta principal, consigue que saque la cabeza de debajo de la manta que cubre por completo mi cuerpo, lánguido después de estar hora tras hora tumbado en el sofá de mi estudio, desde que firmé los papeles del divorcio. Después del timbrazo, sin mover ni un músculo de mi cuerpo, escucho en silencio. Nada. Cuando estoy a punto de volver a mi guarida, convencida de que debe tratarse de otro cartero comercial, el sonido estridente del timbre vuelve a sonar con insistencia de tal manera, que sé que solo abriendo la puerta conseguiré volver a mi estado vegetativo.

Junto con la manta, aparto de un manotazo la pila de clinex empapados por el mar de lágrimas que han vertido mis ojos en estos dos últimos días. Mis pies palpan el suelo hasta encontrar las zapatillas que yacen de cualquier manera junto al sofá, en un salón que permanece en penumbra, sólo iluminado por la luz de la pantalla del televisor, que proyecta las imágenes de no sé qué culebrón de tarde a medio volúmen. Después de un bufido cargado de tedio, me pongo en pié a cámara lenta. El sonido del timbre aún aturde mis oídos.

—¡Joder! ¡Que ya voy!—exclamo con voz de camionera después de haber estado cuarenta y ocho horas sin haber intercambiado una palabra con nadie, salvo conmigo misma, para castigarme una vez más por el error de esta mierda de matrimonio, bueno ex matrimonio. 

Al pasar por la vitrina junto al pasillo, camino de la entrada, no puedo evitar sobresaltarme cuando veo mi propia imagen reflejada en la superficie de cristal. Sobre mi cabeza, los restos de un nido de pelo que en algún momento fue un moño. La pernera derecha del pijama andrajoso de corazoncitos, que sólo reservo para las dos “erres”, regla y resaca, se aferra arremangada a mi pierna, justo bajo la rodilla, para dejar ver perfectamente el calcetín blanco de lana gruesa amontonado sobre mi tobillo, la izquierda ha debido girar sobre sí misma varias veces a lo largo de este tiempo en el que solo he cambiado de posición para tumbarme del otro lado. Encojo los hombros y retomo el camino hasta la puerta, no me molesto en arreglar nada de todo ese desastre en el que se ha convertido mi aspecto. Si la persona que tiene apoyado su dedo índice sobre el pulsador de mi timbre tiene los santos cojones de insistir de esta manera, sólo puedo agradecer su gesto regalándole semejante imagen.

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EL RUIDO

—Marcos, ¿me recibes?. Cambio.

Levanto el dedo del botón del walkie, no hay respuesta. Carraspeo inquieto y vuelvo a intentarlo.

—Marcos,tío…, ¿me recibes? Cambio.

—Joder, ya no puede uno ni ir a cagar tranquilo. Sí, te recibo, te recibo. ¡Cambio!—El tono de su voz no suena demasiado amigable, pero necesito que sepa que voy a entrar.

—Marcos,tío… lo he vuelto a oír. Estoy en la puerta, y lo he vuelto a oír. Cambio.

—¿Otra vez Juanjo? Pero si hace media hora revisaste todo y no viste nada. Que ya te lo he dicho tío, este sitio tiene más años que Cascorro. Seguro que hay una rata en las cañerías, o se ha colado por la ventana cuando ventilaba Puri después de fregar. ¿Has vuelto a entrar? Cambio.

—Quería asegurarme de que estás ahí por si hay algo raro. Entro, tío. Ahora te digo. Cambio —Mi voz tiembla ligeramente antes de soltar el botón de mi walkie, que me devuelve la carcajada de mi compañero por su altavoz algo distorsionada por las interferencias.

—Jajaja. Vaya “segurata de pacotilla que estás hecho. Estás cagao. Cambio y corto.

Odio esta mierda de trabajo en este edificio de mierda. Me pone los pelos de punta, no sé por qué. Mi mano izquierda tiembla, apoyada en la porra que cuelga de mi cinturón. Estoy frente al baño de señoras del sótano del Museo Reina Sofía, en la segunda ronda de la noche. De nuevo un ruido extraño ha salido del interior. 

Engancho el walkie en el soporte de mi cinturón y tomo la linterna. Cada noche, el sistema desconecta todas las luces del edificio, todas salvo las de emergencia, y las de la sala de control, en la que está mi compañero Marcos ahora mismo con ese estúpido de Salva que no hace más que descojonarse de mí y de mis supuestas manías con los dichosos ruidos. Los pilotos de emergencia alumbran lo suficiente para las rondas, pero para entrar en ese puto baño necesito más luz, así que tomo mi linterna para cerciorarme una vez más de que aquí dentro no hay nada. Inspiro profundamente y abro la puerta despacio. Las bisagras chirrían lastimeras, no puedo evitar pensar en lo típico de la escena, propia de una película de terror de serie B.

De pie, en el umbral, recorro lentamente con el haz de luz la zona de los lavabos, atento a cualquier sonido. Silencio. Bloqueo la puerta con la cuña de madera que Puri, la limpiadora, deja siempre sobre el dintel, la quiero abierta, la necesito abierta para aliviar un poco esta sensación de claustrofobia que me aprieta el pecho cada vez que piso esta estancia.

Doy un par de pasos, me agacho para recorrer con la luz la parte inferior de los cubículos de los retretes antes de abrir uno por uno a golpe de pie, con la mano libre aferrada al mango de mi porra, prefiero estar preparado por si tengo que usarla. Nada, aquí no hay nada más que olor a lejía, a baño recién limpio. Dejo la porra de nuevo en mi cinturón con la intención de agarrar el walkie y dar el parte a Marcos, preparado para una nueva carcajada del capullo de Salva. Antes de desengancharlo, vuelvo a escuchar ese ruido de arañazos, esta vez más claro, mucho más claro. Sale de debajo del suelo, justo donde estoy parado. Se me erizan los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi columna de arriba a abajo. 

—Tranquilo Juanjo, contrólate que pareces nuevo, coño. ¿No ves que sale de aquí abajo? Esto es una rata y punto—susurro para mis adentros.

Levanto un pie despacio, luego otro, como si fuera a encontrar algo debajo de ellos. Tomo aire, y con un movimiento lento, golpeo el suelo dos veces con la esperanza de que el zapatazo asuste al roedor. La sangre se congela en mis venas cuando en el silencio, bajo el halo de la luz de la linterna, escucho dos arañazos, idénticos en cadencia y duración a mis golpes.

—¡Venga ya! ¡Una mierda! —suelto cabreado en voz alta, como si alguien pudiera oírme—. ¿Pero qué coj…?

No acabo la frase, no me lo permito. Esto no tiene sentido alguno. Seco el sudor frío de mi frente con el brazo, apoyo la linterna en el suelo, tomo la porra y con las dos manos golpeo el suelo con ella otras dos veces, con toda la fuerza de la que soy capaz. 

—Pero Juanjo, ¡¿qué coño haces?! —Marcos aparece en el umbral de la puerta y me mira desconcertado—. Te estoy llamando al walkie y no me has hecho ni puto caso.

Me llevo el índice a los labios para rogar silencio a mi compañero.

—Marcos, hay algo o alguien aquí debajo, verás —susurro en voz baja y vuelvo a golpear dos veces para hacer el gesto de silencio una vez más a la espera de los putos arañazos.

Ahí están altos y claros.

—¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Devuelve los golpes! Te dije que aquí había algo,¡joder!—exclamo en voz alta con la respiración agitada. 

Marcos se acerca y apunta a mi rostro con su propia linterna. Me tapo los ojos instintivamente con la mano, aún arrodillado en el suelo. Noto los latidos de mi propio corazón en mis sienes. No entiendo que mi compañero no reaccione ante lo que acaba de suceder. Veo como se acerca hacia mí despacio, su expresión ha cambiado. Se agacha a mi altura y pone su mano en mi hombro.

—Juanjo, escúchame bien. —Me sacude ligeramente para llamar mi atención, totalmente enfocada en el suelo de baldosas—. Juanjo, tío… No ha sonado nada, absolutamente nada. Aquí no hay nada. ¿Qué cojones te pasa? 

Miro a un compañero sin verlo en realidad. Sacudo el contacto de su mano con un movimiento brusco, mis ojos, totalmente desorbitados, regresan a la superficie de cerámica blanca desgastada mientras los arañazos siguen sonando en mis oídos, cada vez más fuerte, más seguidos, más cercanos.

NUEVO PLAN

Relato especial Día de la Madre

Tan pronto como atravesamos el túnel, camino a nuestro pequeño refugio en la montaña, respiro profundamente, y decido dejar de dar vueltas al mismo pensamiento que ha estado asaltando mi cabeza todo el día.

Hemos decidido escaparnos este fin de semana en el último momento, bueno… en realidad la idea ha sido de mi marido. Supongo que al oír mi voz esta mañana, cuando le he llamado para darle la noticia, pensó que nos vendría bien. No es que nos haya pillado de sorpresa, pero en esta ocasión ya eran tres semanas de retraso, y de alguna manera ambos empezamos a ilusionarnos con la idea del embarazo. No es que no esperásemos que el periodo fuera a venir en cualquier momento, como en tantos otros intentos anteriores, es que deseábamos con todas las fuerzas que no lo hiciera.

—Mira amor, el salpicadero del coche dice que estamos a dos grados ahí fuera, imagínate como estará la casa. En cuanto lleguemos enciendo la chimenea mientras abres una botellita de vino. Mmm qué ganas de acurrucarme contigo delante del fuego con una copa en la mano—comenta mi marido con toda la positividad que puede en su tono de voz, sé que está tratando de animarme.

—Sí, yo también lo estoy deseando—contesto con una tímida sonrisa, obligándome a cambiar de ánimo por él, por nosotros.

Durante el resto del viaje apenas hablamos, cada uno en nuestros propios pensamientos, que estoy segura giran en torno al mismo tema, aunque no digamos nada. 

En menos de dos horas más, nuestro coche ya está aparcado frente al porche de la cabaña de madera que compramos al poco de casarnos, con la idea de venir aquí con nuestros hijos, y que ellos vinieran con los suyos cuando fuéramos abuelos. Siempre que venimos en invierno, ocupamos las primeras horas en una rutina que adoro, encender la chimenea, dejar la maleta sin deshacer en la habitación, abrir una botella de vino, sacar la tabla de quesos que llevamos lista para servir en la nevera de viaje, con el resto de las cosas mínimas para arrancar esa noche y el desayuno del día posterior, y sentarnos en la alfombra, frente al fuego, envueltos en una manta hasta que la casa toma temperatura, y brindar con una copa por ese niño que estamos seguros llegará. Esta noche cumplimos con todos los pasos como siempre, pero cuando Andrés levanta su copa para brindar, no puedo evitar sellar sus labios con mi dedo índice, y los ojos empañados por las lágrimas. Trago saliva para evitar que comiencen a precipitar y retiro lentamente mi mano con mis ojos clavados en los suyos, que comienzan a brillar más.

—Cariño, deja que sea yo quien haga el brindis esta noche—ruego con mi voz entrecortada.

Él solo asiente, no necesito más. Levanto mi copa y la acerco a la suya sin separar mi mirada de la suya.

—Por nosotros, por ti y por mí, por nuestro amor, porque eso es realmente lo más importante y el centro de todo nuestro propio universo.

Nuestras copas chocan y antes de que pueda llevarla a mi boca, Andrés deposita en mis labios un beso salino, por las lágrimas silenciosas que han comenzado a brotar de sus ojos, separa su rostro del mío y con una ternura infinita susurra con su mente apoyada en la mía y su mano en mi nuca:

—Te quiero.

—Yo también mi amor—respondo segura, con una paz en el centro de mi pecho que hace mucho tiempo que no he sentido.

Andrés rodea mis hombros con su brazo y me acerca hacia él.

—Lu, no quiero que sufras más, no quiero que te pierdas a ti misma detrás de un sueño que no sabemos si se hará realidad—habla despacio, como si tuviera miedo del efecto de sus palabras en mi.

—Lo sé. He estado pensando en ello cuando veníamos hacia aquí. Tengo miedo de que el hecho de no poder ser madre me hunda en una depresión que acabe por destruir lo nuestro, y no quiero que eso ocurra, te quiero demasiado—respondo aliviada por poder sacar de mi interior todo lo que llevo dentro.

Andrés besa mi frente, que se ha posado en su hombro.

—Cariño, ¿qué te parece si dejamos a un lado todo esto del tratamiento? ¿Qué te parece si nos dedicamos a nosotros y pensamos si utilizar ese dinero en considerar una adopción?—sugiere con naturalidad, parece que él también también ha estado pensando durante nuestro viaje.

Una ola de calor me invade por dentro, ni siquiera me había parado a pensar en ello, nunca he pensado que la carta de la adopción pudiera estar sobre la mesa. No sé si el rubor que siento en mi rostro en este momento es debido al calor del fuego que crepita con vida propia en el hogar, o si será la ilusión de esta nueva posibilidad. Mis ojos vuelven a humedecerse pero por un motivo distinto esta vez. Me siento erguida, dejo la copa sobre la pequeña mesa de café en la que espera el queso, y giro mi cuerpo ligeramente hacia el suyo.

—Me parece simplemente genial—respondo con seguridad, al tiempo que mis brazos rodean su cuello y mis labios cubren los suyos para sellar con un beso profundo nuestro nuevo plan de viaje. Aunque no sepa dónde nos puede llevar, sé que el objetivo es recorrer el camino siempre juntos.

LA LUZ DE SU ABRAZO

Está atardeciendo y Velma, sentada con las piernas cruzadas en la loma del parque, perdida en el maravilloso espectáculo de un sol que se funde en el horizonte entre destellos dorados y rosas, ruega porque esta presión tan asfixiante en la boca de su estómago ceda y la deje respirar. Cierra los ojos y bucea entre sus recuerdos, tratando de buscar una pista que la guíe en su búsqueda, aquella primera vez que lo sintió, veinte años atrás, cuando aún era una niña en aquel colegio de religiosas.

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En aquel entonces, Velma siempre fue una niña alegre, a pesar de las burlas de las niñas mayores por su carita pecosa y sus coletas pelirrojas. A diario en el comedor, entre las clases de mañana y tarde, le gustaba sentarse cerca de la madre Otilia, la monja que las cuidaba en las comidas, una mujer cariñosa pero firme con las niñas más escrupulosas con los platos, y sobretodo con las más traviesas. El día que lo sintió por primera vez, Velma no pudo probar los macarrones con tomate, a pesar de ser su plato favorito. Sentía el estómago cerrado y una energía dentro de ella, en el centro de su pecho, que no comprendía muy bien. Asustada, se levantó del banco corrido en el que estaba y acudió en busca de su cuidadora con intención de pedir ayuda. Cuando estuvo delante de ella, y la miró a los ojos, esa corriente interior que tanto la confundía, estalló en la necesidad imperiosa de abrazarla fuerte, y así lo hizo. Simplemente la abrazó, la abrazó con infinita ternura y durante varios segundos, hasta que sintió que la madre Otilia, tensa en origen por la sorpresa de su gesto, respondió con una caricia suave de su mano sobre la espalda de la niña. Entonces, la pequeña sintió justo en ese momento, cómo la mujer fue relajando sus músculos poco a poco, hasta oírla suspirar. Con idéntica dulzura, Velma se separó de la religiosa sonriente, con un destello dorado en sus ojos color miel, brillantes y vivos, y con el alivio de la desaparición del nudo de su estómago y de esa fuerza interior que la inquietaba tanto. La mujer, conmovida, le preguntó la razón de ese gesto tan bonito, y ella respondió con su vocecita de cristal, que algo en su interior le dijo que lo necesitaba. La monja, con los ojos muy abiertos, y una lágrima luchando por escapar de ellos, sólo pudo asentir con la cabeza, acariciar con delicadeza su carita de muñeca y pedirla que volviera a su sitio. Poco tiempo después de ese abrazo, a penas dos semanas, la madre Otilia dejó de cuidarlas en el comedor, su sustituta les explicó que había subido al cielo.


Las risas de un grupo de niñatos que preparan su botellón en los bancos más cercanos a ella en el parque, devuelven a Velma al momento presente. Continúa sintiendo la presión en su interior. No ha desaparecido, al contrario, se torna más y más asfixiante. Intenta concentrarse, repasando mentalmente su lista de amigos y conocidos, intentando averiguar si al pensar en alguno de ellos, surge la necesidad imperiosa de llamarles, como ya le ha sucedido alguna vez, cuando ha presentido momentos difíciles, como diagnósticos de enfermedades, la pérdida de seres queridos o rupturas sentimentales, que necesitan de ella, de su presencia, aunque sea al otro lado de la línea telefónica. Incluso así, en la distancia, Velma siempre es capaz de hacerles llegar su luz, su paz. Ella suspira de nuevo, se concentra más y más pero nada, no identifica a ninguno de ellos.

Se tumba sobre la superficie del césped, algo húmedo bajo su espalda. Sus bucles pelirrojos se mezclan con las briznas verdes de la hierba. La temperatura comienza a bajar, pero ella no quiere moverse de allí, no hasta averiguar quién la está llamando, reclamando su energía liberadora. Las farolas del parque comienzan a encenderse una tras otra, aunque el sol aún deja algo de luz tras el horizonte. Saca su móvil con intención de comprobar la hora, pero al poner delante de sus ojos la pantalla negra, antes de poder desbloquearla, se encuentra con su reflejo, con sus propios ojos. Sus pulsaciones comienzan a acelerarse, la presión de su estómago sube ligeramente en intensidad, esa corriente que tan bien sabe identificar desde su infancia, la recorre de los pies a la cabeza, siente que estalla en su interior con tanta fuerza, que se incorpora en un movimiento rápido y deja caer el móvil en su regazo.

Velma lo ve al fin, ahora lo entiende, baja la mirada hasta sus propias manos, y en un movimiento pausado, abraza sus rodillas para apoyar la cabeza sobre ellas después. Poco a poco cierra los ojos e inspira profundamente; con su expiración, lenta y suave, comienza a sentir cómo la sensación de opresión va cediendo cada segundo un poco más y recibe a cambio, con cada nueva respiración, un poquito más de paz, de su propia paz, hasta sentirse en calma.

La primera versión de este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 22 de Mayo de 2022.

LA ESPERA

Eran las doce en punto de la mañana y Daniel no dejaba de mirar la pantalla de su teléfono móvil, sentado en una incómoda silla del enorme aeropuerto de Madrid. El tiempo volaba a la velocidad del rayo y la falta de noticias incrementaba, aún más, su terrible nerviosismo. Las manos le sudaban al darse cuenta de que faltaba menos de una hora para que su avión despegara y por más que miraba el acceso a la zona de embarque, Natalia no hacía acto de presencia.

Esa incómoda voz de su interior le decía que no perdiera más el tiempo esperándola, porque ella no iba a aparecer. Todo su plan era una auténtica locura y ese tipo de locuras, únicamente salían bien en las películas y ni siquiera en todas. Trató de calmar su ansiedad pasando una y otra vez sus manos por los cabellos, intentando silenciar esa maldita voz que amenazaba con consumir sus últimos gramos de esperanza.

Pensó que al menos lo llamaría o le enviaría algún mensaje de Whatsapp. Estaba convencido de que Natalia se pondría en contacto con él de una forma u otra. Una semana tan maravillosa no podía caer en el olvido, una historia como la suya no se merecía un final tan amargo como el silencio. Pero las dudas eran traicioneras, el tiempo pasaba sin remedio y la mujer no aparecía, tal y como había prometido, para coger ese avión junto a él rumbo a un nuevo horizonte.

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Con la mirada perdida en la línea que anunciaba su vuelo en el panel de salidas, mientras el agobio y la incertidumbre empezaban a hacer mella en su rostro, Daniel recordó el momento exacto en el que conoció a Natalia, en el congreso médico al que ambos habían asistido como directores de especialidad de sus respectivos hospitales. Aquella mañana, al escuchar su voz de sirena, sintió por primera vez en su vida que todas las piezas encajaban, se sintió como en casa, como si hubiera llegado por fin al lugar donde quería estar por el resto de su existencia.

Luego vinieron las presentaciones, las conversaciones apresuradas en los instantes de espera, los encuentros en los pasillos entre risas, las charlas en las mesas de exposición, los almuerzos compartidos con la comunidad médica y esa primera cena a solas, que él tuvo la valentía de proponer y ella de aceptar, donde tuvieron la oportunidad de conocerse mejor y contar su vida el uno al otro, acompañados por una botella de buen vino, a la que siguió una segunda, empujados por el encanto de la situación.

Antes de que esa noche acabara, Daniel sintió que se había enamorado como un colegial de esa mujer única, y decidió aprovechar el resto de la semana de congreso para usar todas sus armas de seducción, con el fin de conquistar a Natalia. Poco le importaba que estuviera casada, porque para él la puerta sí que estaba abierta, ya la cerraría ella si lo consideraba oportuno. Pero ella no la cerró anoche, cuando la acompañó hasta su habitación en el hotel y pudo entrar en el paraíso.

En esa noche mágica, no durmieron, gastaron las horas entre besos ardientes, caricias apasionadas, y planes de una vida futura, totalmente diferente a la que habían llevado hasta ahora. Con los primeros rayos del sol, abandonaron su refugio bajo las sábanas, Daniel volvió a su habitación para recoger sus cosas y acordaron encontrarse posteriormente en el aeropuerto. Era importante que no los vieran salir juntos de allí. Desde esa rápida despedida, desde ese último beso tras la puerta de la habitación, habían pasado muy pocas horas, pero Daniel sentía que había transcurrido toda una vida.

El sonido metálico de los altavoces, anunciando la apertura del embarque de su vuelo, devolvió a Daniel a la triste sala de espera. Miró una vez más el reloj, ese maldito reloj que no detenía su avance y que corría incansable hacia la hora en la que las puertas de embarque se cerrarían. El nerviosismo había dejado paso a la preocupación. ¿Le habría pasado algo a Natalia? Buscando valor en su agitada mente decidió llamarla, para poner punto final a la incertidumbre, pero lo único que escuchó fueron los áridos tonos de llamada, hasta que un triste buzón de voz le dio las instrucciones por si quería dejar algún mensaje.

El mundo pareció explotar a su alrededor, el silencio se apoderó de la sala de espera y el alma cayó a sus pies con estrépito de derrumbe, entre rumores negros de fracaso martilleando en sus oídos. La certeza de que Natalia no iba a acudir se hizo palpable en su corazón y una profunda tristeza lo embargó por completo. Quizás para ella sólo hubiera sido una aventura, una muesca más en su revólver. Quizás, simplemente, se hubiera divertido un poco con él.

Había sido un loco por pensar que una mujer de su posición fuera a abandonarlo todo por amor. Había sido muy inocente al imaginar que Natalia dejaría a su marido, su hogar y su trabajo, por una historia romántica por estrenar. Se maldijo por haber sido tan crédulo, tan estúpido y por seguir creyendo en los cuentos de hadas.

Angustiado por esos lúgubres pensamientos, el sonido de su móvil lo sacó de su parálisis y, tras desbloquearlo con dedos temblorosos, vio que tenía nuevos mensajes de Whatsapp por leer. ¿Serían de Natalia? Sintiéndose como un condenado a muerte y conteniendo la respiración sin darse cuenta, Daniel abrió la aplicación para comprobarlo, con un suspiro en el filo del abismo de los latidos de su corazón.

Un nudo se asentó alrededor de su garganta al ver el indicador verde con los mensajes pendientes, junto a la foto de perfil de Natalia. Sus ojos pudieron ver el comienzo del primer mensaje por leer: «Daniel, no he tenido el valor de…». No pudo continuar, no pudo seguir leyendo, estaba claro al fin, ella no iba a acudir a la cita. Todo lo que sintió, todo lo que vivió en esos días junto a ella, todo, fue un espejismo, algo que sólo existió en su cabeza, y nada más. Y dolía, claro que dolía. Dolía haber sido un juguete para ella, algo que contar a sus amigas cuando regresase a Barcelona en el primer vermut de fin de semana, para volver después junto a ese tipo que seguro que no era tan frío con ella como le había hecho creer, en ese hogar que ahora estaba convencido de que no debía estar tan vacío, si no había sido capaz de renunciar a él para vivir la aventura de sus vidas.

Qué estúpido se sintió justo entonces al mirar su billete de avión, que asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Pero cómo había sido tan tonto como para creer que ella iba a dejar todo su mundo atrás por él, cómo pudo pensar que ella recogería el billete que había dejado a su nombre, en el mostrador de la compañía, con destino a El Cairo, y se uniría a él en esa puerta de embarque. Pero desde cuándo se había visto a sí mismo como un protagonista de una de esas películas románticas de sobremesa.

Daniel no tuvo ganas de seguir leyendo sus mensajes, no en ese momento. Para qué gastar más energías en esa historia, para qué gastar más energía en ella. Mientras apagaba su teléfono para guardarlo en el bolsillo de su pantalón, la megafonía volvió a sonar con el último aviso para los viajeros con destino a El Cairo. Daniel se levantó despacio del asiento donde había estado esperándola durante horas. Observó cómo las azafatas de la línea recibían sonrientes a los más rezagados en el control. Dudó por un segundo si abandonar esa estúpida idea de hacer ese viaje a Egipto él solo, a pesar de lo mucho que deseó hacerlo durante toda su vida, sobre todo ahora que la locura de cumplir ese sueño junto a Natalia se había ido al garete. Una de las azafatas le sonrió con apremio, tenían que cerrar pronto el acceso y le estaba invitando claramente a decidirse. Miró una última vez sobre su hombro y, con una sonrisa triste, comenzó a caminar con decisión hasta la puerta, con el billete tendido firmemente en su mano, delante de él.

Tan pronto como entró en la cabina de su vuelo, y anduvo unos metros hasta su asiento, hasta sus asientos en realidad, aunque ahora sólo iba a ser el suyo, no tardó en comprobar que los pasajeros que habían embarcado antes que él ya habían ocupado todas las cabinas superiores para el equipaje de mano. Lanzó la chaqueta sobre su asiento con una sonrisa tan cansada como él, y con la mirada baja, dio media vuelta en busca de una azafata que le ayudase a solucionar el problema, pero chocó con otro viajero, otro tardío seguramente. Antes de que pudiera levantar la mirada para pedir disculpas, creyó reconocer los tobillos que flotaban con elegancia sobre unos magníficos stilettos negros, y entonces volvió a escuchar su voz.

—¿No te han enseñado que hacer ghosting es de mala educación?

Daniel levantó la cabeza en un movimiento rápido, no podía ser cierto lo que estaba viendo. Natalia estaba plantada en medio del pasillo con los brazos cruzados y una ceja levantada a modo de interrogación. Daniel quiso abrir la boca, pero ella levantó levemente una de sus manos, dejando claro que era ella quien quería hablar primero.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tuve el valor de huir de esta manera sin hablar antes con él.—Natalia soltó la frase al tiempo que tomaba la maleta de las manos casi inertes de Daniel, para dársela a la azafata que observaba la escena junto a ellos con toda la atención, antes de continuar su discurso—. Si los hubieras leído, habrías sabido que necesitaba unos minutos para hablar con mi marido y para decirle sin rodeos que no iba a volver.

Daniel no podía creer que aquello estuviera sucediendo de verdad, sólo quería abrazarla, necesitaba abrazarla, pero ella pareció notarlo, y frenó su impulso apoyando su mano suavemente en su pecho, acompañando el gesto con una negación de cabeza tan firme como sexy. Él sentía que se derretía por dentro, mientras su cabeza no podía salir de aquella espiral de confusión. Las azafatas esperaban junto a ellos, intrigadas, expectantes, con la esperanza de poder ver el desenlace antes de despegar, y la maleta de Daniel a sus pies. Varios de los viajeros de las filas adyacentes empezaron a darse cuenta de lo que estaba sucediendo en ese avión, y crearon poco a poco con su silencio una atmósfera realmente teatral.

Daniel intentó una vez más abrir la boca para hablar, pero ella puso su índice sobre sus labios para impedirlo, de forma seductora.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tenía ninguna duda de que lo que íbamos a hacer, de lo que estamos haciendo—afirmó con un quiebro en su voz que delataba la emoción que corría por todo su cuerpo, aunque quisiera esconderlo con su actitud—. ¿Y sabes una cosa más? Si hubieras leído mi último mensaje, habrías sabido que, aunque te pudiera parecer una locura, aunque nos hayamos conocido hace apenas unos días, siento que estoy enamorada por completo de ti y que quiero vivir esta locura a tu lado, hasta el final.

Un silencio sepulcral invadió todo por unos segundos, silencio que Daniel se atrevió a romper con una única frase, mientras sentía cómo unos fuegos artificiales llenaban su pecho por completo.

—Perdone señorita, pero creo que está usted ocupando el pasillo, y este vuelo tiene que despegar si quiere que empecemos a vivir el resto de nuestras vidas juntos.

Daniel abrazó a Natalia con todas sus fuerzas, para sellar después con un beso largo y tierno el comienzo de la mayor aventura que había vivido nunca. Cuando tomó asiento junto a ella, con los aplausos del resto de viajeros sonando a su alrededor, Daniel comenzó a reír ante la mirada atónita de Natalia, mientras se prometía a sí mismo no volver a despreciar nunca más los guiones de esas películas ñoñas, que solía poner de fondo los fines de semana a la hora de la siesta.

Relato creado a dos manos con el magnífico escritor Ramón Martínez Martín, registrado al cincuenta por ciento de autoría.

SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.

PROMESAS QUE NO VALEN NADA

Eva introduce la llave con ansiedad en la cerradura de la puerta. Lleva más de una hora intentando no llorar en público, solo quiere entrar en casa para sacar todo ese dolor que la está comiendo por dentro.

Abre la puerta del pequeño apartamento y cierra con rapidez tras de sí. Apoya toda la espalda contra ella, y resbala por la superficie hasta quedar sentada en el suelo. Tira la bolsa que lleva en la mano para tapar con ella su boca. Tontamente intenta sofocar con ese gesto el grito que tanto tiempo ha retenido en su garganta luchando por salir. Dos ríos de lágrimas comienzan a recorrer sobre su rostro el curso que conocen de memoria, tal y como lo han hecho mil veces desde que comenzó su relación con Alex. Nacen de sus ojos, resbalan por sus mejillas como frágiles cascadas hasta desembocar en sus labios, creando un delta en su barbilla. Tantas veces han recorrido su rostro, que en ocasiones Eva se pregunta si los demás han podido apreciar sus surcos sobre la piel.

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Sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas, apoya la cabeza en ellas, mientras las imágenes de su conversación con Alex en el bar, hace poco más de una hora, pasan por su mente en un carrusel. Recuerda el momento en el que decidió no decir nada más después de escuchar sus palabras. «Lo siento Eva, ha pasado algo. Ahora no puedo dejarla, ahora no. Ella está embarazada. Voy a ser padre. Lo nuestro tiene que acabar». Eva levanta la cabeza y da un golpe en el suelo con su mano. Frena con la punta de la lengua la corriente de la última lágrima que llega a sus labios, siente la sal en ella, la saborea durante unos segundos y traga saliva con la mirada perdida en ningún sitio. Respira hondo, recoge la bolsa y se pone en pie al tiempo que dice en voz alta:

—¡Basta ya! 

Avanza por el pasillo hasta el salón, directa a encender el altavoz que espera sobre la estantería, entre libros, vinilos y alguna que otra foto, ninguna con él. Saca el móvil de su bolsillo y busca la canción de Los Piratas que ha cantado a todo pulmón después de cada una de sus peleas, después de cada caída libre en la tóxica montaña rusa en la que ha estado subida estos últimos años. 

«Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí

Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir

Prometo no seguir viviendo así

Prometo no pensar en ti

Prometo dedicarme solamente a mí…»

Sube el volumen. Quiere escuchar la letra desde el baño. Toma la bolsa y camina decidida hacia él. Abre la caja para leer las instrucciones. Dicen que basta con tres minutos. Tras seguir los pasos al pie de la letra, lava sus manos y lleva con ella el test al salón. Lo deposita sobre la mesa de café, programa el reloj de su móvil y se reclina en el sofá. Sólo queda esperar. Cierra los ojos y canta mentalmente la letra que sigue inundando la casa por completo.

«…Y el aire que me sobre alrededor

Y el tiempo que se quede en nada, nada

Nunca más escucharé tu voz

De energía nunca liberada

Promesas que se perderán en estas cuatro paredes

Como lágrimas en la lluvia se irán…»

Los pitidos de la alarma casi se solapan con el final de la canción. Eva aún no quiere abrir los ojos, aunque no necesita abrirlos para saber el resultado. El retraso es de tres semanas. Los pechos hinchados, el cansancio…. Hoy iba a contárselo a Alex en el bar, esperaba hacer el test con él, pero tras sus palabras, decidió que esto era cosa suya, solo suya. 

Con el silencio que la rodea, roto únicamente por el leve sonido eléctrico del altavoz esperando algo que reproducir, Eva abre los ojos, se incorpora y toma el test entre sus manos. Siente como una energía nueva para ella la recorre de los pies a la cabeza. Una sonrisa se dibuja en sus labios y con ojos brillantes, enciende la pantalla de su móvil para buscar la misma canción. Desliza el cursor hasta la mitad, baja un poco el volumen y pulsa el play. Vuelve a reclinarse en el sofá con ambas manos sobre su vientre. Sin apartar la mirada de ellas, y una batería de fuegos artificiales brincando en el centro de su pecho, canta casi en un susurro:

—Y rompo las promesas que me hice a mí. Prometo pensar en ti, ahora prometo sólo pensar en ti…

Eva nunca pensó que tanta felicidad fuera posible, que sin haber visto aún el rostro de esa pequeña personita que comienza a crecer en su interior, pudiera sentir un amor tan puro, un amor en mayúsculas, un amor que nunca tendría fin, este no.

ÉL

Esta noche se cierra la semana de viaje a bordo del Al Andalus con una cena de gala ambientada en los años veinte. Sara piensa que es maravilloso que después de tantos años de servicio, la compañía decida rendir así homenaje a estos vagones, que en pleno siglo XXI, continúan viajando con todo el glamour de aquella época. 

Desde que leyó Asesinato en El Orient Express, siempre ha soñado con poder hacer algún día un viaje en un tren así. Sentada en su compartimento de lujo, con paredes lacadas en madera, observa todo a su alrededor, satisfecha por haber decidido emplear buena parte de sus ahorros en esta aventura.

Sara acerca su rostro al cristal de la ventanilla, contempla la luz violácea del cielo, que poco a poco se viste de noche, mientras deja que sus ojos bailen con el paisaje en movimiento al otro lado, mecida por el relajante traqueteo que la lleva a ese estado de paz siempre que viaja en tren, especialmente durante esta semana, pero esta noche no, esta noche está nerviosa, esta noche quiere acercarse por fin a él. Esta noche quiere acercarse por fin al chico misterioso que ha estado observando en la distancia después de la cena, cada una de las noches de esta semana, en el coche bar. Lo ha visto siempre al final de la barra, en el rincón más discreto, con poca luz, mirada perdida y una delicada copa de cristal tallado con algún licor delante de él. Le atrae su aire hipster retro, corte de pelo a navaja, bigote perfectamente recortado, siempre vestido con camisa y chaleco. Sospecha que no debe viajar en el coche club, como ella. De compartir vagón, podría haberse hecho la encontradiza en el pasillo, y aunque ha estado atenta a la hora del desayuno o en las visitas propuestas en cada parada, tampoco ha coincidido con él, no es de extrañar, el horario de desayuno es flexible, quizás sea poco madrugador, y las visitas son opcionales, y por la soledad que busca cada noche, no deben gustarle los grupos multitudinarios de gente. 

La chica mira el reloj en su muñeca, debería empezar a vestirse para la ocasión. Mientras su cabeza ensaya las palabras del encuentro, se acerca al pequeño armario, saca el vestido para el evento y cuelga la percha de la misma puerta aún entreabierta. Juega con los flecos finos de seda negra que rodean el bajo, acaricia con delicadeza sus cuentas de pedrería en oro viejo y azabache, colocadas en perfectos dibujos geométricos al más puro estilo Art Decó, le encanta. El sonido que precede cada aviso de llegada a las estaciones principales, anuncia la voz de Ana, su guía durante el viaje.

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—Señoras y señores, estamos llegando a Sevilla—indica con su agradable tono de voz—. Como ya saben, el tren quedará estacionado cerca de la entrada a la estación para poder celebrar la fiesta final sin entorpecer el funcionamiento habitual de salida y entrada del resto de trenes. Recuerden que les esperamos en el coche restaurante a las ocho y media para comenzar con la cena de gala. Esperamos que disfruten plenamente de la experiencia.

Mientras la mujer repite el mismo mensaje en cinco idiomas, Sara comienza a prepararse para entrar en la ducha, debe darse prisa, en cuarenta minutos tiene que estar lista.

Después de algunas dudas en cuanto a maquillaje y peinado, Sara observa complacida su imagen en el espejo antes de salir. Pasa una mano con delicadeza sobre las ondas al agua, que no han quedado del todo mal, acomoda en su cabeza la pluma con la cinta de raso negro, y después de tomar aire, abre la puerta para cerrarla con un ligero toque detrás de sí y comenzar a caminar por el pasillo con un puñado de mariposas bailando sin parar en su estómago a cada paso.

Antes de que pueda darse cuenta, perdida en sus pensamientos, se encuentra con la pequeña fila de viajeros que esperan a ser acomodados en la puerta de acceso al vagón. Cuando llega su turno, el maitre la recibe con una sonrisa tan brillante como el dorado de la botonadura y los galones de su chaquetilla blanca impoluta.

—Bienvenida señora—saluda con una ligera inclinación de cabeza—. Si me permite, por aquí por favor.

Sara devuelve el saludo con su sonrisa y sigue al hombre por el pasillo hasta su mesa, en la hilera lateral reservada para las parejas, con asientos de terciopelo granate y lamparitas fijas de luz cálida con pantallas de flecos dorados. Mientras el camarero sirve una copa de champagne, sus ojos hoy más brillantes que nunca, observan las mesas ya ocupadas detrás de ella y las que alcanza a ver a su izquierda, pero no le ve, supone que debe estar en otra mesa idéntica a la suya en el otro extremo del vagón, donde no puede distinguirlo entre las cabezas de los caballeros, algunas brillantes por la gomina, y los tocados de plumas como el suyo de las señoras, la tenue luz tampoco resulta de mucha ayuda. Con música de charlestón y jazz sonando a un volúmen agradable por los altavoces hábilmente disfrazados en la ambientación del lugar, Sara apenas consigue probar el menú elegido para la noche por el nudo que los nervios han instalado en la boca de su estómago, aunque espera el postre con ansiedad, porque después vendrá la copa, y allí estará él. 

Acabada la cena, el grupo va cambiando de vagón entre conversaciones y risas. Aunque Sara participa animada de los comentarios de sus compañeros de mesa, al tiempo que se dirigen a la zona de bar, su mirada vuela directa al rincón de la barra incluso antes de entrar, con la esperanza de encontrar al misterioso viajero en su rincón. Alcanza a ver la copa, pero no a él. «Debe estar en el aseo», piensa intentando tranquilizarse mientras toma asiento en su mesa habitual, donde tan solo un minuto después, el camarero sirve diligentemente otra copa de champagne, que ella lleva a sus labios sin apartar la mirada de la barra. A media copa, él aún no ha aparecido.

—Sara, estás preciosa esta noche.—La voz de Ana, la guía del grupo, consigue desviar su atención. 

—¡Ana! Perdona, no te he visto llegar—responde con una sonrisa a modo de disculpa ante su saludo—. Tú también estás muy guapa esta noche.

La verdad es que la mujer está impresionante en un vestido azul oscuro, con su melena corta y el collar largo de perlas alrededor de su cuello. «Claro, cómo no lo he pensado antes, Ana debe conocer a todos los viajeros, ella sabrá decirme algo sobre él», piensa inmediatamente. Con un par de golpes en el asiento contiguo, invita a Ana a sentarse junto a ella. La mujer acepta la invitación y alza su mano al camarero para pedir dos copas más.

—¿Qué tal la cena? ¿Te ha gustado?—pregunta la guía con su mejor sonrisa.

—Mucho, la verdad es que me ha sorprendido que el menú se haya diseñado siguiendo la moda de la época—comenta Sara por educación, con la mente puesta en lo que realmente quiere saber—. Perdona Ana, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, dime—contesta ella al tiempo que agradece al camarero las bebidas que ya descansan en su mesa, para dedicar después la mirada a Sara, quien toma un trago de su copa y carraspea un poco antes de hablar. 

—Verás, yo… Quería preguntarte, ¿tú has visto esta noche al chico que suele sentarse en el rincón de la barra? Esperaba poder hablar con él esta noche…—Sara suelta todo de carrerilla, sin poder evitar bajar la mirada con pudor al sentir cómo sus mejillas comienzan a arder.

Unos segundos de silencio se instalan entre las dos. Cuando Sara lo nota, levanta la mirada para encontrarse con los ojos de Ana clavados en ella con extrañeza.

—Ah… Ya veo—dice de repente la mujer después de soltar una risa discreta—. Alguno de los camareros te lo ha contado ya…

—¿Contarme? ¿El qué? No entiendo —responde Sara confusa.

—Ya sabes, nuestro pequeño ritual…—sugiere Ana con media sonrisa.

Sara la observa fijamente y niega con la cabeza, invitándola a continuar. La guía endurece un poco su gesto, parece sospechar que es cierto que no sabe nada.

—Verás, al parecer durante el primer viaje original de este tren, uno de los ingenieros sufrió un infarto. Cuentan que falleció en el bar la primera noche a bordo, y que su espíritu continúa aquí, empeñado en acabar su viaje—narra la mujer sin apartar sus ojos de los de Sara, que escucha con atención en total silencio—. El dueño de Wagonlit  comenzó entonces con el ritual que llega hasta hoy, la costumbre de poner una copa de whisky al final de la barra, lo mismo que él estaba tomando aquella noche. Ya ves, una mera superstición para evitar incidentes en los viajes. De hecho, el ingeniero sale en la foto de grupo del viaje inaugural que mantenemos enmarcada justo en esa esquina, si quieres te enseño quién es ¿De verdad me vas a decir que no lo sabías?

Sara no contesta, deja a Ana perpleja en la mesa y se levanta despacio, para acercarse al grupo de fotos antiguas a las que nunca había prestado atención hasta entonces. Con cada uno de sus pasos, el nudo que atenaza el centro de su pecho se cierra cada vez más. No necesita que nadie le muestre nada. Un escalofrío recorre su espalda y la deja sin respiración al descubrir, entre los hombres que sonríen en la imagen de tonos sepia, el rostro atractivo del hombre de perfecto corte a navaja y bigote recortado, que viste camisa y chaleco, el hombre de mirada perdida que ha estado viendo cada noche en el mismo lugar.

TENEMOS QUE HABLAR…

—Es mejor que nos vayamos, estás temblando —dice Jose mirando a Eva.

Ella, acurrucada bajo su brazo, blanca como la nieve, asiente con la cabeza sin decir nada. No se atreve a mirarle a los ojos para contestar, sabe que está molesto. Otro fin de semana arruinado por sus rarezas. Sabe que acaba de tumbar otro momento especial, y todo por no ser sincera con él. Después de tanto tiempo preparando este viaje a Mérida, y la visita al Circo Romano que Jose se moría por ver, ni siquiera han podido acabarla, y esta vez también ha sido por su culpa.

—Ven, mejor salimos por aquí —dice Jose sin poder evitar que el tono de su voz muestre la resignación que trata de esconder con sus gestos, y señala con su mano el pasillo oscuro bajo las gradas superiores del Circo.

Eva siente cómo sus músculos se tensan ante la sola idea de tener que atravesar las sombras que han provocado en ella esa reacción.

—No, por favor. Prefiero bajar por las gradas y volver por donde hemos entrado —contesta con un hilo de voz sin atreverse a levantar la mirada.

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Con cada escalón de bajada, Eva da una vuelta más al mismo pensamiento en su cabeza. Sabe que le debe una explicación, sabe que tendrá que hablar con él y contarle todo, pero le asusta enormemente su reacción. Ha intentado dilatarlo en el tiempo todo lo posible durante estos seis meses, pero después de lo ocurrido hoy, sabe que ya no puede esperar más, no si quiere salvar lo que hay entre los dos.

Jose continúa rodeando sus hombros con su brazo protector, pero recorre en silencio el camino de regreso al hotel, con la mirada perdida en el suelo de ladrillos de granito. Al llegar a la Plaza junto al Parador, Eva por fin se atreve a romper la atmósfera de tensión que lo envuelve todo.

—Amor, ¿tomamos algo?—pregunta con voz temblorosa—. Creo que tenemos que hablar.

Él no contesta, pero dirige sus pasos hacia la misma terraza en la que desayunaron unas horas antes. Después de tomar asiento en la mesa con mejor sombra, el camarero no tarda en acudir a tomar nota. Eva pide un té. Jose un café cortado. Ambos observan en silencio los pasos del chico de vuelta a la barra, con la comanda en la mano. Ella toma aire y decide hablar.

—Jose, hay algo que quiero contarte, pero no sé por dónde empezar. Quizás si te explico lo que ha ocurrido antes…

—Antes dice…, ¿sólo antes? —la interrumpe con un tono de voz que denota el cansancio y la confusión que pueblan la cabeza del chico, desde hace ya demasiado tiempo—. No es sólo lo de antes, Eva. De verdad, no sé qué está pasando. 

La chica siente que se encoge un poco sentada en su silla, a pesar de que no le ha pillado por sorpresa, en su imaginación esa ha sido siempre la reacción que ha esperado. Decide dejar que sea él quien lo suelte todo, quien saque todo lo que tiene dentro y se limita a asentir con un movimiento ligero de cabeza, en silencio.

—Eva, llevamos juntos medio año, y en ocasiones como estas siento que no te conozco.—Jose habla arrastrando un poco las palabras, parece incluso decepcionado y eso realmente asusta a Eva, quizás ya sea tarde para evitar el desastre—. ¿Sabes? Al principio pensé que era timidez, como la primera noche que pasaste en mi casa, estabas tan incómoda… Luego, algo cambió en ti, las siguientes noches comenzaron a ser normales, y me relajé. Y esa sensación de calma se rompió de nuevo en nuestro primer viaje de fin de semana… 

—Por favor…—intenta explicarse ella, pero Jose levanta levemente la mano pidiendo continuar.

—No ha habido un solo viaje en el que no hayamos tenido algún episodio de los tuyos. En el barrio de Santa Cruz, en la Mezquita de Córdoba, en la Judería de Toledo, de vinos por Vitoria… Y ya si hablamos de las primeras noches en los hoteles, puff —exclama y acompaña el sonido con un aspaviento—. La mayoría son una pesadilla, y luego al día siguiente estás como si nada. Joder Eva, ¿vas a contarme qué coño te pasa?

El camarero deja sobre la mesa las consumiciones casi con una disculpa por la interrupción, Eva espera a que se marche antes de contestar.

—Jose, yo… Verás… Yo veo cosas, siento cosas —suelta Eva casi en un susurro.

—¿Qué?, venga Eva… ¿Estás de broma?—pregunta con los ojos abiertos por completo y las cejas levantadas a modo de interrogación.

—Por favor, déjame explicarte, luego me dices lo que quieras —responde ella antes de tomar aire por un segundo—. Verás… Algunas mujeres de mi familia tenemos este don, salta una generación. Yo lo heredé de mi abuela, sin embargo mi madre no lo tiene. Lo descubrí de niña.

Hace otra pequeña pausa para dar un sorbo al té con manos temblorosas. Siente la boca seca por los nervios, nunca pensó que contarle todo esto fuera a ser tan difícil.

—Antes, en el Circo Romano, no pude entrar en la galería, sentí algo terrible, allí asesinaron a alguien con una violencia desgarradora hace siglos, y no estoy hablando de gladiadores ni romanos —continúa a pesar de la mirada de incredulidad de él—. Cuando voy a sitios que no conozco, estas energías se manifiestan violentamente, sin tiempo de bloquearlas, por eso reacciono así. Después, cuando ya me son familiares, sé cómo evitar que me afecte su presencia. Por eso en ocasiones nuestros viajes son… difíciles. Por eso la primera noche en tu casa fue…

—¿Qué me estás contando?¿Que en mi casa hay fantasmas? —interrumpe socarrón.

—Fantasmas…no. Pero… Jose, la cosa es que… tu madre te acompaña.

La taza de Jose se queda a medio camino entre la mesa y su boca, para volver a la mesa en un movimiento furioso.

—Venga Eva, no me jodas. Mi madre dice… ¿Mi madre? Si no le importé en su puta vida cuando estaba viva, ¿de verdad piensas que voy a creer que le importo ahora que está muerta?

El dolor se palpa en las palabras de Jose, quien se levanta arrastrando la silla enfadado. Eva atrapa su mano con la suya aún sentada, evitando que dé un paso más.

—Escúchame por favor. Sé que es difícil de creer, pero ella está aquí ahora, con nosotros.—Jose intenta liberar su mano de la suya en una sacudida, pero ella la toma con más fuerza aún, necesita que la escuche, ya no puede parar—. Ella me pide que te pregunte si recuerdas lo que hacías cuando tenías tres años, y ella llegaba por la tarde a casa muerta de cansancio, después de limpiar todo el día en el hospital.

Él ya no sacude su mano, se ha quedado congelado ante sus palabras, gira la cabeza despacio, está pálido. Solo alcanza a asentir en silencio, con los ojos vidriosos. Eva, le atrae con dulzura y consigue que vuelva a tomar asiento, esta vez junto a ella. Ambos saben que Jose nunca ha dado ningún detalle a Eva sobre su madre, más allá de la mala relación que siempre hubo entre ambos y su sentimiento de abandono, eso y que falleció hace dos años víctima de un cáncer fulminante, mucho antes de conocerse. Eva pone su mano sobre la del chico, que está destemplada y fría, antes de seguir con lo que tiene que contarle.

—Tu madre dice que el recuerdo de aquellas tardes la acompañó cuando tuvo que irse. Que aquella noche, conectada a tanto aparato en su cama de hospital, volvió a sentir que se tumbaba a tu lado, en el sofá marrón del salón de vuestra antigua casa, mientras veías los dibujos en la tele. Le pareció hasta sentir tu olor a Nenuco. —Dos lágrimas comienzan a rodar por el rostro de Jose—. Aquella noche, mientras se dejaba ir en brazos de la morfina, deseó volver a sentir tus manitas levantando sus párpados despacio, que en aquel entonces caían vencidos por el cansancio de la jornada de trabajo, y oír tu vocecita de niño diciendo con media lengua que tenía que despertar.

Jose mira a Eva sorprendido, pero no habla. Eva acaricia con su mano el rostro de su pareja, quien se rompe en un llanto desconsolado. Lucía se levanta y le abraza con delicadeza, mojando su nuca con sus propias lágrimas. Sabe que Jose por fin la cree. Quizás después de todo, haya esperanza, quizás después de todo, él pueda entenderla y aprender a vivir con las sombras que la rodean, al menos ella está dispuesta a enseñarle, ahora sí.